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La pluma y el dólar. La guerra cultural y la fabricación industrial del consenso*

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Néstor Kohan

A la memoria de Rodolfo Walsh  

Creo que una de las principales fallas en la extensa

literatura sobre economía, ciencia política e historia

del imperialismo radica en que se presta muy poca

atención al papel de la cultura para mantener un imperio

Edward Said

 

La compañía revisitada

Hasta poco tiempo, antes de las últimas manifestaciones populares contra el FMI, el Banco Mundial y la mundialización capitalista (Seattle, Davos, Praga, Génova, Porto Alegre, Buenos Aires...), el problema y la temática del imperialismo habían desaparecido en la Argentina, y en otros países latinoamericanos, de la agenda cotidiana y del lenguaje políticamente correcto. Si alguien osaba tan sólo mencionar la penetración cultural norteamericana, quedaba expuesto automáticamente a la risa y a la sorna. Ese problema, se decía, pertenece a las viejas películas de espías que supiera hacer Hollywood.

Sin embargo, la situación mundial cambió notablemente en los últimos tres años. Ahora está más claro que los conflictos y los intentos de dominación no han desaparecido y que la guerra ideológica –fría, tibia o caliente, abierta o encubierta– continúa. Aunque se han puesto de moda ciertos textos filosóficos de estirpe postestructuralista que tienden apresuradamente a dar por finalizada la etapa del imperialismo –estamos pensando en el último libro de Toni Negri y Michael Hardt–, éste sigue, porfiadamente, existiendo. La «paz» no es entonces nada más que una fase del dominio estable, el momento máximo de la realización de la hegemonía.

Al menos así lo demuestra la reciente y oportuna aparición en español del voluminoso libro de Frances Stonor Saunders La CIA y la guerra fría cultural (edición en inglés, 1999; en español, 2001) que ha vuelto a poner en el tapete un debate curiosamente «olvidado» y sospechosamente encarpetado en los archivos de un pasado remoto y lejano.

Como una bomba atómica, este libro resulta devastador, demoledor y aplastante. Reduce a polvo la mitología de la libertad de expresión, de la interdependencia igualitaria de las naciones y la retórica de la sociedad abierta, detrás de las cuales encuentra la estafa moral y el engaño, la manipulación y el control informativos, la neutralización de toda disidencia y la compra sistemática de intelectuales, de sus plumas, sus voces y sus conciencias. Su pormenorizada investigación dibuja la gran épica del dólar y la inmensa telaraña que su poder tejió –a través de la CIA– sobre las conciencias europeas y las propias plumas estadunidenses desde 1945 en adelante.

Ya en los años 30 Antonio Gramsci había profetizado que las nuevas guerras se ganarían en el campo intelectual, en la cultura y las ideas. Corroborando aquella profecía iluminadora, la impresionante indagación de Saunders constituye un libro fundamental para comprender y estudiar el papel de la CIA en la fabricación industrial del consenso basado en la propaganda encubierta, en la guerra sicológica y en la organización de frentes culturales. Todas sus revelaciones se apoyan en entrevistas exclusivas a viejos agentes de la CIA, así como también en la correspondencia de muchos de los protagonistas y en documentos gubernamentales secretos recientemente desclasificados.

El texto, apasionante, aporta una cantidad enorme de datos (incluyendo nombres de agentes infiltrados y fotografías) sobre los abultados millones de dólares que la CIA invirtió en sobornos, pensiones políticas, becas y subsidios a congresos, editoriales y revistas «independientes», destinados a cooptar, neutralizar o inducir quiebres en los intelectuales críticos de la Europa del Este, de la Europa Occidental y de los propios Estados Unidos. La finalidad de este gigantesco arsenal político y financiero la definió C.D. Jackson (consejero en guerra sicológica de Eisenhower y la CIA): «nos proponemos ganar la tercera guerra mundial sin combatir». Lo lograron.

