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David Toscana
2008
  Textos selectos  
 

De El ejército iluminado

Domingo 13 de julio de 1924: otra fecha que Matus no habría de olvidar. El reloj de la catedral marca las 7:59 de la mañana y el programa olímpico dice que dentro de un minuto se dará en París el disparo de salida para los corredores del maratón. Una columnista del periódico local declaró en la edición del viernes que esa carrera era la prueba más difícil a la que podría enfrentarse no solo un deportista, sino todo ser humano, pues a diferencia de otras que concluían en unos segundos o pocos minutos, esta tomaba más de dos horas, por lo que solo le iba a la zaga en duración a algunas pruebas ciclistas; los maratonistas, en cambio, no tenían sillines para descansar cuesta abajo ni comían plátanos para apaciguar el hambre. La extenuante prueba del maratón, concluía el columnista, no es una competencia de velocidad sino de resistencia. Por suerte, el gobierno mexicano ingresó dos años atrás al sistema de husos horarios, y así Matus tiene la certeza de actuar simultáneamente con los corredores olímpicos. Voltea a los lados y le decepciona que no hayan aparecido ni Román ni Santiago, ni, por supuesto, Ibáñez, que desde un inicio se negó a participar. El reloj indica las ocho horas y, junto con la primera campanada, Matus dispara una bala al aire y echa a andar el cronómetro. Quiere que todo sea como en ese París lejano, al que no conoce salvo por un libro de fotografías en el que vio la torre Eiffel y otros monumentos. En las imágenes tomadas desde las alturas apreció que se trata de una ciudad plana, amable con los corredores; por eso eligió evitar las colinas de Monterrey, sus cerros, y buscar un tramo tan plano como una de esas fotografías y para esto no hay mejor ruta que la vía del tren, en la que ya trabajaron ingenieros y obreros con el propósito de formar un recorrido sin ondulaciones. Y sin embargo Matus sabe que la igualdad es una quimera, pues en París los atletas habrán arrancado entre aplausos, mientras que en Monterrey la gente lo mira con burla. ¿A quién se le ocurre vestirse con pantalón corto de niño y soltar un disparo como a media borrachera? ¿Por qué corre? ¿Dé quién huye? Y habrá quien lo suponga un ladrón que pistola en mano amagó a un honesto hombre de empresa para robarle cuanto pudo, incluyendo esa bonita pieza hecha en Suiza.

El relojero le explicó que era uno de los aparatos más precisos que se habían construido, que ni siquiera el brincoteo de un caballo afectaba su cadencia, por eso era el preferido de los artilleros, los únicos dentro de un ejército para los que la precisión significa algo. Ese instrumento, cuando mucho, se desvía tres minutos al día. ¿Para arriba o para abajo?, preguntó Matus. El hombre se encogió de hombros. No puede saberse, dijo, pero como el clima de Monterrey es más caluroso que el de Suiza, suponemos que se atrasa. Matus lo pagó y le dio las gracias. No lo tranquilizaron las palabras del relojero; una desviación de tres minutos al día equivalía a un desajuste de casi veinte segundos en dos horas y media.

Avanza por la calle Zuazua hacia el norte; sabe que el primer kilómetro es difícil, las piernas aún no se desentumen y la mente reflexiona en el inmenso trecho que falta por recorrer. Desde la catedral hasta la estación del Golfo midió la distancia con una bicicleta, contando los giros de la rueda; a partir de la estación, los durmientes de las vías le dieron la medida exacta hasta completar los 42 kilómetros con 195 metros, poco más allá de villa de García. Desea salir cuanto antes de Monterrey y correr en el descampado, donde no haya tránsito de automóviles, caballos, gente ni carretas, donde no haya imbéciles haciendo burla de su paso fugaz. Sólo a la altura de la calle Tapia agradece el peso muerto de la pistola, pues un ebrio se le para enfrente con los brazos abiertos. Matus le apunta a la cabeza y el ebrio se hace a un lado antes de que sus caminos se encuentren. Se oyen risas y algunos silbidos; también los insultos del ebrio. Mientras vigila a cada peatón, Matus piensa con envidia en los corredores de París, con la vía libre y oficiales que les cuidan la zancada, con un número al pecho y el escudo de su nación. Al llegar a Isaac Garza percibe el trote de un caballo a sus espaldas. Se me hizo tarde, dice Román al alcanzarlo. Me tienes corriendo con pistola, Matus habla de manera entrecortada, eso le da ventaja a los demás, y con mala suerte hasta me detiene un policía. Román extiende el brazo y recibe el arma. No es mi culpa, fue tu capricho de arrancar con un disparo cuando hacía falta más que la manecilla de la catedral. Debe ser como en París, dice y jala aire antes de continuar; aunque aquí las muchachas en las banquetas no me lancen besos.

