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De El ejército
iluminado
Domingo 13 de julio de 1924: otra fecha que Matus no habría
de olvidar. El reloj de la catedral marca las 7:59 de la mañana
y el programa olímpico dice que dentro de un minuto se dará
en París el disparo de salida para los corredores del maratón.
Una columnista del periódico local declaró en la edición
del viernes que esa carrera era la prueba más difícil
a la que podría enfrentarse no solo un deportista, sino todo
ser humano, pues a diferencia de otras que concluían en unos
segundos o pocos minutos, esta tomaba más de dos horas, por
lo que solo le iba a la zaga en duración a algunas pruebas
ciclistas; los maratonistas, en cambio, no tenían sillines
para descansar cuesta abajo ni comían plátanos para
apaciguar el hambre. La extenuante prueba del maratón, concluía
el columnista, no es una competencia de velocidad sino de resistencia.
Por suerte, el gobierno mexicano ingresó dos años
atrás al sistema de husos horarios, y así Matus tiene
la certeza de actuar simultáneamente con los corredores olímpicos.
Voltea a los lados y le decepciona que no hayan aparecido ni Román
ni Santiago, ni, por supuesto, Ibáñez, que desde un
inicio se negó a participar. El reloj indica las ocho horas
y, junto con la primera campanada, Matus dispara una bala al aire
y echa a andar el cronómetro. Quiere que todo sea como en
ese París lejano, al que no conoce salvo por un libro de
fotografías en el que vio la torre Eiffel y otros monumentos.
En las imágenes tomadas desde las alturas apreció
que se trata de una ciudad plana, amable con los corredores; por
eso eligió evitar las colinas de Monterrey, sus cerros, y
buscar un tramo tan plano como una de esas fotografías y
para esto no hay mejor ruta que la vía del tren, en la que
ya trabajaron ingenieros y obreros con el propósito de formar
un recorrido sin ondulaciones. Y sin embargo Matus sabe que la igualdad
es una quimera, pues en París los atletas habrán arrancado
entre aplausos, mientras que en Monterrey la gente lo mira con burla.
¿A quién se le ocurre vestirse con pantalón
corto de niño y soltar un disparo como a media borrachera?
¿Por qué corre? ¿Dé quién huye?
Y habrá quien lo suponga un ladrón que pistola en
mano amagó a un honesto hombre de empresa para robarle cuanto
pudo, incluyendo esa bonita pieza hecha en Suiza.
El relojero le explicó que era uno de los aparatos más
precisos que se habían construido, que ni siquiera el brincoteo
de un caballo afectaba su cadencia, por eso era el preferido de
los artilleros, los únicos dentro de un ejército para
los que la precisión significa algo. Ese instrumento, cuando
mucho, se desvía tres minutos al día. ¿Para
arriba o para abajo?, preguntó Matus. El hombre se encogió
de hombros. No puede saberse, dijo, pero como el clima de Monterrey
es más caluroso que el de Suiza, suponemos que se atrasa.
Matus lo pagó y le dio las gracias. No lo tranquilizaron
las palabras del relojero; una desviación de tres minutos
al día equivalía a un desajuste de casi veinte segundos
en dos horas y media.
Avanza por la calle Zuazua hacia el norte; sabe que el primer kilómetro
es difícil, las piernas aún no se desentumen y la
mente reflexiona en el inmenso trecho que falta por recorrer. Desde
la catedral hasta la estación del Golfo midió la distancia
con una bicicleta, contando los giros de la rueda; a partir de la
estación, los durmientes de las vías le dieron la
medida exacta hasta completar los 42 kilómetros con 195 metros,
poco más allá de villa de García. Desea salir
cuanto antes de Monterrey y correr en el descampado, donde no haya
tránsito de automóviles, caballos, gente ni carretas,
donde no haya imbéciles haciendo burla de su paso fugaz.
Sólo a la altura de la calle Tapia agradece el peso muerto
de la pistola, pues un ebrio se le para enfrente con los brazos
abiertos. Matus le apunta a la cabeza y el ebrio se hace a un lado
antes de que sus caminos se encuentren. Se oyen risas y algunos
silbidos; también los insultos del ebrio. Mientras vigila
a cada peatón, Matus piensa con envidia en los corredores
de París, con la vía libre y oficiales que les cuidan
la zancada, con un número al pecho y el escudo de su nación.
