APUNTES
PARA UNA CRONOLOGÍA DEL DISEÑO GRÁFICO
EN CUBA
(DE 1950 A LA ACTUALIDAD)
Pepe Menéndez
1.
De 1950 a 1958: la era de las agencias publicitarias
En la última década del primer período
republicano en Cuba se acumularon serias contradicciones
socio-económicas y políticas que desembocaron
en un alzamiento armado y la posterior toma del poder
por los guerrilleros en enero de 1959.
En el campo de la comunicación social se habían
impuesto desde la década anterior las agencias
de publicidad al estilo norteamericano, las que llegaron
a ser más de 30, y que actuaron tanto sobre los
medios impresos como sobre la programación casi
íntegra de la televisión y la radio, iniciada
en Cuba justo en la mitad del siglo. McCann Erickson,
Guastella, Siboney, Mestre-Conill y OTPLA eran algunas
de las agencias principales. Existían además
dos destacados departamentos de publicidad internos:
los de las compañías de jabonería
y perfumería Crusellas y Sabatés.
La Habana contaba con una poligrafía moderna
y eficiente. Se alcanzaba gran calidad en las impresiones
litográficas; había varias máquinas
rotativas, de huecograbado y offset, y decenas de pequeños
talleres de impresión tipográfica.
Las agencias publicitarias, las empresas editoriales
y los grandes consorcios de medios de comunicación
norteamericanos acostumbraban a someter a prueba en
Cuba sus nuevas técnicas y tecnologías.
La Isla sirvió también como plataforma
para el lanzamiento de productos y mensajes hacia el
mercado latinoamericano, todo lo cual explica en parte
el desarrollo tanto de la publicidad como de la industria
gráfica cubanas en esta década. El lenguaje
fotográfico había alcanzado un claro predominio
con los aportes destacados de dos estudios: el de Buznego,
que fue líder durante años, y el de Korda,
que aportó la renovación.
Existía un gremio organizado de profesionales
de la comunicación, con sus anuarios, clubes
y premios. La Escuela Profesional de Publicidad se fundó
en 1954. No fue sin embargo una época de grandes
figuras individuales como habían sido Valls,
Massaguer, Blanco y García Cabrera en décadas
anteriores. Cabe mencionar sin embargo a Enrique Céspedes,
Luis Martínez Pedro, Mario Masvidal y Carlos
Ruiz entre lo más destacado de estos años.
En el ámbito de los productos de consumo Cuba
contaba con una rica tradición de nombres y marcas.
De igual modo envases, etiquetas y embalajes habían
recorrido un fructífero camino desde el siglo
xix, en primerísimo lugar en los tabacos, pero
también en cigarros, rones y cervezas. Estos
productos, sus nombres y lemas comerciales fueron expresiones
de identidad cultural (por ejemplo, del humor criollo:
«Ron Matusalén, hoy alegre, mañana
bien»). Los tabacos, que constituyen un verdadero
patrimonio de las artes visuales cubanas, contaban en
sus envases con una imaginería donde las representaciones
del paisaje natural y humano valorizaban la cultura
criolla.
El mercado de las publicaciones era bastante disparejo.
Había por un lado múltiples revistas y
diarios (sobre todo en la capital) y por el otro una
industria del libro de poco desarrollo. Escasas eran
también las campañas de comunicación
no comerciales o de bien público; la producción
de carteles estaba circunscrita a la promoción
cinematográfica (especialidad en la cual se destacó
el diseñador e impresor Eladio Rivadulla, pionero
en Cuba del cartel en serigrafía desde la década
anterior) y a un proselitismo político maniqueo.
2. De 1959 a 1964: cambio
de paradigma
La revolución fue una transformación
profunda de la sociedad en todos sus ámbitos,
en un proceso continuo pero no lineal. La comunicación
social estuvo desde luego afectada por esos cambios,
que dieron una perspectiva radicalmente diferente al
diseño gráfico. Fue esta una época
de fundación: surgieron nuevos emisores de la
comunicación, cambiaron los mensajes, y los receptores
dejaron de ser potenciales consumidores para convertirse
en destinatarios de mensajes políticos, sociales,
educativos y culturales.1
De la anterior, la nueva sociedad heredó un sector
profesional bien entrenado en la publicidad. Muchos
continuaron trabajando en sus puestos hasta que los
dueños de las agencias las abandonaron y partieron
del país. Con las posteriores nacionalizaciones
los diseñadores pasaron a ser empleados del estado.
Los que se quedaron en Cuba y protagonizaron el relevo
de paradigma que se operó en el diseño
gráfico cubano eran casi todos menores de 30
años y participaban en mayor o menor medida del
ideario que la Revolución propuso.
En la confrontación ideológica de los
primeros años la publicidad fue tildada de perniciosa,
y en 1961 fueron definitivamente suprimidos por el gobierno
los espacios publicitarios en radio, televisión
y prensa plana. Hubo también prejuicios estéticos,
fuertes debates, pero en general el diseño logró
imponer su libertad expresiva y primó el respeto
a sus creadores.
Los dos principales conglomerados de diseñadores
que surgieron en estos años fueron el Consolidado
de Publicidad (en 1960) y la agencia Intercomunicaciones
(en 1961). El primero atendió los contratos de
publicidad que existieron hasta 1961 y la segunda se
ocupó de los encargos de comunicación
de las entidades del gobierno (ministerios, empresas,
etc.).
Intercomunicaciones (con creadores como Guillermo Menéndez,
Tony Évora, Joaquín Segovia y Silvio Gaytón
en la primera etapa, más Olivio Martínez,
José Papiol, René Mederos, Ernesto Padrón
y Faustino Pérez, entre otros, en un segundo
momento) terminaría fundiéndose en 1967
con un grupo de diseñadores que atendía
la gráfica propagandística del gobierno
en la Comisión de Orientación Revolucionaria
(COR).
