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El fragmento que
ofrecemos a continuación pertenece al capítulo cinco
de Limón Blues.
Por esa época apareció en las fincas el mal de Panamá.
Y también por esa época se triplicaron las ensordecedoras
reuniones nocturnas, un susurro como viento hacía estallar
los tambores, los gritos, los posesos. Día por medio aparecía
un artículo en el Limón Times diciendo: “The
unwashed gave another outdoor party under the name of ‘Puckamere
meeting’ at Cieneguita”, o “…a disgraceful
meeting. We have at least from six to eight sects of pseudo gospel
pounders. The worse are a lot of people called Cabo Miel or Revivalists…”.
El gobernador de Jamaica visitó Limón. La Friendly
and Literary Association le entregó un recuento de hechos
y una rogativa para que se nombrara a un protector de los súbditos
británicos en Centroamérica. Orlandus recuerda ver
a Sam Nation elegantísimo hablando con Lord Olivier.
Meses después leyeron en el Limón Times que el Home
Government en Londres había accedido a nombrar al protector
de inmigrantes. Su salario sería de setencientas libras esterlinas
por año más el sueldo de un clero. Pero el Parlamento
de Jamaica se opuso y no se nombró nunca el protector de
inmigrantes.
Orlandus ha pasado todo el día acordándose de su mamá,
el cuerpo alto y esbelto de Nanah clavado en el punto entre las
cejas. Al llegar a su cuarto en la noche y sentarse en la cama a
comer enyucados, lo que lo había perseguido todo el día
y no cuajaba, cuajó. Era una de sus últimas conversaciones
en Kingston, siete años atrás.
Están solos en la casa. Se escuchan las carreritas de los
ratones, unas voces lejanas que entonan un himno y el gallo en el
patio. Nada más. Huele a bamí que Nanah extendió
finito sobre el comal y huele a los aceites y fórmulas que
tiene con llave. Nanah lleva enagua oscura y una blusa de encaje
que la hace verse aún más bella, más fina;
no se ha puesto su bandana, alguien le acomodó el pelo con
aceite brillante en minúsculas trenzas que le recorren el
cráneo como hileras de joyas. Desde que murió Ofelita
se volvió muy seria y más se pone aún cuando
trae algo en las manos, su madre estira la mano y en ella aparece
la vieja muñeca Yumma, con vestido nuevo. Nanah le dice que
tiene vestido nuevo porque va a viajar con él a Cahuita.
Orlandus se pone de pie tan bruscamente que el banco en el que estaba
sentado rueda: “Me tink seh no dolls. Ya soy grande”.
Nanah lo mira con fiereza, una mirada que duele: “No seas
estúpido, esto no es un juguete”. Pero a Orlandus también
le chispean los ojos.
Nanah cambia de táctica, le explica con voz dulce que Yumma
heredó la fuerza de los cimarrones, traidores, cochinos,
entregaron a Bogle pero tenían poder… Orlandus da media
vuelta y sale, dejando a su mamá con la palabra en la boca.
Esta noche en Port Limón el recuerdo le molesta, se queda
leyendo periódicos a la luz de la bombilla. En el Limón
Times Sam Nation escribe que Rockefeller y Keith inauguraron la
época de los monopolios, que las leyes no los podrán
contener… Orlandus se está quedando dormido, mejor
apago la luz, los tambores, dyam, no han parado en meses, dyam estos
miserables se oyen tan cerca, no cantan, murmuran, no sé
lo que dicen, son sólo mis sueños, me estoy quedando
dormido, ya me quedé. No. Los oigo claramente, se acercan,
veo sus caras infames, huelo sus harapos, el fuego crepita, bloody
buggers que van a incendiar este cuarto, quieren que yo vaya a gritar
con ellos, quieren que vaya a bailar pero estoy demasiado cansado,
man, estoy enfermo, déjenme, man, ustedes son salvajes, Nation
y Phillip tienen razón, qué están haciendo
con esa muñeca Yumma. No, no es Yumma, tienen una muñeca
y están diciendo como mi madre “esto no es una muñeca,
es el Rey de Costa Rica.”
Orlandus se levanta, corre la cortina, se asoma, qué le hacen
a la muñeca, pero no son ellos, ellos no hablan así,
menos en estas reuniones, están diciendo: “Mire, Señor
Creador de la United Fruit, cómo lamentamos que esa dama,
su esposa, se haya distraído y se haya metido en el hueco
del ascensor cuando el ascensor estaba en el piso de arriba, qué
calamidad, Londres es traicionero, cae su esposa, su falda se llena
de aire pero no la protege, golpea el piso con un estrépito
que nadie escucha, un ruido seco de hueso contra baldosa, no murió
pero quedó para siempre lejos, usted no puede alcanzarla,
ella se despierta en la noche preguntándose quién
es. Oiga, Rey, ahora es uno de los hombres más ricos del
mundo pero le quitarán todo su dinero, usted es esta muñeca
que desvestimos, lo perderá todo, para qué reduce
nuestros ya reducidos salarios, man, nada de lo que nos exprimen
le quedará a usted y escuche a su esposa tosiendo en un cuarto,
hace un frío espantoso y no tiene una estufa y sigue sin
acordarse de cómo se llama.”