Como un sabueso, la autora incursiona en lo que Arthur Koestler denominaba «el circuito internacional de putas por teléfono». Así calificaba a los intelectuales nucleados en torno al Congreso por la Libertad de la Cultura, institución formada, dirigida y financiada por la CIA. Allí aparecen nombres célebres que «recién se enteraron» de la presencia de la CIA cuando The New York Times denunció públicamente ese hecho en 1966.1 Entre muchos otros y otras, Saunders recorre los pasos sinuosos de Isaiah Berlin, Freddie Ayer, André Malraux, Nicolás Nabokov (primo del autor de Lolita), André Gide, Jacques Maritain, T.S. Eliot, Benedetto Croce, Arthur Koestler, Raymond Aron, Salvador de Madariaga y Karl Jaspers. Al adherir en sus manifiestos anticomunistas de manera «desprevenida» o conciente a las direcciones ideológicas de los agentes de la CIA Michael Josselson, Tom Braden, John Hunt o Melvin Lasky, estos intelectuales se ganaban automáticamente un pasaporte oficial de la cultura.

El trabajo de Saunders confirma mucho de lo que siempre se sospechó. Detrás del glamour de los conciertos a toda orquesta, del aristocratismo de las galerías de arte más exclusivas y de la farándula agrupada en torno al Congreso por la Libertad de la Cultura y sus múltiples revistas literarias de alta cultura, se podía oler el seco perfume del billete verde norteamericano. Un verdadero coro monocromático de voces que, aparentemente, eran pluralistas, pero en realidad entonaban los acordes de una única y cerrada melodía dictada por agentes encubiertos. Los datos aportados por los propios protagonistas son contundentes, no dejan lugar a dudas. La CIA tenía poder de veto directo sobre casi todas las revistas y entidades culturales que financiaba.

Leída en perspectiva histórica, la investigación de Saunders resulta sumamente atractiva no sólo por los nudos que va destejiendo al poner en evidencia los fines casi siempre solapados por los que luchaban realmente los intelectuales anticomunistas de los años 50 y 60, «guiados», «aconsejados» y financiados por la CIA, sino también porque pone en primer plano, negro sobre blanco, los enemigos contra los que batallaban. De todos ellos sobresale la figura hoy mítica de Jean Paul Sartre, cuya prédica a favor del compromiso fue tan vilipendiada desde los años 70 en adelante no sólo por sus adversarios académicos de factura estructuralista (que le cuestionaban filosóficamente su desmedida confianza en la conciencia dadora de sentido y en el sujeto moderno) sino también por los (auto)denominados «nuevos filósofos», quienes le reprochaban tanto su compromiso político con las causas tercermundistas como su adscripción al «horizonte insuperable de su época», el marxismo. El neutralismo de Sartre y su negativa a enrolarse en la cruzada anticomunista –a pesar de la distancia que lo separaba de la cultura oficial del mundo estalinista de la URSS– era indigerible para los miembros del Congreso por la Libertad de la Cultura, quienes intentaban contraponerle un tipo de cultura universalista, desterritorializada, en gran medida «apolítica», encarnada por una figura de intelectual siempre atento al profesionalismo y reacio a adoptar puntos de vista totalizantes ante la vida política.

Los agentes encubiertos de la CIA armaban y desarmaban permanentemente estrategias para neutralizar Les Temps Modernes como si se tratara de la comandancia de un ejército enemigo. No resulta casual que, con sus críticas al neoliberalismo, tanto el último Pierre Bourdieu –recientemente fallecido– como Noam Chomsky hayan reactualizado en el mundo intelectual de fines de los años 90 y en el de comienzos del nuevo siglo gran parte de los mismos ademanes sartreanos que habían hecho perder el sueño a sus enemigos de los 50 y los 60 (a pesar de las muchas críticas que el joven Bourdieu había dirigido contra la figura literaria y «totalizante» de Sartre en nombre de la contrafigura encarnada por el sociólogo profesional y especialista, poseedor de un capital simbólico específico a su disciplina).

Pero no todo era ideología anticomunista y moralina discursiva a favor de la «sociedad abierta» en el caso de los intelectuales mimados por la CIA. También entraban en juego prebendas personales y las caricias que el poder siempre brinda a sus intelectuales orgánicos. Los defensores del «mundo libre» también obtenían viajes en cruceros, estadías en hoteles cinco estrellas en las capitales de Europa y en Nueva York y «descansos» en las mansiones más exclusivas del jet set internacional, donde los atendía una legión de sirvientes. Corrosiva hasta el límite, Saunders apunta que ninguno de ellos se preguntaba quién pagaba todo ese lujo ni de dónde salía tanto dinero. Su idealismo moral tenía patas cortas, muy cortas.

