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Fragmento del
libro:
FORDHAM, 1994
El sueño (si es que fue un sueño) requiere una explicación
previa y algo prosaica. No sé inglés ni me gusta viajar.
Por alguna razón, sin embargo, anoche yo estaba en Fordham,
que hoy es un barrio arbolado de los suburbios de Nueva York y que
en el siglo pasado fue algo así como un pueblo, un arrabal
brumoso donde estuvo la casa de Edgar Poe.
Llegué a ese lugar de una manera algo abrupta pero muy natural,
al menos bajo las leyes que, anoche, regían el universo entre
las araucarias y los pinos de mi casa de San Pedro. Cuando vi venir
a Poe caminando hacia mí, supe de inmediato que era él,
sin necesidad de reconocer su hermosa cara entre las sombras. Hablamos.
La primera parte de nuestra conversación sucedió en
castellano y luego fue derivando imperceptiblemente al inglés.
Era el inglés de los sueños, no el de la gramática.
Poe me hablaba, cortés y suavemente, sin que yo lo entendiera,
y de tanto en tanto yo mismo intercalaba alguna observación
cuyo significado me resultaba incomprensible pero parecía
ser perfectamente clara para él, que me escuchaba con serena
cortesía. En una o dos ocasiones, mientras caminábamos,
bajó la cabeza y miró con gravedad el suelo, y yo
pude notar que meditaba mis palabras. Cosa que me produjo una sensación
doblemente ambigua. Por un lado, sentí casi con orgullo que
también a mí me habría gustado comprender el
sentido de mis atinadas observaciones; por el otro, temí
que Poe notara en cualquier momento la impostura de mi inglés
y descubriera que, en realidad, yo no estaba diciendo nada.
Llegamos a un pequeño puente de madera, que no cruzamos.
Estábamos en un límite impreciso entre las afueras
de Fordham y el parque de San Pedro, pues me pareció ver,
por encima de los árboles, la alta lucecita colorada de la
antena del telesistema que está a espaldas de mi casa. Cuando
Poe se detuvo, comprendí con un poco de tristeza que nuestro
encuentro estaba a punto de terminar. Vi, sobre una pequeña
loma, del otro lado del puente, una casa de madera de dos plantas
que me recordó un dibujo a pluma en un libro de Hervey Allen.
Ésa es la casa donde escribió El Cuervo,
pensé, tal vez Virginia Clemm todavía esté
allí.
Tuve, durante un segundo, la tentación de seguir adelante,
cruzar con él y forzarlo de algún modo a que me invitara
a visitar la casa, pero de inmediato comprendí que mi inglés
simulado no iba a ser capaz de sostener mucho tiempo más
la situación.
Sé que ya en este momento yo había empezado a oír
los versos.
Recuerdo con claridad haber pensado que Poe estaba murmurando, tal
vez un poco obviamente, el poema asociado por mí con esa
casa de madera. Me volví sonriendo hacia él para demostrarle
que reconocía las palabras cuando, de pronto, tuve la certeza
de que aquello no era El Cuervo. Ni El Cuervo
ni Ulalume ni Silencio ni La ciudad en el
mar ni cualquier otro de los poemas que yo conocía de
memoria en español y que, en rigor, son casi las únicas
palabras cuyo sonido me siento capaz de reconocer en inglés.
Entonces me di cuenta de que toda nuestra conversación anterior
había girado alrededor de un solo asunto: los versos ideales,
los versos del poema nunca escrito, esos versos inalcanzables que
todo poeta siente que él pudo haber compuesto y
que, por alguna razón secreta, Dios no permite que se escriban
nunca. Supe (primero con incredulidad, después con agradecimiento,
súbitamente con terror) que Poe me estaba recitando a mí
esos versos, escandiéndolos, casi cantándolos en la
noche, como una música indescifrable que yo nunca podría
recobrar.
Cuando todo terminó, Poe sólo hizo una rápida
inclinación, me dio la espalda y cruzó el puente hacia
su casa. Desde allá, sin volver la cabeza, me saludó
vagamente con la mano.
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