Al llegar a Isaac Garza percibe el trote de un caballo a sus espaldas.
Se me hizo tarde, dice Román al alcanzarlo. Me tienes corriendo
con pistola, Matus habla de manera entrecortada, eso le da ventaja
a los demás, y con mala suerte hasta me detiene un policía.
Román extiende el brazo y recibe el arma. No es mi culpa,
fue tu capricho de arrancar con un disparo cuando hacía falta
más que la manecilla de la catedral. Debe ser como en París,
dice y jala aire antes de continuar; aunque aquí las muchachas
en las banquetas no me lancen besos.
El periódico del sábado aseguraba que el favorito
para ganar la prueba es un gringo llamado Clarence DeMar, y Matus
no deja de imaginar frente a sí unas piernas blanquecinas,
unos zapatos lustrosos que levantan el polvo que él debe
sorber, un trasero orgulloso, una espalda muy derecha y un braceo
de danzarín. Cuando esa espalda le gana distancia, Matus
redobla su esfuerzo para alcanzarla. No importa que en ese momento
las muchachas le lancen besos al gringo, que las putillas francesas
se dejen seducir por un escudo con rayas y estrellas, más
digno de un cabaret que de un país, no importa que el hombre
corra sonriente y millonario, Matus piensa acecharlo toda la carrera,
para al final rebasarlo con sus zancadas rápidas. Te espero
en la meta, gruinguito, le dirá, y echará el remanente
de sus fuerzas para desencantar a las parisinas, porque la corona
de olivo y la medalla de oro serán para un apestoso mexicano
sin un peso en el bolsillo, y a ver quién diablos viene a
abrazarme, a besarme, a mojar su vestido dominical con mi sudor,
a posar en la fotografía, a revolcarse en la cama con ese
salvaje antillano o centroamericano o caribeño o dónde
diablos queda México.
Llega a la estación del Golfo y a partir de ese punto toma
la ruta de la vía del tren. Supone que los durmientes sumergidos
en la tierra le dan al suelo una textura similar a la pista del
estadio de Colombes, que los diarios describen como resistente y
delicada, hecha con varias capas de escoria. Al pasar por Pino Suárez
mira a su izquierda. Ahí está el arco de la Independencia;
tal vez Clarence DeMar estará viendo al Arco del Triunfo.
Supone que aún se mantiene dentro del pelotón, rodeado
por un grupo de corredores a los que llaman los finlandeses voladores;
a su izquierda marchan dos ingleses y atrás, muy cerca, escucha
las pisadas del resto, incluyendo al equipo francés y a un
par de latinoamericanos, uno de Chile y el otro de Ecuador. ¿Cómo
puedo vencer a unos enemigos invisibles que tal vez ya me sacan
cien cuerpos de ventaja? No sabe si lleva el paso correcto, y opta
por apurarlo un poco. Se ríe en sus adentros por la ignorancia
del periodista que llamó al maratón prueba de resistencia.
Eso equivaldría a correr hasta que todos menos uno caiga
desfallecido y en ese caso Matus no tendría dudas de su victoria.
Anda, Clarence, corre lo que quieras con tus zapatillas lustrosas,
que yo estaré aquí, detrás de ti, sin dejarte
ni a sol ni a sombra, hasta que al fin te desplomes; y sin embargo
el maratón, como los cien metros planos, es una prueba de
velocidad, hay que obtener el mayor cociente de distancia entre
tiempo. ¿Cuál es la velocidad idónea?, se pregunta
Matus incapaz de responderse. Si me excedo, a media ruta estaré
demolido; y si aflojo, no me quedará ni el aplauso de una
parisina solterona.
Hace una seña con la mano para que Román se le empareje
con el caballo. Toma, le dice, y le da el cronómetro, tú
encárgate. Aunque el relojero le aseguró que no habría
problema, viene sacudiendo mucho los brazos en cada paso; el sudor
moja el baño de oro, la carátula, y más vale
asegurarse de mantener la precisión. A su espalda siente
el aliento de un puñado de corredores, agiliza el paso hasta
darse cuenta de que se trata de Santiago en su caballo, lamentándose,
diciendo que a quién se le ocurre hacer estas carreras un
domingo por la mañana bajo el sol de la canícula.
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