Y si alguien preguntaba, había una respuesta preparada... de las fundaciones «filantrópicas y humanitarias»: Ford, Farfield, Kaplan, Rockefeller o Carnegie, auténticas «tapaderas» de la CIA. Aunque nunca apareciera en primer plano la larga y adinerada mano de la compañía, ésta siempre estaba detrás de ellas. El crítico uruguayo Ángel Rama las denominó, con justicia, «fachadas culturales».

«La CIA, virtual Ministerio de Cultura de los Estados Unidos, decía promover la libertad de expresión. Para ello reclutaron nazis, manipularon elecciones democráticas, proporcionaron LSD a personas inocentes, abrieron el correo a miles de ciudadanos [norte]americanos, derrocaron gobiernos, apoyaron dictaduras, tramaron asesinatos y compraron conciencias. ¿En nombre de qué? No de la virtud cívica, sino del imperio.» Así finaliza sus más de seiscientas páginas Saunders. Un trabajo encomiable.

Escritores y sociólogos latinoamericanos en la mira de la agencia n>

Quizás por eurocentrismo, quizás por no manejar el idioma español en la imprescindible consulta de fuentes primarias, Saunders no incursiona en la compleja relación de la CIA y sus correas de transmisión con nuestra América. Un lector latinoamericano notará por ello en el libro la ausencia de algún capítulo especial dedicado al subcontinente. No es tan grave la ausencia ni alcanza para empañar esta excelente investigación. Debemos reconocer que todavía no existe un estudio sistemático y definitivo que aborde esa relación en todas sus vetas y aristas. Estamos en el comienzo. Sin embargo, si se pretende reconstruir de manera rigurosa y completa el mundo de la Compañía y su intervención en el campo intelectual, resulta imposible soslayar la importancia central que la Agencia otorgaba y otorga a su «patio trasero».

Escasos años antes de que apareciera en inglés el libro de Saunders, María Eugenia Mudrovcic se había abocado a la tarea de descomponer la intervención de la CIA en el mundo de la literatura y la crítica literaria de los años 60. Para ello, Mudrovcic tomó como eje a Mundo Nuevo, la publicación dirigida por el uruguayo Emir Rodríguez Monegal.2 Redactado en un tono más académico que el de Saunders, resulta uno de los estudios más sugerentes al respecto. Allí analiza cómo la CIA y la Fundación Ford impulsaron y financiaron las revistas Cuadernos (en un primer momento) y Mundo Nuevo (en una segunda época).

Esta última tiene a su vez dos etapas. Una primera, cuando la revista se hacía en París y era dirigida por Rodríguez Monegal; la segunda –iniciada en 1968–, cuando la revista pasa a editarse en Argentina bajo la coordinación de Horacio Daniel Rodríguez.

En el trabajo de Mudrovcic volvemos a encontrar la descripción de la contraposición entre dos tipos de cultura y entre dos figuras del intelectual no meramente diferentes sino enfrentados en forma antagónica. De nuevo emerge la figura de Sartre como arquetipo de todo lo repudiable por los intelectuales protegidos bajo el paraguas de la Compañía. Pero esta vez la figura del intelectual comprometido se conjuga y entrecruza con la figura del intelectual orgánico: es decir, la de aquel intelectual que no sólo se constituye como «conciencia crítica» externa frente al statu quo de la cultura oficial, sino que, además, se afirma como militante con una pertenencia directa a los movimientos sociales emancipadores.

