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¿A
LOS SANGRIENTOS TIGRES DEL MAL DARÍAS CAZA?
Se irá Somoza sin chaleco antibalas a la fiesta, así
lo ha tramado una de las hermanas que se divierte con las sorpresas.
Ojerosa y macilenta, corta ese hilo de la urdimbre con el filo de
sus dientes porque el ruido de las tijera herrumbradas no llame
la atención de las otras que canturrean mientras zurcen en
la oscurana. Pero esas otras dos se han concertado desde antes para
jugarle una mala pasada a la bromista, de este modo suelen divertirse
entre ellas las hijas de la noche: Rigoberto, que camino de la fiesta
se detiene en la Casa Prío, no se preocupa del chaleco porque
va a disparar en cuclillas, abajo la cintura, como al muñeco
de zacate.
Son más de las nueve. Todavía los convencionales
forasteros llenan el salón, entretenidos en sus ruidosas
conversaciones en tono de discurso, saludándose con alarde
abrazos y abriéndose paso hacia el bar con los billetes en
alto en busca de un trago, como si apostaran; pero pronto empiezan
a irse en bandadas, a la fiesta, o a sus casas de pensión,
a los acordes de las marchas militares, pues el disco de la Boston
Pop suena de nuevo desde hace rato a todo volumen. Uno de ellos,
flaco, picado de viruelas, que había llamado Bienvenido Granda
a Rigoberto al verlo entar, viene hasta el rincón de la mesa
maldita para despedirse de él, palmoteándole sonoramente
la espalda, como si se conocieran de toda la vida.
Ya va Rigoberto sobre el segundo sorbete de tutti frutti. Raspa
la superficie tornasolada de las bolas que reposan en la copa de
aluminio, y sin soltar la cucharita,pasa la lengua por los labios
carnosos para no perder nada del claro dulzor de las escamas. ¿Mira
el reloj? No. El Capitán Prío no recuerda que haya
mostrado prisa, como lo prueba la parsimonia con que saborea el
sorbete. ¿Nerviosismo? Debajo de la mesa, sus pies, calzados
con los mocasines marrón, que envió a lustrar al parque
San Juan al momento de vestirse, cambian constantemente de posición,
pero eso no prueba nada; es su vieja costumbre.
En su pelo crespo brilla la grasa de la brillantina Glostora. Su
traje azul claro, como de colegial, es de gabardina ligera, y la
corbata tiene el dibujo de una pálida mariposa que en fondo
gris perla liba el cáliz de un lirio de marfil. ¿Será
capaz de ordenar un tercer sorbete de tutti frutti?. Lo ordena.
En San Salvador, el sorbetero Manlio Argueta no los hacía
igual.
El Capitán Prío viene al fin a sentarse con él,
trayendo el long-play de Mantovani y su orquesta que ha ido a sacar
del mostrador donde guarda los discos. Ahora que el ambiente está
más sosegado, quiere pasar a la música melódica
de cuerdas, una vez que terminen las marchas.
¿No le extrañó al Capitán Prío
que Rigoberto se ausentara de la representación de Tovarich,
que ya debería estarse iniciando a esas horas en el Teatro
Darío? ¿No le extrañó que se dirigiera,
en cambio, a una fiesta en honor de Somoza? Le extrañó,
y en cada caso se lo preguntó. Y sus preguntas fueron respondidas
de la siguiente manera:
-Ya cumplí con lo que me tocaba, Capitán. Rubén
va a quedar en su pedestal.
- ¿Qué puedo hacer yo? Rafa Parrales me manda a cubrir
la fiesta, quiere una crónica de primera página para
mañana.
Y apenas terminaba Rigoberto estas explicaciones, cuando ambos
alzaron la cabeza, como si los llamaran. En la puerta, inmóvil,
estaba el orfebre Segismundo, la camisa empapada de sudor y el sombrerito
tirolés estrujado en la mano.
