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Anacristina Rossi
2004
  Textos selectos  
 

El fragmento que ofrecemos a continuación pertenece al capítulo cinco de Limón Blues.

Por esa época apareció en las fincas el mal de Panamá. Y también por esa época se triplicaron las ensordecedoras reuniones nocturnas, un susurro como viento hacía estallar los tambores, los gritos, los posesos. Día por medio aparecía un artículo en el Limón Times diciendo: “The unwashed gave another outdoor party under the name of ‘Puckamere meeting’ at Cieneguita”, o “…a disgraceful meeting. We have at least from six to eight sects of pseudo gospel pounders. The worse are a lot of people called Cabo Miel or Revivalists…”.
El gobernador de Jamaica visitó Limón. La Friendly and Literary Association le entregó un recuento de hechos y una rogativa para que se nombrara a un protector de los súbditos británicos en Centroamérica. Orlandus recuerda ver a Sam Nation elegantísimo hablando con Lord Olivier.
Meses después leyeron en el Limón Times que el Home Government en Londres había accedido a nombrar al protector de inmigrantes. Su salario sería de setencientas libras esterlinas por año más el sueldo de un clero. Pero el Parlamento de Jamaica se opuso y no se nombró nunca el protector de inmigrantes.
Orlandus ha pasado todo el día acordándose de su mamá, el cuerpo alto y esbelto de Nanah clavado en el punto entre las cejas. Al llegar a su cuarto en la noche y sentarse en la cama a comer enyucados, lo que lo había perseguido todo el día y no cuajaba, cuajó. Era una de sus últimas conversaciones en Kingston, siete años atrás.
Están solos en la casa. Se escuchan las carreritas de los ratones, unas voces lejanas que entonan un himno y el gallo en el patio. Nada más. Huele a bamí que Nanah extendió finito sobre el comal y huele a los aceites y fórmulas que tiene con llave. Nanah lleva enagua oscura y una blusa de encaje que la hace verse aún más bella, más fina; no se ha puesto su bandana, alguien le acomodó el pelo con aceite brillante en minúsculas trenzas que le recorren el cráneo como hileras de joyas. Desde que murió Ofelita se volvió muy seria y más se pone aún cuando trae algo en las manos, su madre estira la mano y en ella aparece la vieja muñeca Yumma, con vestido nuevo. Nanah le dice que tiene vestido nuevo porque va a viajar con él a Cahuita. Orlandus se pone de pie tan bruscamente que el banco en el que estaba sentado rueda: “Me tink seh no dolls. Ya soy grande”. Nanah lo mira con fiereza, una mirada que duele: “No seas estúpido, esto no es un juguete”. Pero a Orlandus también le chispean los ojos.
Nanah cambia de táctica, le explica con voz dulce que Yumma heredó la fuerza de los cimarrones, traidores, cochinos, entregaron a Bogle pero tenían poder… Orlandus da media vuelta y sale, dejando a su mamá con la palabra en la boca.
Esta noche en Port Limón el recuerdo le molesta, se queda leyendo periódicos a la luz de la bombilla. En el Limón Times Sam Nation escribe que Rockefeller y Keith inauguraron la época de los monopolios, que las leyes no los podrán contener… Orlandus se está quedando dormido, mejor apago la luz, los tambores, dyam, no han parado en meses, dyam estos miserables se oyen tan cerca, no cantan, murmuran, no sé lo que dicen, son sólo mis sueños, me estoy quedando dormido, ya me quedé. No. Los oigo claramente, se acercan, veo sus caras infames, huelo sus harapos, el fuego crepita, bloody buggers que van a incendiar este cuarto, quieren que yo vaya a gritar con ellos, quieren que vaya a bailar pero estoy demasiado cansado, man, estoy enfermo, déjenme, man, ustedes son salvajes, Nation y Phillip tienen razón, qué están haciendo con esa muñeca Yumma. No, no es Yumma, tienen una muñeca y están diciendo como mi madre “esto no es una muñeca, es el Rey de Costa Rica.”
Orlandus se levanta, corre la cortina, se asoma, qué le hacen a la muñeca, pero no son ellos, ellos no hablan así, menos en estas reuniones, están diciendo: “Mire, Señor Creador de la United Fruit, cómo lamentamos que esa dama, su esposa, se haya distraído y se haya metido en el hueco del ascensor cuando el ascensor estaba en el piso de arriba, qué calamidad, Londres es traicionero, cae su esposa, su falda se llena de aire pero no la protege, golpea el piso con un estrépito que nadie escucha, un ruido seco de hueso contra baldosa, no murió pero quedó para siempre lejos, usted no puede alcanzarla, ella se despierta en la noche preguntándose quién es. Oiga, Rey, ahora es uno de los hombres más ricos del mundo pero le quitarán todo su dinero, usted es esta muñeca que desvestimos, lo perderá todo, para qué reduce nuestros ya reducidos salarios, man, nada de lo que nos exprimen le quedará a usted y escuche a su esposa tosiendo en un cuarto, hace un frío espantoso y no tiene una estufa y sigue sin acordarse de cómo se llama.”