Los nuevos contextos en que se desarrollaba el diseño
gráfico y los contenidos que debía comunicar
necesitaron formas diferentes a las que primaban hasta
entonces. Por un tiempo, sin embargo, se produjeron
superposiciones de contenidos y formas antagónicas.
La publicidad –adaptándose a los nuevos
tiempos– intentó mostrar una vocación
más nacionalista en el posicionamiento de los
productos, y la propaganda no encontraba todavía
su propio lenguaje. Los cambios no surgieron por dictamen
sino por necesidades intrínsecas de aquel momento
histórico.
En 1959 se fundaron dos instituciones culturales muy
importantes en la historia de la gráfica cubana:
el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos
(ICAIC) y la Casa de las Américas. En el ICAIC
el primer equipo de diseñadores estuvo integrado
por Rafael Morante, Eduardo Muñoz Bachs, Raúl
Oliva y Holbein López, con Eladio Rivadulla como
impresor de carteles en serigrafía. En años
siguientes trabajaron sistemáticamente en esta
oficina –entre otros– René Azcuy,
Antonio Pérez Ñiko, Antonio Fernández
Reboiro, Luis Vega y Julio Eloy Mesa.
La diversidad de estilos entre ellos es notable, como
lo es también la intensidad de la producción.
En ocasiones llegaron a diseñar un cartel semanal
cada uno. Tal demanda continua de soluciones los dotó
de una capacidad resolutiva muy eficiente, cuyos mejores
frutos han sido ampliamente elogiados y premiados. Los
carteles del ICAIC tuvieron en común desde mediados
de los años 60 un mismo formato (52 x 76 cms)
y una misma técnica (serigrafía), más
un grupo de creadores prolíficos (Muñoz
Bachs, Azcuy, Ñiko y Reboiro los principales),
lo que contribuyó a que hayan sido percibidos
como un cuerpo coherente de gráfica promocional
mantenida a lo largo de varias décadas.
La Casa de las Américas, por su parte, creó
en 1960 la revista de igual nombre, en la que trabajó
Umberto Peña con gran creatividad desde 1965
hasta finales de los años 80. Umberto Peña
permaneció vinculado a la Casa por más
de veinte años, en una relación creador-entidad
que puede considerarse como una de las más fructíferas
en la historia del diseño cubano, tal vez solo
comparable con la de Eduardo Muñoz Bachs y sus
carteles para el ICAIC.
Peña aportó a la Casa de las Américas,
con la gran cantidad de soportes diseñados, lo
que hoy llamaríamos una identidad visual corporativa.
Por otra parte, con forma y contenidos que se consideraron
renovadores en Cuba salió a la calle en 1959
el primer número de Lunes de Revolución,
suplemento del diario Revolución. En ciertos
casos, la experimentación que llevó a
cabo el equipo de realizadores de Lunes... en la relación
tipografía-fotografía-ilustración
puede considerarse precursora de los carteles cubanos
posteriores, cuya madurez expresiva se produjo hacia
mediados de los años 60. Sus diseñadores
principales fueron Jacques Brouté (francés
residente en Cuba, en la primera etapa), Tony Évora
(segunda etapa) y Raúl Martínez (tercera
etapa). La publicación dejó de existir
en 1961.
El cartel adquiere por estos años un rol preponderante
como medio de divulgación. La vida de los cubanos
se hizo muy intensa en las calles, en los sitios públicos;
había mucho intercambio social por motivos laborales,
estudiantiles, recreativos o de preparación militar.
En tales circunstancias el cartel, al estar siempre
presente, sirvió de eficaz comunicador, con independencia
de la calidad mayor o menor que tuviera. No habiendo
madurado aún un estilo gráfico o formas
de hacer particulares en el diseño cubano, algunos
de los más significativos carteles que pueden
mencionarse de esta primera etapa lo son más
por la coyuntura en que surgieron que por una calidad
notable.
«Es bueno recordar que la eficacia comunicativa
de tales objetos visuales fue más un resultado
de la significación social del hecho que interpretaban
y trasmitían que de los valores intrínsecos
de su concepción y plasmación como obra
gráfica.» (Bermúdez, J., 2000: 89).
Tales son los casos de los diseños para la Campaña
de Alfabetización de 1961 y los carteles de movilización
y alerta que se hicieron en el contexto de la Crisis
de Octubre de 1962.
En 1961 se creó el Consejo Nacional de Cultura
(CNC). Algunos de sus diseñadores en los años
iniciales fueron: Rolando y Pedro de Oraá, José
Manuel Villa, Umberto Peña, Raúl Martínez,
Héctor Villaverde, César Mazola, Rafael
Zarza, Ricardo Reymena y Juan Boza. Su objeto social
era la promoción de eventos e instituciones culturales,
y se ocuparon también del diseño de revistas.
Junto al ICAIC, el equipo del CNC se puso en pocos años
a la vanguardia del cartel cubano, pero a diferencia
de aquel no mantuvo la misma estabilidad de autores,
formatos y técnica de reproducción. Lamentablemente,
la producción de carteles del CNC no ha sido
conservada en archivos o colecciones, lo que unido a
los prejuicios y marginaciones en que se vio envuelto
el ámbito cultural en la siguiente década
dio lugar a que se haya diluido la verdadera importancia
de aquella producción en las décadas de
los años 60 y 70.
Cierra esta etapa con una clara intención renovadora.
Las propuestas visuales iban madurando en una generación
numéricamente grande, joven y con ansias de realización,
que creaba dentro de una realidad social en transformación
y se atrevía a lo nuevo, adaptando sus creaciones
a circunstancias muy exigentes. Por un lado las limitaciones
económicas extremas de un país bloqueado,
y el desenfado utópico por el otro.
3. De 1965 a 1975: maduración
de un modo de hacer
Una caracterización del
contexto en que se conformó una nueva gráfica
en Cuba pasa por considerar que: a) la dinámica
de transformación del país producía
una demanda constante de comunicación visual,
y b) los diseñadores estaban agrupados alrededor
de instituciones que les propiciaban una ejercitación
sistemática, con mucha libertad expresiva.