- Yo lo vi todo –dice, acercándose.
- Siéntese –le pide el Capitán Prío,
pero él sólo mira a Rigoberto y no atiende.
Yo salía del templo de la Recolección como a las
siete, y no me pregunte ninguna qué andaba haciendo yo en
una iglesia –dice, con la respiración agotada; y vi
que le dieron el alto. Iba solo. No opuso ninguna resistencia. Registraron
un saco de bramante que traía, y los tres guardias de la
patrulla montaron entonces al mismo tiempo los rifles Garand. Hasta
donde yo estaba oí aquel ruido seco, de amenaza. Creí
que lo iban a matar. Pero lo que hicieron fue esposarlo, y subirlo
en el jeep. Se oía que hablaban por radio. No se movieron
de allí, hasta que al rato, pasaría un cuarto de hora,
llegó Moralitos en otro jeep, con más guardias. El
cura Olimpo Lozano venía con él. Moralitos hizo que
bajaran al preso. Lo puso de rodillas, lo levantó por el
pelo, y le alumbró la cara con un foco para que el cura lo
viera bien.
- Era Cordelio –dice Rigobeto, con aire muy pensativo, casi
distraído.
- Lo reconocí desde el primer momento –dice el orfebre
Segismundo, y se derrumba en la silla.
El Capitán Prío se levanta a quitar el disco de marchas
que ha llegado al final con Semper Fidelis, pero ya no pone el otro.
-Ya había perdido la esperanza de encontrarlo, poeta –le
dice el orfebre Segismundo
a Rigoberto-. Lo busqué en la casa de su novia, y me vine
de allí, corriendo. Éste
era mi último chance.
- ¿Me sigue ella esperando? –le pregunta Rigoberto.
- En la puerta –le dice el orfebre Segismundo-. No va a llevarla
a la fiesta, ¿verdad?
- No. Voy solo –le dice Rigoberto.
- Por ella entonces no se preocupe –le dice el orfebre Segismundo-.
Yo la saco a un lugar seguro.
- El que necesita un lugar seguro es usted –le dice Rigoberto.
- Es a ella a la primera que va a buscar Moralitos –le dice
el orfebre Segismundo.
- ¿Y qué lugar seguro es ése? –le pregunta
Rigoberto.
- Tengo a alguien que le puede poner en Puerto Morazán paa
que coja el barco que sale de muy mañana –le responde
el orfebre Segismundo.
- Lo que no veo es cómo ella va a aceptar irse –le
dice Rigoberto.
- Con un papelito que usted me dé –le dice el orfebre
Segismundo.
El Capitán Prío se ha quedado discutiendo con uno
de los meseros porque hasta ahora llega a informarle que los convencionales
de una de las mesas se fueron sin pagar; y no sin intriga, ve que
Rigoberto, apresurado, se pone a escribir.
- Dígale que hay complicaciones graves que después
le va a explicar; que usted ya va adelante, que la espera en el
puerto, que la única manera que se pueden casar es yéndose
juntos a El Salvador. Que ya no hay otra oportunidad. Que confíe
en mí, y que conmigo le manda el anillo de compromiso. Yo
voy a facilitar ese anillo –dice el orfebre Segismundo.
Rigoberto levanta los ojos.
-¿ Y cómo piensa que va a arreglar todo ese viaje
de aquí a la madrugada? –le
pregunta.
El orfebre Segismundo lo mira, sin parpadear.
Porque es mi propia fuga la que tenía lista –le responde-.
Me da mucha vergüenza decírselo. Pero me entró
miedo.
Rigoberto se entretiene en doblar el papelito antes de entregárselo.
- Entonces váyase de todos modos con ella –le dice-.
Usted ya hizo su parte.
- El miedo es una cosa muy jodida, como una enfermedad –dice
el orfebre Segismundo, y se mete el papelito en el forro del sombrero
tirolés-. Pero ya me pasó.