Orlandus se sentó bruscamente porque vio a una señora
tirada en el piso. Afuera los tambores se intensificaban, contra
la pared se recortaba el resplandor del fuego, dyam an blast ahora
van a seguir aullando hasta que amanezca, quién será
esa señora.
Sam Nation era para Orlandus el más erudito. A la noche siguiente
fue a buscarlo a su casa. Nation le dijo:
- Parece que te asustaron.
- Primero vi a mamá y después me dormí y tuve
un sueño inexplicable.
Le dijo de la señora golpeada contra el piso.
Sam rió:
- Alguien te lo contaría. ¿Quizás tu mamá?
Esa mujer es la esposa de Keith. El accidente fue en Londres hace
como veinticinco años.
- ¿Por qué ella gritaba “quien soy”?
- Porque quedó con amnesia.
- ¿Y por qué decían los de la reunión
pocomaniah que Keith va a perderlo todo?
- Porque están locos. Para perder esa fortuna tendría
que ocurrir algo como un cataclismo. Oh well, that can happen. Pero
el que nunca perderá es el trust.
- Ellos gritaban que ella tosía en un rincón, que
nevaba afuera y sólo tenía para abrigarse un chal
delgadito.
- Ésas son tonterías, cómo pudiste prestarles
atención, y cómo hiciste para dormir con esos aullidos.
Salía de su trabajo cuando un negro elegante, de empaque
grueso y baja estatura y con las manos metidas en la faltriquera
le preguntó con amabilidad:
- Podría usted decirme dónde se encuentra el consulado
británico?
Orlandus creyó que era broma y le respondió con una
carcajada. El negro bien vestido no se enojó, más
bien se preocupó creyendo que le había hecho la pregunta
a un loco. Le habían dicho que el asilo de locos estaba en
la capital y no admitía negros y por lo tanto los negros
dementes se veían obligados a vagar por el Limón Town.
El desconocido iba a dar media vuelta cuando Orlandus por fin dejó
de reírse. El desconocido insistió:
- ¿Qué tiene de cómico que pida las señas
de mi autoridad consular?
- Por lo visto eres nuevo y no lees el periódico. No tenemos
consulado. Lo que hay es un yanqui a sueldo de la Compañía.
Para las leyes de Costa Rica somos africanos.
- Así es. Somos africanos. Pero también británicos.
Mucho gusto, me llamo Marcus Garvey.
- Orlandus Robinson, pleased to meet youh. Mmnn... ¿no eres
tú el que pega rótulos en las calles para que celebremos
Coronation Day?
- Sí, soy yo.
- Pues no deberías. El Imperio Británico nos traicionó.
Garvey se quedó callado. Orlandus le tocó un punto
sensible. Se dio cuenta, y para reforzar el efecto le dijo:
- Es terrible la soledad de los negros.
Garvey respondió muy enojado:
- ¿Soledad cuando somos en el mundo cuatrocientos millones?
¿Cómo vamos a estar solos cuatrocientos millones?
Orlandus no le mostró el consulado sino que se dedicaron
a hablar y caminar, pasaron frente al mercado, entraron al parque,
salieron por Cieneguita, volvieron al muelle. Los habitantes de
Port Limón los recordarían como los vieron al atardecer:
ese negro soltero tan joven, tan guapo, por el que suspiran tantísimas
mujeres, y un negro bajo, grueso, de cara redonda, bien vestido
y gesticulando con evidente pasión.
Garvey se interrumpió en medio de una frase y miró
un barco imponente con una bandera que decía: “Great
White Fleet”. Las luces del barco ya estaban encendidas. Orlandus
observó la fascinación de Garvey: le brillaban los
ojos al ver a los oficiales todos de blanco con botones dorados
y galardones. Garvey murmuró: Qué respeto más
enorme tendrían los blancos por los negros si tuviéramos
una Gran Flota Negra, con nuestros oficiales negros así uniformados”.
En Limón había un señor, don Salomón
Zacarías Aguilera, que sacaba un periódico pequeño:
La Nación, Don Salomón le permitió a Garvey
crear una sección en inglés que se llamó The
Nation.