Orlandus se sentó bruscamente porque vio a una señora tirada en el piso. Afuera los tambores se intensificaban, contra la pared se recortaba el resplandor del fuego, dyam an blast ahora van a seguir aullando hasta que amanezca, quién será esa señora.
Sam Nation era para Orlandus el más erudito. A la noche siguiente fue a buscarlo a su casa. Nation le dijo:
- Parece que te asustaron.
- Primero vi a mamá y después me dormí y tuve un sueño inexplicable.
Le dijo de la señora golpeada contra el piso.
Sam rió:
- Alguien te lo contaría. ¿Quizás tu mamá? Esa mujer es la esposa de Keith. El accidente fue en Londres hace como veinticinco años.
- ¿Por qué ella gritaba “quien soy”?
- Porque quedó con amnesia.
- ¿Y por qué decían los de la reunión pocomaniah que Keith va a perderlo todo?
- Porque están locos. Para perder esa fortuna tendría que ocurrir algo como un cataclismo. Oh well, that can happen. Pero el que nunca perderá es el trust.
- Ellos gritaban que ella tosía en un rincón, que nevaba afuera y sólo tenía para abrigarse un chal delgadito.
- Ésas son tonterías, cómo pudiste prestarles atención, y cómo hiciste para dormir con esos aullidos.
Salía de su trabajo cuando un negro elegante, de empaque grueso y baja estatura y con las manos metidas en la faltriquera le preguntó con amabilidad:
- Podría usted decirme dónde se encuentra el consulado británico?
Orlandus creyó que era broma y le respondió con una carcajada. El negro bien vestido no se enojó, más bien se preocupó creyendo que le había hecho la pregunta a un loco. Le habían dicho que el asilo de locos estaba en la capital y no admitía negros y por lo tanto los negros dementes se veían obligados a vagar por el Limón Town.
El desconocido iba a dar media vuelta cuando Orlandus por fin dejó de reírse. El desconocido insistió:
- ¿Qué tiene de cómico que pida las señas de mi autoridad consular?
- Por lo visto eres nuevo y no lees el periódico. No tenemos consulado. Lo que hay es un yanqui a sueldo de la Compañía. Para las leyes de Costa Rica somos africanos.
- Así es. Somos africanos. Pero también británicos. Mucho gusto, me llamo Marcus Garvey.
- Orlandus Robinson, pleased to meet youh. Mmnn... ¿no eres tú el que pega rótulos en las calles para que celebremos Coronation Day?
- Sí, soy yo.
- Pues no deberías. El Imperio Británico nos traicionó.
Garvey se quedó callado. Orlandus le tocó un punto sensible. Se dio cuenta, y para reforzar el efecto le dijo:
- Es terrible la soledad de los negros.
Garvey respondió muy enojado:
- ¿Soledad cuando somos en el mundo cuatrocientos millones? ¿Cómo vamos a estar solos cuatrocientos millones?
Orlandus no le mostró el consulado sino que se dedicaron a hablar y caminar, pasaron frente al mercado, entraron al parque, salieron por Cieneguita, volvieron al muelle. Los habitantes de Port Limón los recordarían como los vieron al atardecer: ese negro soltero tan joven, tan guapo, por el que suspiran tantísimas mujeres, y un negro bajo, grueso, de cara redonda, bien vestido y gesticulando con evidente pasión.
Garvey se interrumpió en medio de una frase y miró un barco imponente con una bandera que decía: “Great White Fleet”. Las luces del barco ya estaban encendidas. Orlandus observó la fascinación de Garvey: le brillaban los ojos al ver a los oficiales todos de blanco con botones dorados y galardones. Garvey murmuró: Qué respeto más enorme tendrían los blancos por los negros si tuviéramos una Gran Flota Negra, con nuestros oficiales negros así uniformados”.
En Limón había un señor, don Salomón Zacarías Aguilera, que sacaba un periódico pequeño: La Nación, Don Salomón le permitió a Garvey crear una sección en inglés que se llamó The Nation.