- Ojalá que también se me pase a mí –le
dice Rigoberto, y le sonríe apenas.
El Capitán Prío, que no ha terminado su discusión
y está amenazando al mesero con correrlo, ve al orfebre Segismundo
bajar la acera para irse muy precisado, por el rumbo de la plaza,
y a Rigoberto, que ya en la puerta que da a la Calle Real se vuelve
ligeramente para decirle adiós.
Ya han pasado las diez de la noche. Las sirenas de las motocicletas
anuncian que la caravana presidencial se dirige hacia la fiesta.
Rigoberto se detiene bajo la luz de un lámpara en la esquina
de la Calle Real donde Erwin había marcado con tinta azul
la posición del enlace B. No hay nadie allí. Nunca
fuma, pero hoy tiene ansiedad por un cigarrillo y se palpa el bolsillo
de la camisa como si siempre llevara un paquete consigo. Toma la
primera avenida y advierte, de lejos, en la siguiente esquina, a
la patrulla volante que vigila el acceso a la cuadra del club. Cruza
al lado de los soldados, y alza la mano, saludándolos. Sólo
lo miran, hoscos, bajo la sombra de los cascos.
Junto a la cuneta, en el lugar preciso que indica en tinta roja
el plano, enlace A, está estacionado el jeep de Norberto,
y al pasar roza con los dedos el latón de la carrocería.
Más allá, la limosina blindada de Somoza, las motocicletas
y los vehículos militares de la escolta, los choferes recostados
junto a las portezuelas abiertas. Adentro, la orquesta termina de
tocar el himno nacional.
El coronal Lira había corrido hacia el estrado de la orquesta
de la Guardia Nacional agitando su pañuelo, y Somoza, como
si se sintiera sorprendido al escuchar los acordes, se detuvo en
su avance, la mano sobre el pecho con los dedos apuntando el corazón,
muy junto a él la Primera Dama procurando no parpadear. El
locutor de la Gran Cadena Liberal, subido a una silleta, extendió
la mano en que tenía el micrófono para captar las
notas confusas y distantes que cesan ya en los receptores; y ahora
se baja de la silleta y trata de acercarse a Somoza, en busca de
unas palabras suyas, arrastrando el cable que se enreda en los pies
de los concurrentes. La pareja prosigue entre los aplausos, los
dos repartiendo sonrisas y Moralitos abriéndoles campo, hasta
que desembocan, por fin, entre los empujones y el apretujamiento
que dejan lejos al locutor; en el corredor occidental de la vieja
casa de adobes donde esperan en sus sitios los invitados a la mesa
de honor, ministros y funcionarios locales con sus esposas.
Rigoberto oye al locutor que se queja del alboroto y reclama un
poco más de orden, ahora que entra a la pulpería Conny,
vecina al club, donde el receptor de radio, metido en una funda
de croché, suena a bajo volumen. Compra una cajetilla de
doce pastillas de chiclets Adams, por la que paga un córdoba,
entregando de su billetera a la dueña, Conny Aguilar de Cáceres,
de cuarenta años cinco córdobas, y recibiendo el vuelto
en cuatro billetes de un córdoba cada uno. La billetera (exhibit
number 5), guardada en el bolsillo derecho del pantalón,
tiene tres depósitos de mica transparente para fotografías,
todas vacías.
Al ser las diez y treinta va a iniciarse ya el primer set bailable.
Rafa Parrales, que ronda la mesa de honor, se dirige al estrado
de los músicos, y con aire de picardía habla al oído
del coronel Vega Miranda; los músicos, uniformados de kaki
y corbatas negras, cada uno sentado frente al cajón de su
atril donde luce el monograma OGN de la orquesta, buscan entre sus
partituras, y cuando están listos, Rafa Parrales toma el
micrófono para solicitar a Somoza que pase a bailar con la
Primera Dama el vals criollo peruano Estrellita del Sur, la pieza
preferida de los dos, que tendrá el placer de cantar en su
honor. Hay un aplauso. Moralitos, ubicado de espaldas a la pared,
detrás de la mesa de honor, hace una rápida señal
a los agentes de seguridad, y él mismo se adelanta a despejar
el camino a la pista. La gente se apretuja alrededor del patio embaldosado,
curiosa de ver bailar a la pareja.