Dicho en términos de mercadotecnia, existió
un clímax en que se equilibraron demanda y oferta.
Ese clímax se puede decir que duró unos
10 años y es considerado por muchos especialistas
como la etapa más fértil en la historia
del diseño cubano. Algunos autores se refieren
a ella como «la era dorada» de nuestro diseño.
La demanda se expresó, por ejemplo, en una eclosión
editorial. La poligrafía llegó a alcanzar
en su momento máximo cifras anuales de 700 títulos
y 50 millones de ejemplares impresos, en un país
con una población de alrededor de 7 millones
de habitantes. Había decrecido el número
de periódicos pero proliferaron las revistas,
y las nuevas editoriales crearon una variada gama de
colecciones de libros. La producción de carteles
se disparó tremendamente, concentrado el grueso,
en términos de cifras, en tres entidades: ICAIC,
COR y CNC, es decir cine, propaganda política
y cartel de promoción cultural no cinematográfica.
A modo de ejemplo vale decir que cuando en 1979 el ICAIC
celebró sus 20 años organizó una
muestra con el impresionante título de 1000 carteles
cubanos de cine (curiosamente los años más
representados fueron los finales del decenio 65-75:
1974, con 171 piezas y 1975, con 125 piezas; en cuanto
a los autores, de Eduardo Muñoz Bachs fueron
seleccionados 284 carteles). En ausencia de publicidad,
aumentaron las campañas de bien público
en las que tomaron mucha fuerza nuevos soportes como
las vallas urbanas y los laminarios.
Aunque Cuba fue durante muchos años un país
aislado y el cambio que se operó en estos años
tuvo bases endógenas, no deben ignorarse las
influencias externas. En 1964 viajó a Cuba Tadeusz
Jodlowski, profesor de la Academia Superior de Bellas
Artes de Varsovia, para impartir un curso a los diseñadores
del CNC. Este primer encuentro directo con la escuela
polaca de diseño –tan diferente de los
códigos estéticos norteamericanos en boga
en Cuba desde los años 50– fue útil
para los jóvenes creadores del patio.
Tuvo además continuidad en las posteriores estadías
de César Mazola (en 1965), de Héctor Villaverde
(en 1966) y de Rolando de Oráa (en 1967) en Polonia,
para estudiar durante seis meses bajo la tutoría
de Henryk Tomaszewski. Otros antecedentes comparables
con esta superación profesional fuera de la Isla
serían los estudios de Arte y de Diseño
de Félix Beltrán en universidades de primer
nivel de los Estados Unidos muy al inicio de la década,
y la carrera de nivel superior de Esteban Ayala en la
Escuela Superior de Gráfica y Arte del Libro
de Leipzig, República Democrática Alemana
(entre 1962 y 1966).
En 1969 vinieron a La Habana los diseñadores
gráficos polacos Wiktor Gorka, Waldemar Swierzy
y Bronislaw Zelek.
Otras visitas de resonancia en el gremio del diseño
gráfico cubano en años posteriores fueron
las de Shigeo Fukuda en 1970 y 1987 (en esta última
con una exposición de sus carteles en el Instituto
Superior de Arte); de Albert Kapr en 1983 (dos años
después se publicó en Cuba su libro 101
reglas para el diseño de libros); de Jorge Frascara
y Gui Bonsieppe en repetidas ocasiones entre los años
80 y 90, y más recientemente de Norberto Chávez,
Rubén Fontana, Alain Le Quernec e Isidro Ferrer.
Debe entenderse que a partir de los primeros años
60 los viajes de cubanos al exterior fueron escasos,
como también de extranjeros a la Isla. Las «zonas
de contacto» entre el diseño cubano y el
mundo estuvieron reducidas durante muchos años,
sobre todo en las décadas del 60 y 70, quedando
los ejemplos que se mencionan más algunas revistas
y libros internacionales que se recibían como
excepciones de un estado de incomunicación con
el mundo.
El primer intento de una revista cubana de diseño
se produjo en 1970 cuando la COR editó Diseño.
Su existencia se limitó a tres números
en ese mismo año. En 1973 la misma entidad sacó
a la luz Materiales de Propaganda (luego Propaganda),
publicación que ha perdurado hasta hoy aunque
con mucha irregularidad.
En 1962 surgió Cuba, una revista concebida para
mostrar al mundo la realidad del país. Esta publicación
(cuya antecesora directa se llamó INRA) desarrolló
un perfil editorial muy visual y dinámico para
su época y entorno, sumando para esto el talento
de diseñadores y fotógrafos. Inicialmente
la dirección de diseño y fotografía
la ocupó José Gómez Fresquet Frémez,
al que siguió Rafael Morante.
De 1967 a 1977 lo hizo Héctor Villaverde. Contó
además, durante muchos años, con los aportes
de Roberto Guerrero y de varios otros diseñadores
como Luis Gómez y Jorge Chinique. En el equipo
de fotógrafos estuvieron Alberto Díaz
Korda y Raúl Corrales en la primera etapa y José
A. Figueroa, Iván Cañas, el suizo Luc
Chessex, Enrique de la Uz, Luis Castañeda y Nicolás
Delgado en la década de los años 70.
Junto a Cuba, las revistas más notables de este
período fueron La Gaceta de Cuba (surgida en
1962, con diseño de Tony Évora), Pueblo
y Cultura y Revolución y Cultura (desde 1963),
revistas diferentes pero emparentadas, en las cuales
intervinieron por períodos Héctor Villaverde
y José Gómez Fresquet Frémez, así
como Tricontinental (surgida en 1967, con diseño
de Alfredo Rostgaard).
A mediados de la década el cartel cubano empezó
a concitar interés en Europa y en algunas otras
plazas importantes de las artes visuales en el mundo.