En 1911, Garvey usó ese periódico como tribuna. En inglés ampuloso lleno de citas latinas que no venían al caso, proclamó que en los tambores nocturnos de Limón Town no había myalismo ni pasión africana –en eso se equivocaba rotundamente. También les recordaba a los afroantillanos, con tono de superioridad, que debían exigir sus derechos de súbditos de la Corona.
La voz estridente de Garvey les molestó a todos. Llovieron las cartas de quejas al Limón Times: “El que firma los editoriales de The Nation debe saber que quien quiera dedicarse a cruzado debe ser ‘sans peur et sans reproche’, un verdadero Sir Galahad, y no una bolsa de aire alardosa, arrogante y dañina”.
Alguien difundió la especie de que Garvey había robado.Lo detuvieron.
Orlandus acudió a Phillip al Cuartel de Armas.
Cuando caminaban hacia el cuartel, Phillip lo reconvino:
- No entiendo por qué frecuentas a personas como Ferguson o Garvey.
- Porque viven con intensidad.
- Me parece que debes buscar la intensidad de otro modo. Me han dicho que perteneces a ese grupo de negros sucios y atrasados, los Cabo Myal. El myalismo es cosa de esclavos paganos, Robinson. También dicen que te vieron en el Balm Yard de Mamie Briggs, la sacerdotisa revival.
En el calor del puerto, Orlandus se heló. Sólo había estado donde Mamie Briggs una vez, con Leonor. ¿Los habrían visto justos?
- Disculpe, ¿por qué menciona a Mamie Briggs?
- Es lo que se dice, Orlandus.
- No pertenezco a ninguno de esos grupos.
- Tú sabrás. Mi recomendación es que te alejes de Garvey y de los tambores.
Phillip habló con varias personas y finalmente soltaron a Garvey.
Garvey se fue a Bocas del Toro y regresó a Port Limón para Coronation Day, el 25 de junio. Buscó a Orlandus temprano en la mañana. Llovía torrencialmente.
- El desfile va a comenzar –lo apuró Garvey cuando Orlandus le abrió.
- No iría a Coronation Day ni aunque me pagaran un millón de sterling pounds.
- Somos Britishers y hay que demostrárselo al Vicecónsul.
- Fuimos traicionados por las autoridades de la Corona. Jorge Quinto to ‘r ass.
Garvey se tapó los oídos para no escuchar la blasfemia y decidió no insistir.
Dos días después y tarde en la noche, Garvey llegó con el Limón Times a asegurarse de que Orlandus se enteraba de la fiesta. Lo hizo sentarse y leyó en voz alta:
“Coronation Day fue celebrado el 25 de junio por dos mil personas. Primero salió la Infantería de túnica blanca and black pants with red seam. Luego la Caballería: túnica blanca and pants, polainas y sombreros Baden Powell. El oficial comandante fue Peter Noel. Marcharon a lo largo de la Calle Tercera and down Front Street to Plaza de Toros. Tambores y pífanos y la banda del Gobierno tocaron God Save the King mientras todos permanecieron de pie y sin sombrero. Bajo la lluvia...”
- ¿De pie y sin sombrero bajo la lluvia?
- Sí, qué tiene de malo, al contrario, magnífico, déjame seguir:
- “...continuaron con sus ejercicios como reales y disciplinados soldados británicos.
Luego la Infantería y la Caballería se cuadron frente al gobernador. El comandante en jefe pronunció su discurso: ‘Somos los hijos del más grandioso imperio que el mundo ha conocido. Al obedecer a Jorge Quinto obedecemos a Dios. Le damos gracias al Gobierno de Costa Rica por tenernos de huéspedes...”
- Un momento, dime: ¿en el público había trabajadores negros?
- Pocos, pocos, pero no es lo que tú piensas. Se anunciaban funciones de Sarah Bernhardt en Panamá y fueron a verla.
- No. Había pocos antillanos porque la Corona nos traicionó.
Una semana después Garvey se despidió: se iba a recorrer el mundo. Conversaban en la puerta cuando a Orlandus le vinieron a entregar un telegrama. Era de su mamá: su padre estaba otra vez muy enfermo.
Dos días antes de subir al vapor que lo llevaría a Kingston, a Orlandus le llegó una carta que le dejó el espíritu en paz.
No estaba firmada. Decía:

... but this same day
Must end that work the ides of March begun;
And whether we shall meet again. I know not.
Therefore our everlasting farewell take.
For ever, and for ever, farewell, Cassius.
If we do meet again, why, we shall smile;
If not, why then this parting was well made.

La leyó sobre una corriente de agua como le enseñó Nanah a sellar las promesas. La guardó en el bolsillo y así pudo dejar de pensar en Leonor.