El vals termina, suenan otros aplausos, Rafa Parrales da las gracias
y Rigoberto ya está en la puerta. El sargento Domitilo Paniagua,
con una corbarta que lo aprieta tanto que parece más bien
la soga de un ahorcado, las puntas del cuello volteadas hacia arriba,
oye desde la puerta que ahora empiezan a tocar el Mambo No. 5 de
Dámaso Pérez Prado, y se siente eléctrico,
con unas ganas de bailar que le dan vergüenza; y marcando el
ritmo con movimientos reprimidos, le hace a Rigoberto alegres señales
de que pase adelante, como está pasando todo el mundo en
tropel, y entre empujones va a desembocar al remolino de la pista
donde estallan más aplausos y vivas entusiastas porque Somoza
viene a bailar de nuevo, ahora de la mano de la novia del club,
señorita Azucena Poveda Siles, de dieciocho años de
edad, con domicilio en el barrio de Zaragoza, alumna de mecanografía
y taquigrafía del Colegio Académico Mercantil.
Los brazos en alto y los puños cerrados, mambo, qué
rico el mambo Somoza desafía a la muchacha que eleva los
codos marcando austeramente el compás, apenas sonriente,
el bozo perlado de sudor; y se baja rítmicamente frente a
ella hasta quedar en cuclillas mambo qué rico es, casi pegando
los talones con las nalgas, para erguirse en un impulso entusiasta,
de nuevo entre vivas y aplausos, y risas, y silbidos, y el mambo
sonando todavía, la abraz con ímpetu y la besa cerca
de la boca mientras estallas los flashes de los fotógrafos.
El locutor, lleno de euforia, narra en todos sus detalles la escena.
Rigoberto, en el borde de la rueda, aplaude también, sonriente,
y sigue con a vista a Somoza mientras vuelve a la mesa de honor;
lo ve sentarse y ve al coronel Lira que le alcanza un pañuelo
empapado en Eâu de Vétiver con el que se limpia el
sudor, y, discretamente, los polvos de arroz que le han quedado
en la boca al besar a la novia del club. El coronel va ahora a su
valijín, regresa con la botella de Black and White, y le
sirve una medida doble.
La orquesta abre un nuevo set con el bolero rítmico de Bobby
Capó, Piel Canela. Rigoberto mira su reloj. Son las diez
y cuarenta y cinco. Se abotona el saco, y capeando las bandejas
de madera de los meseros que pasan en alto repletas de vasos, va
hacia el corredor donde las muchachas, sentadas en apretadas filas
de sillas plegadizas, esperan dóciles a que las saquen a
bailar, los platos de cartón con sandwiches y pastelitos
en sus regazos.
La señorita Ermida Toledo Granera, empleada de mostrador
de la Panadería Munguía, de veintidós años
de edad, cinco pies dos pulgadas de estatura, morena, pelo lacio,
cicatriz de viruelas en la barbilla, libre de antecedentes policiales
o penales, requerida a bailar se levanta sin ninguna vacilación,
aunque no conoce, ni aún de cara, al solicitante. Rigoberto
la lleva hasta la pista, le ofrece chicle, y él se mete otro
a la boca; y desde que la toma de la cintura ojos negros piel canela
que me llegan a desesperar, va abriéndose paso entre las
parejas que pugnan por empujarlo, me importas tú, y tú,
y tú hasta quedar frente a la mesa de honor, y nadie más
que tú.