A través de artículos en revistas y de
exposiciones van dándose a conocer una realidad
social particular y un modo de reflejarla a través
del diseño, todo lo cual atrajo atención
y fue elogiado. Algunas de las exposiciones más
importantes de esta etapa fueron: 1968, Galería
Ewan Phillips, Londres; 1969, Museo de Arte Moderno,
Estocolmo; 1971; Museo Stedelijk, Ámsterdam;
Museo del Arte y de la Industria, París, y Biblioteca
del Congreso (Sección Fílmica), Washington,
todas con el título de Carteles Cubanos.
Sin dudas fue el cartel el género más
representativo del auge en la gráfica cubana
de esta época, tanto que opacó otros logros
que permanecen hasta hoy poco abordados. Dos extremos
opuestos por su escala serían el diseño
para espacios expositivos o de gráfica urbana
y el diseño de sellos de correo.
En el cambio de década se produjeron varias experiencias
de interés en diseños de grandes espacios.
Para los pabellones cubanos en las exposiciones mundiales
de Montreal ‘67 y Osaka ‘70 trabajó
el diseñador Félix Beltrán, formando
parte de equipos dirigidos por arquitectos (en el primer
caso, los italianos residentes en Cuba Sergio Varoni
y Vitorio Garatti, en el segundo, Luis Lápidus).
Otra exposición que adquirió una coherencia
y expresividad superiores gracias al diseño gráfico
fue la Muestra Internacional de Arte del Tercer Mundo,
La Habana, 1968, concebida en cuanto a diseño
por José Gómez Fresquet Frémez.
También se recuerdan las supergráficas
que colmaron el edificio del ICAIC en los fines de año,
en especial la de 1969, diseñada por Antonio
Fernández Reboiro, y la de 1970, debida a Alfredo
Rostgaard.
En el diseño de sellos de correo se produjo una
evolución paralela a la de los carteles y el
diseño editorial de estos años. Los códigos
predominantes transitaron de una figuración realista
a una conceptuación visual más efectiva.
Varios diseñadores se especializaron en este
tipo de trabajo y lograron algunas series donde las
pretensiones de belleza que solían primar y la
funcionalidad requerida del sello no entorpecieron el
buen diseño, sino que por el contrario encontraron
en él un aliado.
Fue sin embargo un creador que trabajaba en otra entidad
quien demostró la mayor maestría para
estas minúsculas piezas de comunicación.
A Guillermo Menéndez se deben algunos de los
más logrados sellos de correo cubanos, como los
de las series Año Internacional de la Educación
(1970) y xx Aniversario del Triunfo de la Revolución
(1979).
Los niveles de calidad promedio que se alcanzaron en
el diseño de sellos durante las décadas
de los 60 y 70 se perdieron en años siguientes
y se impuso de nuevo el modelo de representación
con pretensiones de hiperrealismo, tanto en los temas
de fauna y naturaleza como en los conmemorativos y de
deportes, en ocasiones con un bajo nivel de realización
en los dibujos.
En 1966 surge la Organización de Solidaridad
con los Pueblos de Asia, África y América
Latina (OSPAAAL), la entidad que junto al ICAIC y el
DOR puede ser considerada la otra gran productora de
carteles, más por su singularidad y calidad que
por la cifra de sus títulos: alrededor de 340
en los primeros 40 años. Vale apuntar que la
producción histórica del ICAIC ha sido
estimada entre 2 500 y 3 000 carteles; la del DOR se
calcula entre 6 000 y 8 000.
Los carteles de la OSPAAAL estaban destinados a trasmitir
mensajes políticos de solidaridad, fundamentalmente
con procesos de descolonización / reivindicación
social / antimperialismo en diversos países del
Tercer Mundo. Inicialmente se hicieron circular doblados
y encartados dentro de la revista Tricontinental (cuya
tirada llegó a ser de 50 000 ejemplares). Usaban
un formato pequeño y un lenguaje gráfico
asimilable por individuos de culturas e idiomas diferentes,
privilegiando la imagen sobre el texto. La principal
figura de la cartelística de la OSPAAAL fue Alfredo
Rostgaard. También se destacaron Lázaro
Abreu, Olivio Martínez, Rafael Morante, Jesús
Forjans, Faustino Pérez, Berta Abelenda, Rafael
Enríquez y René Mederos.
La creación del Instituto Cubano del Libro (ICL)
da pie a la remodelación de las editoriales y
sus perfiles gráficos. En las editoriales Arte
y Literatura y Letras Cubanas trabajaron, entre otros,
Raúl Martínez, José Manuel Villa,
Cecilia Guerra, Carlos Rubido y Luis Vega; en Ciencias
Sociales lo hicieron Roberto Casanueva y Francisco Masvidal.
Ellos llevaron el diseño de libros dentro del
ICL a un nivel cualitativo alto. En otras instituciones,
Raúl Martínez y Tony Évora (Ediciones
R), Fayad Jamis (Ediciones Unión) y Umberto Peña
(Casa de las Américas) fueron los más
destacados en esta época.
El libro había dejado de ser un objeto elitista
para quedar al alcance de cualquier ciudadano, respaldado
esto por una política de precios subvencionados
estatalmente a fin de promover la lectura y por ende
el enriquecimiento cultural.
Los diseños cubanos de libros de esta época
fueron desinhibidos, a veces arriesgados, y aunque respetaban
ciertas reglas básicas, no parecían asumirlas
como leyes inviolables. En las cubiertas había
más búsqueda expresiva que disciplina
tipográfica.
Libros sobre diseño no han existido muchos en
Cuba. El prolífico Félix Beltrán
publicó Desde el diseño, en 1970, Letragrafia
(Editorial Pueblo y Educación), en 1973, y Acerca
del diseño (Ediciones Unión), en 1975.
En años siguientes aparecieron El libro, su diseño,
del creador Roberto Casanueva (Editorial Oriente, 1989),
El cartel cubano de cine (Editorial Letras Cubanas,
1996) y La imagen constante. El cartel cubano del siglo
xx, del estudioso del diseño Jorge Bermúdez
(Letras Cubanas, 2000), primer estudio profundo sobre
este tema particular.