El periódico del sábado aseguraba que el favorito para ganar la prueba es un gringo llamado Clarence DeMar, y Matus no deja de imaginar frente a sí unas piernas blanquecinas, unos zapatos lustrosos que levantan el polvo que él debe sorber, un trasero orgulloso, una espalda muy derecha y un braceo de danzarín. Cuando esa espalda le gana distancia, Matus redobla su esfuerzo para alcanzarla. No importa que en ese momento las muchachas le lancen besos al gringo, que las putillas francesas se dejen seducir por un escudo con rayas y estrellas, más digno de un cabaret que de un país, no importa que el hombre corra sonriente y millonario, Matus piensa acecharlo toda la carrera, para al final rebasarlo con sus zancadas rápidas. Te espero en la meta, gruinguito, le dirá, y echará el remanente de sus fuerzas para desencantar a las parisinas, porque la corona de olivo y la medalla de oro serán para un apestoso mexicano sin un peso en el bolsillo, y a ver quién diablos viene a abrazarme, a besarme, a mojar su vestido dominical con mi sudor, a posar en la fotografía, a revolcarse en la cama con ese salvaje antillano o centroamericano o caribeño o dónde diablos queda México.

Llega a la estación del Golfo y a partir de ese punto toma la ruta de la vía del tren. Supone que los durmientes sumergidos en la tierra le dan al suelo una textura similar a la pista del estadio de Colombes, que los diarios describen como resistente y delicada, hecha con varias capas de escoria. Al pasar por Pino Suárez mira a su izquierda. Ahí está el arco de la Independencia; tal vez Clarence DeMar estará viendo al Arco del Triunfo. Supone que aún se mantiene dentro del pelotón, rodeado por un grupo de corredores a los que llaman los finlandeses voladores; a su izquierda marchan dos ingleses y atrás, muy cerca, escucha las pisadas del resto, incluyendo al equipo francés y a un par de latinoamericanos, uno de Chile y el otro de Ecuador. ¿Cómo puedo vencer a unos enemigos invisibles que tal vez ya me sacan cien cuerpos de ventaja? No sabe si lleva el paso correcto, y opta por apurarlo un poco. Se ríe en sus adentros por la ignorancia del periodista que llamó al maratón prueba de resistencia. Eso equivaldría a correr hasta que todos menos uno caiga desfallecido y en ese caso Matus no tendría dudas de su victoria. Anda, Clarence, corre lo que quieras con tus zapatillas lustrosas, que yo estaré aquí, detrás de ti, sin dejarte ni a sol ni a sombra, hasta que al fin te desplomes; y sin embargo el maratón, como los cien metros planos, es una prueba de velocidad, hay que obtener el mayor cociente de distancia entre tiempo. ¿Cuál es la velocidad idónea?, se pregunta Matus incapaz de responderse. Si me excedo, a media ruta estaré demolido; y si aflojo, no me quedará ni el aplauso de una parisina solterona.

Hace una seña con la mano para que Román se le empareje con el caballo. Toma, le dice, y le da el cronómetro, tú encárgate. Aunque el relojero le aseguró que no habría problema, viene sacudiendo mucho los brazos en cada paso; el sudor moja el baño de oro, la carátula, y más vale asegurarse de mantener la precisión. A su espalda siente el aliento de un puñado de corredores, agiliza el paso hasta darse cuenta de que se trata de Santiago en su caballo, lamentándose, diciendo que a quién se le ocurre hacer estas carreras un domingo por la mañana bajo el sol de la canícula.