En 1911, Garvey usó ese periódico como tribuna. En
inglés ampuloso lleno de citas latinas que no venían
al caso, proclamó que en los tambores nocturnos de Limón
Town no había myalismo ni pasión africana –en
eso se equivocaba rotundamente. También les recordaba a los
afroantillanos, con tono de superioridad, que debían exigir
sus derechos de súbditos de la Corona.
La voz estridente de Garvey les molestó a todos. Llovieron
las cartas de quejas al Limón Times: “El que firma
los editoriales de The Nation debe saber que quien quiera dedicarse
a cruzado debe ser ‘sans peur et sans reproche’, un
verdadero Sir Galahad, y no una bolsa de aire alardosa, arrogante
y dañina”.
Alguien difundió la especie de que Garvey había robado.Lo
detuvieron.
Orlandus acudió a Phillip al Cuartel de Armas.
Cuando caminaban hacia el cuartel, Phillip lo reconvino:
- No entiendo por qué frecuentas a personas como Ferguson
o Garvey.
- Porque viven con intensidad.
- Me parece que debes buscar la intensidad de otro modo. Me han
dicho que perteneces a ese grupo de negros sucios y atrasados, los
Cabo Myal. El myalismo es cosa de esclavos paganos, Robinson. También
dicen que te vieron en el Balm Yard de Mamie Briggs, la sacerdotisa
revival.
En el calor del puerto, Orlandus se heló. Sólo había
estado donde Mamie Briggs una vez, con Leonor. ¿Los habrían
visto justos?
- Disculpe, ¿por qué menciona a Mamie Briggs?
- Es lo que se dice, Orlandus.
- No pertenezco a ninguno de esos grupos.
- Tú sabrás. Mi recomendación es que te alejes
de Garvey y de los tambores.
Phillip habló con varias personas y finalmente soltaron a
Garvey.
Garvey se fue a Bocas del Toro y regresó a Port Limón
para Coronation Day, el 25 de junio. Buscó a Orlandus temprano
en la mañana. Llovía torrencialmente.
- El desfile va a comenzar –lo apuró Garvey cuando
Orlandus le abrió.
- No iría a Coronation Day ni aunque me pagaran un millón
de sterling pounds.
- Somos Britishers y hay que demostrárselo al Vicecónsul.
- Fuimos traicionados por las autoridades de la Corona. Jorge Quinto
to ‘r ass.
Garvey se tapó los oídos para no escuchar la blasfemia
y decidió no insistir.
Dos días después y tarde en la noche, Garvey llegó
con el Limón Times a asegurarse de que Orlandus se enteraba
de la fiesta. Lo hizo sentarse y leyó en voz alta:
“Coronation Day fue celebrado el 25 de junio por dos mil personas.
Primero salió la Infantería de túnica blanca
and black pants with red seam. Luego la Caballería: túnica
blanca and pants, polainas y sombreros Baden Powell. El oficial
comandante fue Peter Noel. Marcharon a lo largo de la Calle Tercera
and down Front Street to Plaza de Toros. Tambores y pífanos
y la banda del Gobierno tocaron God Save the King mientras todos
permanecieron de pie y sin sombrero. Bajo la lluvia...”
- ¿De pie y sin sombrero bajo la lluvia?
- Sí, qué tiene de malo, al contrario, magnífico,
déjame seguir:
- “...continuaron con sus ejercicios como reales y disciplinados
soldados británicos.
Luego la Infantería y la Caballería se cuadron frente
al gobernador. El comandante en jefe pronunció su discurso:
‘Somos los hijos del más grandioso imperio que el mundo
ha conocido. Al obedecer a Jorge Quinto obedecemos a Dios. Le damos
gracias al Gobierno de Costa Rica por tenernos de huéspedes...”
- Un momento, dime: ¿en el público había trabajadores
negros?
- Pocos, pocos, pero no es lo que tú piensas. Se anunciaban
funciones de Sarah Bernhardt en Panamá y fueron a verla.
- No. Había pocos antillanos porque la Corona nos traicionó.
Una semana después Garvey se despidió: se iba a recorrer
el mundo. Conversaban en la puerta cuando a Orlandus le vinieron
a entregar un telegrama. Era de su mamá: su padre estaba
otra vez muy enfermo.
Dos días antes de subir al vapor que lo llevaría a
Kingston, a Orlandus le llegó una carta que le dejó
el espíritu en paz.
No estaba firmada. Decía:
... but this same day
Must end that work the ides of March begun;
And whether we shall meet again. I know not.
Therefore our everlasting farewell take.
For ever, and for ever, farewell, Cassius.
If we do meet again, why, we shall smile;
If not, why then this parting was well made.
La leyó sobre una corriente de agua como le enseñó
Nanah a sellar las promesas. La guardó en el bolsillo y así
pudo dejar de pensar en Leonor.
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