Si Sartre era el modelo europeo de la izquierda por excelencia que la CIA pretendía obsesivamente neutralizar y contrarrestar, en la América Latina el paradigma se prolongaba hacia figuras cuyo radio de accionar no quedaba de ningún modo reducido a la república de las letras o a la polis filosófica (así sea bajo un ademán comprometido). Es muy probable que el argentino Rodolfo Walsh o el salvadoreño Roque Dalton hayan sido dos de los numerosos intelectuales latinoamericanos cuya praxis cultural y política al mismo tiempo resumía la máxima apuesta de entonces.3 Una de las principales revistas que con mayor eficacia y sistematicidad promovieron en el continente esta original conjunción fue sin duda Casa de las Américas. No resulta por ello aleatorio que Mudrovcic construya un esquema referencial especularmente invertido entre Mundo Nuevo y Casa de las Américas como dos arquetipos diametralmente opuestos y centralmente ubicados en la disputa ideológica de los años 60: moderado, liberal, ecléctico y –aparentemente– despolitizado, en el primer caso; crítico, denuncialista y abiertamente impugnador, en el segundo. Mientras la revista dirigida por el crítico uruguayo promovía el apoliticismo del escritor profesional entendido como «experto», la publicación cubana impulsaba en cambio la politización del intelectual entendido como militante. Si Mundo Nuevo y Casa de las Américas constituyeron entonces los dos arquetipos epocales, el cruce polémico entre sus respectivos directores condensó gran parte de la disputa ideológica de la década. Ampliamente difundida por el continente, la correspondencia entre Emir Rodríguez Monegal y Roberto Fernández Retamar (aun antes de que apareciera Mundo Nuevo) fue difundida en la Argentina por La Rosa Blindada.4

De la lectura de aquella correspondencia puede surgir la impresión de que Rodríguez Monegal era un intelectual «ingenuo» y no se daba cuenta de que detrás de su revista estaba nada menos que la CIA, primero, y la Fundación Ford, después. Ésa era la imagen que por entonces se tenía de él. Incluso, Fernández Retamar, en la carta que le enviara al uruguayo fechada en La Habana el 6 de diciembre de 1965, le dice a éste: «me temo, Emir, que has sido sorprendido en tu buena fe, de la que no tengo por qué dudar».

Sin embargo, Mudrovcic cita un artículo de 1968 donde Rodríguez Monegal, ya fuera de la dirección de Mundo Nuevo y después de haber recibido durísimas críticas de Ferrnández Retamar desde Cuba, y de su coterráneo Ángel Rama desde Uruguay, reprocha en la misma revista el rumbo que adopta la publicación (que pasa de un anticomunismo disfrazado y encubierto a un anticomunismo abierto y frontal). Allí Monegal afirma amargamente: «el nuevo Mundo Nuevo es una pifia que no leerán ni los lectores de pruebas. Qué triunfo para los Ramas, Fernández Retamar, Lisandro Oteros, Díaz Lastra y Julio (Gardel) Cortázar: que le saquen una revista incómoda de las manos sus propios enemigos y que le pongan ese supositorio tranquilizante a la conciencia siempre alerta y revolucionaria de la alerta y revolucionaria izquierda intelectual de América Latina». Como podrá apreciar el lector, Rodríguez Monegal tenía de todo menos inocencia. Se daba perfectamente cuenta de que su tarea de punta de lanza de la iniciativa cultural de los aparatos de inteligencia y financieros norteamericanos podía ser cumplida de manera mucho más eficaz y mejor por una publicación «independiente» y aparentemente «des-politizada» que por otra embanderada abiertamente con las estrellas y las barras.

¿Qué le había criticado Fernández Retamar a Rodríguez Monegal en aquella célebre correspondencia de los 60? Un punto fundamental que, según nuestro punto de vista, continúa hoy en día, más de tres décadas después, completamente vigente, y sobre el cual jamás deberíamos dejar de interrogarnos las nuevas generaciones de intelectuales latinoamericanos. Fernández Retamar se preguntaba entonces y le preguntaba al flamante director de Mundo Nuevo: «¿O debemos creer que el imperialismo norteamericano, al margen de ciertas hazañas en el Congo, en Vietnam o en Santo Domingo, se ha entregado de repente al patrocinio desinteresado de las puras tareas del espíritu en el mundo, sobre todo en nuestro mundo, y te envían a París para darle a la América Latina la revista que su literatura requiere?» Remplace el lector contemporáneo las viejas «hazañas» del Congo, Vietnam y Santo Domingo por las más nuevas de Irak, Kosovo, Afganistán o Colombia, y la pregunta no pierde ni una pizca de actualidad.

