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VESTÍBULO
*
Octavio Paz
Las relaciones entre la cultura francesa y los escritores y artistas de América
Latina han sido, desde fines del siglo XVIII, continuas y privilegiadas
aunque, casi siempre, se han desarrollado en una sola dirección.
Los latinoamericanos han recogido, adoptado y transformado muchas
influencias francesas; en cambio, sus respuestas, interpretaciones
y recreaciones pocas veces han sido escuchadas en Francia, salvo
en nuestros días. Uno de los grandes poetas de nuestra lengua,
introductor de la poesía simbolista francesa en español, Rubén
Darío, vivió largas temporadas en París, pero su presencia fue
advertida únicamente por unos pocos, como Henry J. M. Levet,
que le dedicó una de sus Cartas
Postales. Sin embargo, en algunos casos aislados los latinoamericanos
han participado como protagonistas en la vida literaria y artística
de París. Entre los ejemplos más notables están el de los dos
chilenos, un poeta y un pintor: Huidobro y Matta. La figura de Huidobro ha sido olvidada en Francia,
a pesar de que parte de su obra poética fue escrita en francés
y de que su participación en la iniciación del movimiento poético
moderno en Francia fue destacada, primero en Nord-Sud (al lado
de Reverdy, su amigo-enemigo) y después
de una manera independiente. Olvido injusto: Huidobro fue una
personalidad brillante y polémica, aparte de ser un excelente
poeta (aunque lo mejor de su poesía está en español). El caso
de Matta es distinto: no solo su influencia
ha sido más prolongada y profunda sino que su persona y su obra
son presencias vivas en el arte contemporáneo.
Matta hizo estudios de arquitectura y en 1934 trabajó en el estudio de Le Corbusier, en París. Muy pronto conoció a Breton, Duchamp, Dalí, Magritte, Penrose, Tanguy, Mir y otros surrealistas.
En 1938 participó, ya como miembro del grupo, en la Exposición
Internacional del Surrealismo. Simetría inversa: Huidobro llega a París en 1916, durante la primera guerra;
Matta abandona París en 1938, al comenzar la segunda guerra. A instancias de Duchamp se instala en Nueva York,
como Breton, Ernst,
Tanguy y Masson. Allí conoce a los
jóvenes pintores norteamericanos y se convierte inmediatamente
en su guía y su inspirador. En 1940 viaja a México con Robert
Motherwell. Reencuentro con el sol, los volcanes y los temblores
de tierra. Huidobro había escrito un libro de poemas llamado
Temblor de cielo; para Matta la pintura también es temblor, arquitectura de tiempo: un edificio hecho de líneas, formas, colores
en movimiento. El espacio se echa a andar. Durante esos pocos
años, entre 1939 y 1945, poseído por una salvaje y poderosa
energía creadora, un tiempo brillante y profundo, Matta
pinta algunos cuadros extraordinarios. ¿Así se encuentra a sí
mismo? Más exacto será decir: así parte de sí mismo al encuentro
de un mundo que acababa de descubrir y que desde entonces no
ah cesado de explorar –y de inventar.
La primera exposición de Matta en Nueva York (1942: La tierra
es un hombre) fue saludada por Breton
como uno de los grandes momentos de la visión surrealista del
hombre y el mundo. La noción de “modelo interior” se modifica
substancialmente; en realidad, ante esos cuadros hay que hablar
más bien de explosión interior. Sólo que el mundo interior que
revela Matta también es el exterior.
Nupcias de la pasión y la cosmogonía, de la física moderna y
el erotismo. Un mundo espiritualmente más cerca de Giordano
Bruno que de Freud. Naturalmente un
Bruno del siglo XX que tuviese noticias de Einstein
y Poincaré. No es extraño que Duchamp
se sintiese atraído por el joven Matta,
al que llama “el pintor más profundo de su generación”. Hay,
además, otro elemento en esos cuadros de Matta y que no ha dejado de manifestarse en su obra subsecuente: la historia. Con razón nunca he querido separar
el mundo íntimo del social y ambos de las fuerzas naturales
y físicas. Para Matta la revolución
y el amor, los cataclismos sociales y las exposiciones de la
galaxia son parte de mi misma realidad y, en un sentido profundo,
riman. Las vastas
y violentas composiciones de esos años, en las que un espacio
dinámico y nunca pintado antes se viste con unos colores paradisíacos,
acabados de nacer, no podían sino fascinar a los jóvenes y ávidos
pintores norteamericanos: Gorky, Pollock, Rotkho, de Kooning, Motherwell, Baziote y los otros.