Las zafras azucareras, principal evento económico
del país hasta hace pocos años, estuvieron
acompañadas habitualmente de numerosos impresos
cuyo propósito era estimular la conciencia laboral
de los trabajadores. La campaña propagandística
alrededor de la zafra de 1970, en la cual el gobierno
se propuso una meta nunca antes alcanzada, tuvo dimensión
nacional, con equipos de diseño localizados en
cada provincia. Fue concebida una serie de vallas y
carteles que anunciaban cada etapa vencida. A diferencia
de la profusión de imágenes figurativas
(obreros, sembrados de caña, maquinarias y herramientas)
con que se había comunicado la movilización
hacia las zafras de años anteriores, en esta
Olivio Martínez elaboró unas imágenes
tipográficas muy coloridas que expresaban la
euforia nacional alrededor de este magno empeño
productivo. Su concepción seriada resultó
de mucho interés.
De este crucial evento económico y político
de la Revolución Cubana quedó otro cartel
que expresaba, no la euforia con que se inició
la zafra sino la consternación de su final frustrado
al no cumplirse la meta propuesta. Revés en Victoria
(COR, 1970) es un notable ejemplo de economía
de medios, que logra visualizar sintética y sugerentemente
una frase del momento. Su autora fue Eufemia Álvarez,
una de las varias mujeres que se destacaron en la gráfica
cubana en estos años sin que se les mencione
con la frecuencia y justeza que merecen. Su cartel obtuvo
uno de los cinco premios en el Salón Nacional
de Carteles de 1970, junto a piezas tan notables como
Besos robados (de René Azcuy), Viva el xvii Aniversario
del 26 de Julio (de Félix Beltrán), ¿Quién
le teme a Virginia Woolf? (de Rolando de Oraá)
y Moler toda la caña y sacarle el máximo
(de Antonio Pérez Ñiko).
La COR había organizado el primer Salón
un año antes, centrado solamente en la producción
de carteles.2 Fue inaugurado con una gran exposición,
para la que se seleccionaron y quedaron expuestos trabajos
de 70 diseñadores. Cinco diseños –que
con el tiempo han pasado a ser considerados antológicos–
fueron premiados: Cuba en Grenoble (de Raúl Martínez),
Todos a la Plaza con Fidel (de Antonio Pérez
Ñiko), Décimo aniversario del ICAIC (de
Alfredo Rostgaard), Clik (de Félix Beltrán)
y Décimo aniversario del triunfo de la rebelión
(del equipo integrado por Ernesto Padrón, José
Papiol y Faustino Pérez).
Un desglose de los premiados en las primeras diez ediciones
de este Salón Nacional del Cartel (luego renombrado
Salón Nacional de la Propaganda Gráfica
26 de Julio) arroja otros datos de interés: los
40 premios otorgados fueron a manos de 26 diseñadores,
es decir que existía una calidad repartida; tres
fueron ganados por mujeres; el balance temático
es de 21 carteles políticos, 12 culturales y
7 sociales. Se evidencia también la distribución
geográfica de la actividad de diseño en
Cuba por esos años, al recibirse y premiarse
trabajos de varias provincias con destaque para Matanzas
y Santiago de Cuba.
En 1970 se publicó el libro The Art of Revolution
(McGraw-Hill Book), de los autores Susan Sontag y Dougald
Stermer. El mismo significó un espaldarazo internacional
a la gráfica cubana, especialmente por el ensayo
de Sontag y por la espléndida selección
de carteles, desplegados en un libro de gran formato.
La repercusión internacional de la gráfica
cubana era ya un hecho al inicio de la década
de los 70.
Se habían obtenido los primeros lauros: un cartel
de Esteban Ayala en la República Democrática
Alemana, 1964; libros de Santiago Armada Chago, Eduardo
Muñoz Bachs, José Manuel Villa, Esteban
Ayala y Félix Beltrán en Ferias del Libro
IBA de Leipzig entre 1965 y 1971; el cartel Harakiri
de Antonio Fernández Reboiro en Sri Lanka, 1965;
y finalmente el conjunto de carteles presentado por
Cuba, que recibió el primer premio en el Concurso
Internacional de Carteles de Cine dentro del Festival
Internacional de Cine de Cannes en 1974.
Se alcanzaba así el momento de máximo
esplendor, la consolidación de un modo de hacer
en función de una coyuntura social muy particular.
La generación que la había llevado a cabo
estaba en su plena madurez. No había sin embargo
un relevo a la vista. Los primeros intentos de fundar
una escuela de diseño, la Escuela de Diseño
Industrial e Informacional, dentro el Ministerio de
la Industria Ligera en 1969, no habían tenido
continuidad ni arraigo.
4. De 1976 a 1989: estancamiento
y retroceso
En este período se producen
cambios importantes en la estructura político-administrativa
y de gobierno que guardan relación con la incorporación
del país al bloque económico de los países
socialistas.
Variedad de factores condicionaron la crisis del diseño
gráfico cubano que se hizo evidente en este período:
- Se saturó el código visual creado en
los años 60 y no llegó a tiempo la necesaria
renovación tanto visual-expresiva como humana,
es decir, de profesionales con similar o mejor nivel
profesional que sus antecesores.
- Las relaciones laborales entre los diseñadores
y profesionales afines y sus superiores se tornaron
rígidas, imponiéndose un estilo burocrático
de encargo / aprobación de diseños.
- Hacia el final de los años 80 comienza a conocerse
en Cuba la tecnología digital, avance al que
no todos los diseñadores por entonces activos
pudieron incorporarse –con lo cual quedó
marginado un sector de profesionales maduros respecto
a los jóvenes que entraban al gremio– y
que por otro lado hizo posible que personas con poca
preparación específica en comunicación
visual accedieran a trabajos de diseño en detrimento
de la calidad resultante.
Hubo conciencia bastante generalizada de la crisis (al
menos entre los diseñadores y demás especialistas)
pero no soluciones.
