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¿Verdad
o belleza? (A los cuarenta años de El Mégano)
En 1959, en pleno fervor del triunfo revolucionario, fuimos a La
Cabaña, para mostrarle El Mégano al Che. Cuando terminó
de verlo, nos dijo, medio en broma, medio en serio: "Y Batista
se asustó tanto por esta película." Sonreímos
para disimular nuestra frustración. Habíamos ido con
tanta ilusión a enseñárselo. El Mégano
era nuestra más alta credencial de artistas revolucionarios.
Tenía razón el Che. Medio en serio, porque El Mégano,
visto a distancia, no era efectivamente más que una peliculita.
Medio en broma, porque él sabía que las cosas, fuera
de su tiempo, pierden gran parte de su carga corrosiva.
Cuatro años atrás, en 1955, habíamos decidido
iniciarnos en la práctica cinematográfica siguiendo
el ejemplo del Neorrealismo Italiano. Hacía un año
que Titón y yo habíamos regresado de estudiar cine
en el Centro Experimental de Cinematografía de Roma. Un año
antes, había estado Femando Birri y, un año después,
para "ser el director de cine que nunca fui', Gabriel García
Márquez.
Ya en La Habana, nos integramos a la Sociedad Cultural "Nuestro
Tiempo" y conocimos a Alfredo Guevara. Los tres, junito a Pepe
Massip y otros compañeros, nos dedicamos, desde la Sección
de Cine de la sociedad, a trabajos propios de cine-clubes, divulgando
sobre todo las películas y las teorías del Neorrealismo.
Cansados de teorizar, decidimos enfrentarnos a la realidad. Pensamos
que si el Neorrealismo era la mejor experiencia para favorecer el
nacimiento de un auténtico cine nacional, de lo que se trataba
entonces era de pasar al terreno de los hechos.
Dada la represión de la dictadura de Batista, lo primero
que hicimos fue separar el proyecto de la sociedad. Había
que proteger a "Nuestro Tiempo", dada la muy persistente
vigilancia a la cual era sometida. De ahí que, a pesar de
que todos los autores pertenecían a ella, ésta no
aparezca en los créditos del filme.
Comenzamos, como de costumbre, por hacer los guiones. Hicimos varios
y fue seleccionado el mío. No porque fuera mejor que los
otros, sino porque ofrecía distintas posibilidades de practicar
la realización cinematográfica: mezcla de ficción
y documental, continuidad en el espacio y el tiempo cinematográficos,
dirección de actores, etcétera.
En tanto que autor del guión, yo asumiría la responsabilidad
principal en la dirección del proyecto. Pero el trabajo tuvo
un carácter marcadamente colectivo. Incluso, se sumaron músicos,
como Juan Blanco y pintores, como Servando Cabrera Moreno. De esa
época Servando nos dejó algunos dibujos que dan testimonio
de los personajes y del ambiente de El Mégano.
La locación escogida fue la zona pantanosa que está
al sur de La Habana, cerca de Surgidero de Batabanó. El nombre
de un lugar de esas características es médano. Pero
los campesinos lo llaman mégano, y por eso es el nombre que
dio título al filme. La zona estaba cruzada por canales,
en cuyas aguas putrefactas, los campesinos se hundían en
busca de troncos de árboles antiquísimos, para hacer
hornos y sacar de éstos carbón. El filme no tendría
más pretensión que la de ofrecer un pedazo de la vida
de esos campesinos.
Prácticamente estuvimos todo el año 55 yendo y viniendo
todos los fines de semana a nuestra primera y nada bondadosa locación
cinematográfica. No es necesario relatar los trabajos que
pasamos. No son diferentes a los que han pasado y pasan todos los
que por primera vez hacen cine sin apoyo alguno. Si de algo no me
he olvidado es del repelente que debíamos untarnos para poder
atravesar las murallas de mosquitos que con puntualidad nos esperaban
todas las semanas, así como de los esfuerzos de Jorge Haydú
con la camarita Bolex de cuerda, atándola a un ladrillo para
que no se la llevara el viento.