En esos años, Nueva York fue el lugar de un encuentro.
No de dos civilizaciones sino de dos tradiciones estéticas o,
más bien, de la tradición moderna europea y de la sensibilidad
norteamericana. En esa época no había realmente una tradición
pictórica moderna de los Estados Unidos, salvo como un reflejo
provinciano del arte europeo. En este encuentro el grupo surrealista
de Nueva York (Ernest, Matta, Masson, Tanguy) desempeñó una función
preponderante aunque, claro está, no única. Sobre esto es necesario
señalar un hecho que no siempre se ha visto con claridad: dos
fenómenos distintos confluyen en ese momento. El primero: en
la pintura surrealista se opera una metamorfosis radical, preparada
por Duchamp y realizada por Matta:
fusión del erotismo, el humor y la nueva física. Matta
introduce una visión no-figurativa: sus cuadros no son transcripciones
de realidades vistas o soñadas sino reacciones de estados anímicos
y espirituales. Lo no visto se hace visible o, más exactamente,
encarna. Fue un atrevido
viraje que hizo cambiar de rumbo a la pintura y que abrió vistas
desconocidas a los jóvenes artistas de los Estados Unidos. El
segundo: nace la nueva pintura norteamericana, como un eco y
una respuesta a la pintura europea.
La figura central de ese momento, el cruce de caminos, el enlace y el inspirador,
es Matta. Por él la pintura surrealista
penetra en una región inexplorada y, simultáneamente, fertiliza
al arte de los jóvenes norteamericanos. Ignorar o minimizar
su influencia, como se ha pretendido en ocasiones, además de
ser una necedad, es un escándalo. Por fortuna, muchos artistas
y críticos norteamericanos no padecen esta miopía moral y estética.
Para definir la posición única de Matta
e esa década nada mejor que imaginar un triángulo geográfico,
histórico y espiritual: América del Sur (Chile), Europa (París),
América del Norte (Nueva York y México).
Más que los tres tiempos, los tres lados o caras de nuestra
civilización. Triángulo que encarnan una persona y un año: Matta,
1942. Un hombre y una fecha axiales para el arte de la segunda
mitad del siglo XX. Cuarenta años después podemos
preguntarnos: aurora o crepúsculo del arte moderno?
Qué importa: ¿no es el alba el crepúsculo de la mañana y no
es el crepúsculo del alba de
la tarde?
La contradicción puede ser un método de vidas. Es
fecunda no sólo niega a los otros sino a nosotros mismos pues
así nos da la posibilidad de cambiar. Pero la negación no se
convierte en afirmación como pretende la quimérica dialéctica
(Kant la llamó “la lógica de las ilusiones”).
La negación es un ascetismo, una higiene superior: no nos cambia
pero nos entrena y nos lanza al vacío. Es el trampolín del salto...
¿hacia dónde? No lo sabemos sino hasta que nos vemos en el aire
y aprendemos instantáneamente
el arte que nadie enseña: el de caer de nuevo en tierra,
sanos y salvos. Lo más difícil: caer con gracia. Es el arte
supremo. Nietzsche llamaba a Séneca
“el toreador de la virtud”; Matta
es “el bailarín de la Imaginación”: sabe saltar y sabe caer.