Al parecer las instituciones no reaccionaron ante las
señales: en 1978 la revista Revolución
y Cultura publicó un conjunto de artículos-encuestas
debatiendo las encrucijadas a que se enfrentaba la cartelística
nacional desde hacía algunos años. De
Raúl Martínez es esta afirmación:
«Quizás nos hemos dormido en los laureles,
los artistas que los elaboramos (los carteles) y los
organismos y funcionarios que se encargaron con entusiasmo
de pedírnoslos y difundirlos a la vez».
Todavía diez años después, en un
informe redactado por profesionales de la comunicación
y puesto a debate en las instituciones vinculadas directamente
con esta actividad, se repite que «el diseño
gráfico ha presentado en la última década
una baja sustancial en lo cualitativo y cuantitativo».
Los factores fundamentales que inciden son (selecciono
algunos): la inexistencia de una política institucional
de promoción al diseño gráfico,
la limitación profesional y cultural de las personas
que dirigen en las instituciones, la deficiente calificación
de numerosas personas que trabajan como diseñadores
y la necesaria renovación de diseñadores
que deben promover los centros docentes especializados.
La Sección de Diseño de la Unión
de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), dirigida por
Héctor Villaverde y Alfredo Rostgaard, organizó
los Encuentros de Diseño Gráfico (el primero
tuvo lugar en 1979, el segundo en 1985), en un intento
por tomar la iniciativa y debatir públicamente
los asuntos de la profesión, pero dándole
la palabra a los creadores. Sintomáticamente,
el cartel del evento, debido a Francisco Masvidal, muestra
los entonces habituales instrumentos del diseñador:
cuchilla de cortar, pincel, rotulador de tinta y lápiz
con forma de proyectiles.
Por esos años algunos diseñadores notables
salen definitivamente del país (por ejemplo,
Antonio Fernández Reboiro y Félix Beltrán;
mucho antes ya lo había hecho Tony Évora)
y otros dejan los puestos de trabajo donde estaban (Umberto
Peña, Eduardo Muñoz Bachs, René
Azcuy). Cuando en 1980 se funda la Oficina Nacional
de Diseño Industrial (ONDI), el diseño
gráfico cubano ya está en franca crisis.
La ONDI pone entre sus prioridades la formación
de diseñadores y funda el Instituto Politécnico
para el Diseño Industrial en 1983 y el Instituto
Superior de Diseño Industrial (ISDI) en 1984,
siendo esta la primera –y hasta el momento única–
universidad de diseño en Cuba, de donde salieron
los primeros veintiún egresados en 1989, nueve
de ellos como diseñadores informacionales.
El claustro inicial del ISDI estaba formado por arquitectos.
Antonio Cuan Chang, formado como docente en Diseño
Básico en la escuela de arquitectura, encabezó
la facultad de Diseño Informacional desde su
fundación hasta 1993. Las dos grandes excepciones
a esta tendencia fueron Esteban Ayala y el profesor
chileno Hugo Rivera.
Los arquitectos, con su dominio de las leyes generadoras
de la forma y de la Gestalt, habían alcanzado
cierto éxito en la gráfica cubana desde
los años 70, en especial en la creación
de logotipos. En una época en que se hicieron
frecuentes los concursos abiertos para crear la identificación
de eventos e instituciones, los arquitectos probaron
ser muy certeros.
Salidos de concursos públicos o no, algunos logotipos
de gran visibilidad se han mantenido hasta hoy por su
pregnancia y eficiencia marcaria, como son los casos
de: Helados Coppelia (de Guillermo Menéndez,
1964), Ministerio de la Construcción, y Parque
Lenin (ambos de Félix Beltrán, años
70), Ministerio de la Pesca (René Azcuy, años
70), Aerolínea Cubana de Aviación (de
Juan Antonio Gómez Tito, años 70) y Asociación
Cubana de Artesanos Artistas (Antonio Cuan Chang, 1980).
El crecimiento de la industria ligera experimentado
en la década de los 70 motivó un desarrollo
del diseño de envases. En particular para el
sector de los productos alimenticios fueron creados
sistemas completos de marcas, etiquetas, envases y embalajes
desde el Centro de Diseño de Envases y Divulgación.
Ello se extendió también a los habanos
y su promoción en el extranjero. De aquel equipo
pueden mencionarse los nombres de Luis Rolando Potts,
Antonio Goicochea, Santiago Pujol y Carlos Espinosa
Vega, representantes los tres primeros de la poco numerosa
generación intermedia, la que siguió a
los iniciadores de los años 60 y antecedió
a la nueva hornada de los 90.
Entre 1977 y 1978, con motivo de la celebración
en Cuba del xi Festival Mundial de la Juventud y los
Estudiantes, tomó mucha fuerza en La Habana el
tema de las gráficas urbanas. Formando parte
de equipos multidisciplinarios junto a arquitectos,
urbanistas e ingenieros, el diseñador concibió
las llamadas supergráficas que colmaron zonas
de gran circulación en La Habana.
En 1983 se fundó el Taller de Serigrafía
René Portocarrero, donde se han impreso a lo
largo de estos años muchos carteles para pintores
y cantautores jóvenes. También con la
técnica serigráfica pero diferente finalidad,
en el Instituto Nacional del Turismo (INTUR) –anteriormente
Instituto Nacional de la Industria Turística
(INIT)– se diseñaron varias series de carteles
cuya coherencia los hizo relativamente distinguibles.
Producidos en la segunda mitad de la década del
70 para promover destinos turísticos particulares
o elementos de la flora y la fauna del país,
estaban destinados al turismo internacional pero resultaron
muy atractivos también para los cubanos, que
los adquirieron y usaron en la decoración de
sus hogares. Predominaba en ellos un dibujo geometrizado,
con un intenso colorido rematado casi siempre por líneas
negras. Sus autores fueron Jorge Hernández, Armando
Alonso, Arnoldo Jordi, Raymundo García, Enrique
Vidán y Francisco Yanes Mayán.