Fueron días, semanas, meses, de grandes sudores y de grandes
alegrías. Descubríamos el cine mientras nos descubríamos
a nosotros y a nuestro país. Por eso resultó tan irritante
el hecho de que la policía de Batista lo secuestrara. Es
decir, secuestrara tantos esfuerzos y tantas esperanzas.
Finalizado el rodaje, apareció Barbachano. Manuel Barbachano
Ponce, insigne productor mexicano, el gran amigo, el hombre que
promovió el Nuevo Cine Mexicano y que también contribuyó
a los primeros pasos del Nuevo Cine Cubano.
Barbachano vino a ayudarnos con la sonorización del filme.
Porque una de las limitaciones inevitables era la de tener que hacer
una película silente, incluso sin letreros, puesto que no
disponíamos de recursos para sonorizarla. Ésta había
sido otra de las razones por la cual se había seleccionado
mi guión. Porque resolvía la posibilidad de contar
una historia de treinta minutos sin necesidad de utilizar diálogos,
ni ningún sonido. Era un reto y así lo asumimos. Pero
ahora contábamos con Manolo y se hacía realidad disponer
de algún diálogo, de algún efecto y, sobre
todo, de musicalizarla. Me acuerdo que la sonorización la
hicimos en los Estudios de la CMQ y la experiencia fue tan estimulante
como había sido la del rodaje.
Terminada la película sólo pudo verse en dos ocasiones:
una, en el Anfiteatro "Varona" de la Universidad de La
Habana y, otra, en el Retiro Odontológico. Pero, como suele
decirse, la alegría duró poco. El buen público
que habíamos tenido y la crítica que nos había
favorecido, fueron aplazados para mejores tiempos. El filme fue
secuestrado y yo fui preso por el Servicio de Inteligencia Militar
(SIM). 0, mejor dicho, yo fui preso y obligado, con posterioridad,
a llevar la película.
El interrogatorio me lo hizo el tristemente célebre teniente
Castaño. Fue muy amable en esa oportunidad y me dio veinte
y cuatro horas para que le presentara el filme. Tratamos de aprovechar
esas veinte y cuatro horas haciendo gestiones para que la película
fuera depositada en lo que entonces era algo así como la
Asociación de Críticos Teatrales y Cinematográficos.
Titón y yo fuimos a ver a uno de los criticos de cine más
destacados de la época. Se dio un equívoco simpático
pero muy lamentable, más bien grotesco. El hombre, nervioso,
confundió la palabra SIM con la palabra CINE. Mas cuando
se dio cuenta que se trataba del SIM se negó de modo rotundo
a ayudarnos. Todavía nos ocurrió algo similar con
otro importante crítico de cuyo nombre tampoco vale la pena
acordarse. Hasta que fuimos donde Mirta Aguirre que nos escuchó
paciente y serenamente. Estuvo de acuerdo con nuestra idea de la
Asociación de Críticos y nos recomendó que
habláramos con Francisco Ichazo, notorio intelectual que
estaba a bien con el régimen de Batista. Éste nos
recibió ese mismo día, nos prometió que haría
las gestiones propias del caso y nos pidió que volviéramos
al día siguiente. Esa noche, por precaución, dormimos
en un hotelito que había en la calle G, cerca del Hotel Presidente.
A la mañana siguiente, el doctor Ichazo nos recibió
contento. Todo estaba arreglado. Había hablado con el Ministro
de Gobernación, y éste le había prometido que
no habría problemas. Serían dadas las órdenes
para que la película pudiera ser dejada en manos de la Asociación
de Críticos. Ichazo, incluso, me confió que la situación
no había sido creada por el gobierno sino que había
venido directamente de la Embajada Americana. Y me agregó
el insólito comentario de que él había estado
en Nueva York y que allí había libertad para ver todo
tipo de cine. No se explicaba esa actitud con nosotros. Pasé
por alto cualquier discusión al respecto y me dispuse, confiado,
a volver al SIM.