Somoza escucha con atención fastidiada a Rafa Parrales que
inclinado sobre él le muestra El Cronista de esa tarde, mientras
los invitados a la mesa de honor, que poco se levantan a bailar,
elevan su conversación aprovechando el fin del bolero. El
humo del cigarrillo Lucky Strike de Somoza, pendiente del pitillo
de plata, se deshace en tenues virutas frente a su rostro lleno
de pecas, para subir en hilachas aún más débiles
y dispersas en busca del retrato gigante que tiene a sus espaldas,
allí donde Moralitos hace guardia, un Somoza más joven
mirando a la distancia, en uniforme almidonado y sombrero expedicionario
de la infantería de marina, dos pequeños fusiles metálicos
cruzados encima del cierre del cordón que rodea la base del
sombrero, las manos asidas al fajón que sostiene la pistola.
Asiente, siempre oyendo, deja el pitillo en el cenicero, y ahora
entretiene sus dedos con la carterita de cerillos en que luce también
su retrato, de las mismas que el camión militar repartía
a puñadas en las calles. Sobre el mantel, al alcance de su
mano, está el paquete de cigarrillos del que Rafa Parrales,
aprobando con la cabeza pero sin mirarlo, para que nadie en la pista
de baile pierda su sonrisa que no va dirigida a nadie en particular.
Los músicos buscan rápidamente en los cuadernillos
la partitura de La múcura, a ritmo de mambo, y arrancan a
toca. Son la diez y cincuenta. Entran más danzarines a la
pista, algunos ya bailando. Los músicos, de pie frente a
los atriles, dejan las boquillas de las trompetas y los saxofones
y cantan en coro mamá no puedo con ella, es que no puedo
con ella. Somoza se aparta un momento de la plática de Rafa
Parrales y se voltea hacia la Primera Dama, moviendo rítmicamente
los hombros, como si la incitara a bailar. Ella ríe con una
corta carcajada, y lo desprecia en juego, con un gesto de la mano.
Rigoberto cuida de no ser desplazado de su sitio sin romper la
cadencia de las manos, pies y cintura, y sin dejar de sonreír
a la muchacha que baila fijándose en el trabajo de sus propios
pies mientras masca el chicle muchacha quién te rompió
tu mucurita de barro, la toma por el talle invitándola a
ladear el torso como él mismo lo hace, se vuelve en un giro
que lo deja de cara a la mesa de honor y eleva las manos como si
agitara dos maracas. San Pedro que me ayudó pa’ qué
me hiciste llamarlo, las baja y las lleva al pecho, se arrodilla
abriendo las piernas la múcura está en el suelo mamá
no puedo con ella, y es Moralitos el que se adelanta asustado lo
ha visto meter la mano bajo el saco es que no puedo con ella, el
pequeño revólver ya de pronto apuntando, el animalito
negro que va a morder tu mucurita de barro, un vómito encendido,
zarpazos deslumbrantes, estallidos apagados como cachinflines, y
Somoza se dobla en el regazo de la Primera Dama como si tuviera
sueño y ella extiende sus brazos para recibirlo derramando
el vaso de Ginger-Ale es queno puedo con ella, suenan los disparos
más poderosos de la pistola automática de Moralitos
no puedo con ella y cada instrumento va a callarse por su cuenta,
llama sin respuesta el cencerro y sólo el alboroto de la
batería queda de último ya cuando las parejas corren,
se atropellan, derriban los atriles, un reguero de zapatos de tacones
altos en el piso, alguien ha tropezado entre los gritos y empujones
contra el bombo de la batería y se sueltan restallando los
platillos, caen las bandejas de los meseros que huyen, en la mesa
de honor no queda nadie más que Somoza y la Primera Dama
que lo sostiene, y el bailarín solitario, abandonado por
su pareja que también ha huido, sigue acuclillado en el suelo
en su pase final, bañado en sangre, las piernas ligeramente
abiertas, el revólver todavía apuntando, ya sin balas,
por debajo de la mesa…
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