Una revista que consolidó una visualidad muy
atractiva para su época apoyada en el uso de
la fuente Avant Garde cuando el diseño editorial
privilegiaba las tipografías suizas fue Mar y
Pesca, bajo la dirección artística de
Jacques Brouté. Otras publicaciones periódicas
que surgieron o se destacaron en esos años fueron:
Opina (diseñada por Arístides Pumariega),
El Caimán Barbudo (por donde han pasado varios
diseñadores en casi cuatro decenios de vida),
y Juventud Técnica (en la década de los
años 80; con una dinámica visual basada
en la ilustración muy atractiva para los jóvenes,
diseñada por Carlos Alberto Masvidal).
5. De 1990 a la actualidad:
crisis y una nueva oportunidad
A la crisis que el diseño
gráfico venía afrontando por años
se le sobreimpuso una mucho mayor: la crisis en la economía
nacional producto del derrumbe del socialismo en Europa,
que tuvo consecuencias devastadoras en la creación,
reproducción y circulación de productos
y mensajes visuales.
Como parte del desajuste que sufrió el sistema
de la comunicación al inicio de los años
90, muchos diseñadores se independizaron de las
oficinas o agencias de diseño en un contexto
social también tendiente a una menor centralización.
Lo anterior no debe verse como contradictorio con el
hecho de que proliferaran las agencias de publicidad
(llegaron a contarse hasta 15) para atender las necesidades
de comunicación en identidad corporativa y publicidad
primaria del sector empresarial emergente, vinculado
sobre todo al turismo internacional y al surgimiento
de empresas de capital mixto cubano-foráneo,
dos de las principales alternativas del gobierno para
salir de la crisis. De modo que este período
experimentó como novedad la coexistencia relativamente
armónica de diseñadores independientes
con equipos institucionales y agencias de publicidad,
o un mismo individuo desempeñando ambas modalidades
a la vez.
Los niveles de conceptuación y visualización
que se alcanzaron en el sector comercial / empresarial
en esta etapa fueron bajos, sobre todo en términos
de discurso publicitario, pues debió afrontarse
el prolongado vacío de más de 30 años.
No había experiencia ni en los creativos ni en
los directivos de las agencias y mucho menos entre los
empresarios. La publicidad retornó tímidamente;
para el ciudadano común se hizo ver en los centros
comerciales y en algunas vallas de carretera. La política
del estado cubano siguió siendo menguar la incidencia
social de este tipo de mensaje en la vida cotidiana.
Otra de las consecuencias de la crisis económica
fue la pérdida de soportes urbanos para la gráfica.
Decreció considerablemente el número de
vallas y se fueron deteriorando (hasta ser retirados
por completo en años recientes) los llamados
«paragüitas del ICAIC», originales
estructuras metálicas que en los años
70 habían sido ubicadas en decenas de puntos
de la capital para portar ocho carteles de cine a la
vez.
Las vallas de propaganda política abandonaron
el rol dinamizador del entorno urbano que una vez tuvieron.
En esta etapa su gráfica fue pobre, con excesivo
énfasis en textos discursivos y la reiteración
poco original de banderas, rostros de héroes
y líderes. El cartel político, por su
parte, casi desapareció.
En contraposición a lo anterior se produjo a
inicios de la década un fenómeno mediático
surgido desde otro costado de la estructura política
del país: las campañas de la Unión
de Jóvenes Comunistas, diseñadas por un
equipo de jóvenes profesionales con la colaboración
de estudiantes del ISDI. En sus propósitos de
movilización esta organización no dio
preferencia al cartel. Se apoyó en otros soportes
(pullovers, cintas para la cabeza, pegatinas, pasquines
y muros de la ciudad) y recurrió a la visualización
de sus contenidos por tipografía más que
por iconos. Aunque se les señalen flaquezas en
la calidad de la visualización, debe reconocérseles
a esos diseños una gran eficacia en apoyar los
fines proselitistas para los cuales fueron creados.
En el entorno del turismo y de la industria farmacéutica
se desarrolló intensamente la creación
de manuales de identidad corporativos. Se acumuló
un valioso saber hacer que se extendió luego
a otros terrenos. Dos de los manuales iniciales fueron
diseñados en la ONDI para el Instituto Finlay
y para Dalmer S.A. entre 1991 y 1993. Transcurridos
unos años, el tema de la regulación sistémica
de la identidad de las instituciones pareció
ser un conocimiento establecido en nuestro medio, con
calidades relativamente altas en los proyectos que se
hicieron en esa época y hasta hoy.
Otro tipo de proyecto que se desarrolló bastante
fue el diseño de sistemas señaléticos
y de espacios expositivos. Vinculados los primeros sobre
todo a instalaciones de servicios o a centros científicos
y de salud, y los segundos a las ferias comerciales,
se trata de la aplicación con profesionalidad
de estándares internacionales, adecuándolos
a los clientes, usuarios y entornos específicos.
Varios diseñadores se han especializado en estos
temas, para lo cual han demostrado poseer una útil
formación de perfil amplio.
El colapso de la industria grafica dejó tras
sí un notable envejecimiento tecnológico,
la pérdida de experiencias acumuladas por decenios
y una frecuente falta de control de la calidad final
de los impresos. También en las editoriales esto
se hizo sentir. La última década del siglo
vio desdibujarse muchos de los perfiles gráficos
de las colecciones de libros, otros sencillamente quedaron
descontinuados. Abundaron las cubiertas «ilustradas»
simplistamente, sin sustento conceptual ni rigor tipográfico.
Luego de la recuperación de la capacidad poligráfica
nacional en años recientes (todavía más
en términos cuantitativos que cualitativos) se
sigue obteniendo como promedio más calidad imprimiendo
fuera del país que dentro, mientras que por otra
parte algunas editoriales han experimentado mejorías
en la concepción general e imagen de sus libros.
Tales son los casos de Ediciones Boloña, Ediciones
Unión y Fondo Editorial Casa. De esas mismas
tres casas editoras (Oficina del Historiador de la Ciudad
de La Habana, UNEAC y Casa de las Américas) provienen
algunas de las revistas mejor diseñadas hoy día
en Cuba, de las que se pueden poner como ejemplos a
Opus Habana y a La Gaceta de Cuba.