Cuando fuimos de nuevo donde el teniente Castaño, nos quedamos
sorprendidos de que éste nos reclamara la película
y de que no nos diera la más mínima señal de
haber recibido algún tipo de instrucción. Aquel amáble
teniente, al creer que nos estábamos burlando de él,
se bestializó. Era como si míster Jeky11 se hubiera
convertido en mister Hyde. Nos amenazó, nos insultó,
nos dijo toda clase de improperios. Sin embargo nos volvió
a soltar. Nos daba una última oportunidad. Al día
siguiente, raudo y veloz, sin posibilidades de otras alternativas,
le entregamos el filme. Algún intento de protesta pública
se hizo. Pero era "Nuestro Tiempo" quien podía
encabezarla y estábamos de acuerdo con que no se tocara a
la Sociedad. Después de todo era la única puerta legal
que le quedaba a la cultura cubana. Convencidos de que era imposible
hacer cine en aquellas circunstancias, nos dedicamos entonces, de
lleno, a la lucha clandestina. El Mégano quedaría
en las bóvedas del SIM hasta el triunfo de la Revolución
en que lograríamos rescatarlo.
Todavía tuvimos otra experiencia que, hoy, recuerdo entre
sonrisas pero que entonces me resultó indignante y amarga.
El último día que estuvimos en aquel maldito lugar,
nos tropezamos con el coronel Blanco Rico, el siniestro y odiado
Jefe del SIM. Nos dijo:
mm¿Usted es el autor de esa película?
mmSí, señor. contesté.
mm ¿Usted sabe que esa película es una mierda?
Y yo, con toda la pasión y arrogancia propias de mi juventud,
le respondí:
mm ¿Y usted sabe lo que es el Neorrealismo Italiano? Y le
conté lo que era esa tendencia dentro del cine mundial y
lo que representaba para el surgimiento de un cine nacional, para
un cine a bajo costo, etc. Cuando terminé, me espetó
con indisimulado desprecio:
mmUsted no sólo hace películas que son una mierda,
sino que, además, habla mucha mierda.
Yo, empecinado como era, pensé: "Este hombre jamás
entenderá lo que es el Neorrealismo Italiano." A Dios
gracias, jamás lo volví a ver.
¿Por qué tanto temor entonces con una película
que, sólo cinco años después, nos parecía
candorosa, temor, por lo tanto, exagerado e injustificado? Parece
que el tiempo hace relativa la fuerza de la verdad. Por otra parte,
los temas del pasado suelen ser más tolerados que los del
presente. Además, esos cinco años no eran cinco años
cualquiera. Mediaba el triunfo de una Revolución. Hechos
más importantes que El Mégano habían tenido
lugar. El modesto mérito del filme era que, en el terreno
del cine, en Cuba no se había producido nada semejante. ¿Cuál
podía ser el temor que despertaba? ¿El temor al ejemplo?
Tal vez. Aquella peliculita pobre, maltrecha, primitiva, sin ningún
encanto formal, perturbaba porque planteaba su derecho a decir la
verdad. Una verdad que se situaba del lado de los desposeídos.
Una verdad que no quería solicitar compasión sino
solidaridad. Y esa pequeña verdad, sigue siendo, a pesar
de haberla blanqueado el paso del tiempo, el único encanto
del filme y su posible vigencia.
Se cumplen cuarenta años de El Mégano, pero también
se cumplen cincuenta años de que Rosellini hiciera Roma,
ciudad abierta, es decir, estamos hoy ante el Cincuenta Aniversario
del Neorrealismo Italiano. Uno de los movimientos cinematográficos
más fecundos que ha dado el mundo. El Mégano surgió
bajo su influencia directa, así como, Tire Dié, Río,
40 Grados, Raíces, y tantos otros. El Nuevo Cine Latinoamericano
es deudor de esta corriente magnífica y enriquecedora. Porque
el Neorrealismo no fue una escuela a imitar, sino un ejemplo a seguir.