Al final de su período neoyorquino, a través de una negación
que es un salto, reintroduce en su pintura la figuración: unos
seres grotescos y terribles que evocan tanto a los personajes
de la science-fiction como a las figuras de los códices precolombinos
de México. Matta:istmo,
no ente continentes sino entre siglos. Así, al mismo tiempo
que, después de haberlo profetizado, se aleja del expresionismo
abstracto, descubre otro territorio de la imaginación. Es un
mundo que cesa de explorar durante los cuarenta años siguientes,
hasta hoy: la pintura narrativa, la pintura que cuenta. Pintura
que es mito: leyenda, historia, historieta, adivinanza. Pero
lo que cuenta su pintura no es lo que pasa en la actualidad
sino abajo y arriba de ella, el juego de las fuerzas e impulsos
que nos hacen, deshacen y rehacen. Sus instrumentos: el ojo
que hace, la mano que mira, la risa que perfora y, en fin, la
fantasía que combina a la mano y al ojo, al humor y a la imagen.
Después de
la segunda guerra Matta regresa a
Europa. Vive en roma y en Londres, se instala en París, viaja
a Chile y Perú, visita varias veces La Habana, vuelve a México
y recorre los cinco continentes. Durante estos cuarenta años
no ha cesado de pintar, pensar, amar, combatir, irritar, discutir,
conmover, indignar, iluminar. Juglar, ingeniero, ilusionista,
confuso, inspirado, tartamudo, elocuente, mago, prestigiador,
clown, clarividente,
poeta, insurrecto, generoso. El sol lo acompaña siempre. No
es extraño; una de sus divisas es “el sol para el que sabe congregar”.
Pero hay otro sol, secreto, para el que sabe quedarse solo y
decir no. A Matta lo ilumina, alternativamente,
los dos soles, el de la plaza y el de la celda. El surrealismo
fue gran viento cálido de rebeldía sobre este siglo helado y
cruel. Matta ha sido fiel a ese impulso
subversivo y generoso. Con una de esas expresiones suyas que
revelan su inmenso don verbal, ha dicho que pinta “para que
la libertad no se convierta en estatua”. Gran decir. Por desgracia,
como otros artistas de nuestro tiempo –y no de los menores,
de Picasso y Pound
a Neruda y Eluard– a veces ha confundido
a las estatuas en el poder con los revolucionarios vivos en
la cárcel o en el destierro, a los tiranos con libertadores.
No es una queja: tenía que decir mi desacuerdo.
Matta es uno de los grandes artistas contemporáneos. Lo
fue desde sus comienzos y lo sigue siendo. En 1946 Marcel Duchamp
escribió unas líneas que, en su brevedad, son todavía lo mejor
que se ha dicho sobre él: “Su primera contribución a la pintura
surrealista, y la más importante, fue el descubrimiento de regiones
del espacio, desconocidas hasta el entonces en el campo del
arte”. Una vez más Duchamp dio en
el blanco: el espacio de Matta es
un espacio en movimiento, en continua bifurcación y recomposición.
Espacio que fluye, plural. Espacio que posee las propiedades
del tiempo: transcurrir y dividir en unidades discretas sin
jamás interrumpirse. La crítica ha señalado el carácter dinámico
del espacio de Matta pero me parece
que no ha advertido su profunda
afinidad con el espacio de ciertos poetas modernos. Pienso,
ante todo, en Apollinaire y en algunos
de sus grandes poemas (Zone y Le Musicien de Saint-Merry), en donde distintos espacios confluyen y se entretejen
como una trama viva hecha de tiempo. Espacio temporalizado.
La visión de Apollinaire ha sido recogida
y transformada por varios poetas de lengua inglesa y un hispanoamericano.
Algunos nos hemos aventurado
por ese nuevo espacio que, vuelto tiempo, camina, gira, se disgrega
y se reúne consigo mismo. Esta es, sin duda, una de las razones
que me atraen, afectiva y espiritualmente, a la aventura pictórica
de Matta. Una afinidad que me ha hecho
escribir, en lugar de un insuficiente estudio crítico sobre
su obra, un poema: La
Casa de la Mirada. Es una exploración (¿una peregrinación?)
por esa geología, geografía y astronomía que son el espacio
imantado de su pintura.
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* Texto de preámbulo
de La casa de la mirada en el catálogo de la exposición
retrospectiva Matta. Centro Georges Pompidou,
París, 1985 |
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