En 1998 el ICL instauró el Premio Nacional de
Diseño del Libro, que se otorga a la obra de
la vida, primer reconocimiento de este tipo para los
diseñadores del país. Ese año el
distinguido fue Eladio Rivadulla. Después lo
han sido: Roberto Casanueva, Héctor Villaverde,
Rafael Morante, Francisco Masvidal, Roberto Artemio
Iglesias, Alfredo Montoto, Carlos Rubido y Rolando de
Oraá. La ONDI, por su parte, estabilizó
sus «Encuentros de Diseño», de frecuencia
anual, y creó los Premios ONDI de Diseño,
que incluyen reconocimientos en la categoría
de Informacional. Al interior del medio académico
surgió también el evento anual internacional
«Forma», que tiene al ISDI como anfitrión.
Otro galardón de relevancia en la comunidad de
diseño cubana ha sido desde 1998 el Premio «Espacio»
de la Asociación Cubana de Comunicadores Sociales,
entidad fundada en 1991.
En 1992 algunos de los más notables diseñadores
se reunieron y fundaron el Comité Prográfica
Cubana, entidad no gubernamental y sin fines de lucro
dedicada a promover el diseño como actividad
creativa de amplio contenido cultural. Formaron el primer
comité: René Azcuy (presidente), Héctor
Villaverde (secretario), Eduardo Muñoz Bachs,
Alfredo Rostgaard, Antonio Pérez Ñiko,
Faustino Pérez, Umberto Peña, Raúl
Martínez, Esteban Ayala y Santiago Armada Chago.
Prográfica se adscribió al Consejo Internacional
de Asociaciones de Diseño Gráfico (ICOGRADA,
por sus siglas en inglés) en 1994, y fue anfitriona
de la reunión regional para América Latina
de la organización durante la Semana Internacional
del Diseño Gráfico en el año 2001.
De las aulas del ISDI ha salido la gráfica mas
renovadora de estos años, tanto en proyectos
académicos como por el resultado que los graduados
han tenido en sus respectivos campos de trabajo profesional.
Una relación de proyectos académicos significativos
de los últimos años, por sus alcances
económicos o sociales en la especialidad de Diseño
Informacional (recién renombrada Diseño
de Comunicación Visual), no debería excluir
los siguientes: Sistema señalético del
Instituto Finlay (diplomante Roberto Chávez,
1992), Identidad visual de Correos de Cuba (estudiantes
Julieta Mariño y Carlos Santos, 1996), Identidad
y señalización del xiv Festival Mundial
de la Juventud y los Estudiantes (estudiante Omar López,
1997), Rediseño del periódico Juventud
Rebelde (diplomantes Jorge Méndez y Marcel Tojo,
2006), así como multimedias educativas (diversos
autores y años).
La irrupción de los nuevos diseñadores
se comienza a reflejar también en una estética
diferente, la que responde por un lado a la tecnología
digital y por otro a su entrenamiento en la conceptualizacón
del diseño, es decir, una preparación
metodológica para el desarrollo de la tarea proyectual.
Algunos rasgos estético-expresivos de esta generación
son el uso desinhibido de la apropiación y la
cita, un despegue respecto a sus predecesores en el
dominio de la tipografía como expresión
visual de la palabra y una tendencia al juego visual
y al humor. No es una generación que haya tenido
muchas oportunidades de diseñar carteles, una
pieza de comunicación que parece haber perdido
utilidad para muchos funcionarios, empresarios y promotores
culturales, en comparación sobre todo con la
aparentemente rotunda eficacia de la televisión.
A pesar de eso y de las carencias materiales, se ha
ido abriendo paso una nueva producción de carteles
en Cuba que, modesta y con maneras propias, parece querer
ser continuadora de la que le antecedió.
La computadora fue incorporada, no sin determinados
traumatismos en los primeros momentos, como herramienta
indispensable del diseñador de esta época.
El cambio que evidentemente produjo en la visualidad
de los mensajes –unas veces para mal, a la larga
y en su mayoría para bien– fue al inicio
objeto de intensos debates. Hoy forma parte del entrenamiento
académico de los nuevos diseñadores, se
ha expandido a todos los ámbitos y territorios
del diseño, y el sistema de creación,
reproducción y divulgación de los mensajes
de comunicación visual en Cuba resulta impensable
ya sin la tecnología digital.
Un desarrollo notable se ha experimentado en los diseños
«para la pantalla», es decir sitios web
y multimedias. La integración multidisciplinaria
y la creciente demanda, tanto en el campo de lo publicitario-comercial
como en el instructivo-educativo, han producido algunos
resultados de alto nivel. Así también
en la promoción televisiva –los llamados
spots– se han logrado piezas de alta calidad comunicacional,
en un medio por lo general distanciado de los principales
desarrollos de la gráfica cubana en las últimas
décadas.
A partir de finales de la década se ha venido
produciendo la migración continuada de diseñadores
gráficos jóvenes. Varios de los viejos
maestros o miembros de la generación intermedia
migraron también en esta etapa. La inestabilidad
económica, la inconsistencia de la nueva generación
de diseñadores y la resistencia que el diseño
gráfico ha tenido que afrontar para demostrar
sus posibilidades han hecho que se mantenga una interrogante
sobre la evolución futura. No obstante, la situación
del país ha mejorado en determinados aspectos
y el diseño ha vuelto a encontrar algún
sentido de utilidad, por lo que se percibe un cierto
optimismo respecto a la posible recuperación
del diseño gráfico cubano.
Bibliografía
- Bermúdez, J., (2000). La imagen constante.
El cartel cubano del siglo xx. Letras Cubanas: La Habana.
- Cushing, L., (2003). ¡Revolución! Cuban
Poster Art. Chronicle Books: San Francisco.
- Veigas, J., (1978). «El cartel cubano»
en Revolución y Cultura: La Habana, No. 71.
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