Las pasiones del neorrealismo eran las mismas que veníamos
sintiendo nosotros. Hacer del hombre popular un personaje popular.
Conciliar el espectáculo con la realidad. El arte con la
vida. Convertir la pequeña historia cotidiana en gran historia.
El espíritu de cambio en un verdadero placer. Hacer, en fin,
de la verdad la fuente principal de la belleza.
Sin embargo, los caminos del Arte, como los del Señor, son
inescrutables. En los años 60 negamos el Neorrealismo. Era
como si negáramos El Mégano. El guión de El
Joven Rebelde, de Zavattini, nada menos que del padre del Neorrealismo,
no me interesó. Realicé el filme porque no había
otra opción en ese momento. Por eso siempre he dicho que
yo empecé a hacer el cine que quería, con Las Aventuras
de Juan Quinquín. Y lo increíble es que tardaría
más de treinta años para retomar, con Reina y Rey,
la herencia del Neorrealismo. ¿Qué había pasado?
No sé. Alguien menos subjetivo que yo podrá analizar
con mayor lucidez esa etapa. Pero ya desde mediados de los años
50, el propio Neorrealismo Italiano estaba en crisis. Los grandes
sueños de un mundo nuevo eran afectados por el inicio de
la guerra fría. Sin embargo, en los años 60, nosotros,
y con nosotros el Tercer Mundo, estábamos viviendo la posibilidad
real de cambiar la vida. De cambiarla con posibilidades, y en circunstancias
distintas, a las de la postguerra italiana. Si en Europa la utopía
empezaba a ser rebasada por la realidad, en nosotros, la realidad
empezaba a ser rebasada por la utopía. Nuevos contenidos
demandaban nuevas formas. Y, aunque parezca paradójico, alejarnos
del Neorrealismo hizo posible las grandes obras que realizó
el Cine Cubano en la segunda mitad de los años 60.
Hoy la guerra fría terminó. Existe ahora una especie
de paz fría. El mundo, de nuevo, no está para espectáculos.
Salvo para aquéllos que quieren celebrar una fiesta que la
propia realidad les niega. El Neorrealismo parece tocar otra vez
a nuestras puertas. El Mégano puede conmemorar su cuarenta
aniversario en paz pero no con tranquilidad. Nuestro país
tampoco está para espectáculos. Lo menos que necesita
ahora son espectadores, en el sentido más pasivo de esta
palabra. Zavattini, ese hijo directo de Rabelais, nos saluda otra
vez. Ese hombre, que hace apenas seis años murió,
ese gran artista capaz de fabular hasta con la nada, ese maestro
que nos dejara algunas de las obras más imperecederas de
la historia del cine, no descansa en paz en estos momentos. ¿Cuál
fue su principal grito, su mirada de alarma, su mano solidaria?
Que desconfiáramos, que no todo lo que brillaba era oro,
que desconfiáramos de las fachadas de los edificios, de esas
fachadas que mientras más bellas, más esconden el
laberinto de sus interiores.
En un mundo donde cada vez se divorcian más la belleza y
la verdad, donde la división entre belleza y verdad se ha
vuelto aberrante, donde la belleza se logra al precio de ignorar
la verdad, donde la belleza quiere deslumbrarnos por sobre todas
las cosas, es necesario volver a hacer de esa dicotomía una
realidad indisoluble, una unidad indivisible, es urgente, indispensable,
llevado a sus extremos, hacer de la verdad la más legítima
fuente de toda belleza.
El Mégano me provocaba estas reflexiones y no tenía
mejor manera de conmemorarlo que devolviéndoselas.
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