La iniciativa de Fernández Retamar no cayó en saco roto. Finalmente logró, por ejemplo, que un escritor de la talla de Julio Cortázar no cayera en la trampa de las «buenas intenciones» de Monegal y se negara sistemáticamente a publicar en Mundo Nuevo, a pesar de que al comienzo había mantenido una actitud ambivalente. En una carta fechada en París el 23 de enero de 1966, donde aborda por primera vez la cuestión, Cortázar le dice a Fernández Retamar:  

He seguido atento al problema de Emir Rodríguez Monegal . Comí con él y me entregó copia de la respuesta a tu carta. Conoces, pues, su punto de vista; ayer, por casualidad, me lo encontré en un restaurante (estaba precisamente con Mario Vargas [Llosa, amigo de la Revolución Cubana en aquel tiempo. Nota de N.K.] a quien debía estarle explicando el problema, pues Emir quiere que todos sus amigos estén bien enterados de la cosa, lo mismo que tú). Me repitió que quiere ir a Cuba a hablar contigo y con la gente de la Casa; ojalá lo haga, porque sería la única manera de que todo el mundo vea más claro en este asunto que parece viciado desde su nacimiento. Emir ha tenido la inteligencia de no pedirme colaboración, limitándose a darme sus puntos de vista. Yo espero ahora que vaya a Cuba, y el futuro dirá qué puede salir de este asunto que, después de todo, no tiene tanta importancia.5

  En otra carta al director de Casa de las Américas, fechada en Saignon el 21 de julio de 1966, Cortázar confiesa su intención de publicar en Mundo Nuevo un ensayo sobre Paradiso, de Lezama Lima, pero subordina esa decisión a la opinión de Fernández Retamar. Así le pregunta:

  ¿Qué ha pasado finalmente con Mundo Nuevo? Mis amigos de París me dicen que los tres primeros números son inobjetables desde el punto de vista que te imaginas. Sólo conozco el primero, y no sé si tú lo has visto y te han llegado los otros. Porque como Monegal insiste en pedirme colaboración, se me ha ocurrido ahora que si la revista se mantiene en un plano digno, la publicación en ella de esas páginas sobre Lezama sería bastante sensacional en muchos aspectos. Primero, porque «lanzaría» el nombre y la obra de un gran cubano entre millares de lectores que lo desconocen por completo; segundo, porque en mi texto se dicen cosas muy duras sobre el bloqueo a Cuba, las barreras del miedo y la hipocresía, con el tono y la intención que te imaginas. No contestaré a Monegal hasta no tener tu opinión. Por eso te pido una respuesta inmediata, me bastarán dos líneas.

 Finalmente, las dudas de Cortázar se disipan. Para la política cultural antimperialista éste fue un logro de alcance mundial, dada la centralidad de Cortázar en el mundo literario de aquellos momentos. Así, le escribe en febrero de 1967 a Fernández Retamar:  

Por el momento no tengo nada de importante que decirte, salvo que en París se habla en todas partes de las últimas revelaciones referentes a los fondos de la CIA [Cortázar se refiere aquí a las revelaciones de The New York Times sobre el papel de la CIA en el Congreso por la Libertad de la Cultura], que sin duda conoces, y que no hacen más que confirmar lo que todos sabíamos ya básicamente en los días de nuestro encuentro. Tengo que ver a Monegal en estos días para dejar bien aclarado mi punto de vista sobre Mundo Nuevo, y me sospecho que después de estas nuevas revelaciones, Monegal ya no tendrá muchos argumentos que oponer a lo que le voy a decir.6  

Pero Fernández Retamar no estuvo solo en el cuestio-namiento de Mundo Nuevo. Compartió la tarea polémica con otro crítico latinoamericano, el uruguayo Ángel Rama, director de la sección literaria de la mítica revista uruguaya Marcha entre 1959 y 1968 (Rodríguez Monegal había dirigido esa sección entre 1945 y 1957).7 Así, en una carta sin fecha –ingresada en la Casa de las Américas el 10 de febrero de 1966–, le informa Rama a Fernández Retamar:  

Otra noticia que ya sabrás: Cuadernos fue sustituida por Nuevo Repertorio [al cabo, según es conocido, se llamó Mundo Nuevo. Nota de R.F.R.] que dirigirá en París Rodríguez Monegal y que intentará el confusionismo por un tiempo [...] dirigiéndose sobre todo a la izquierda no comunista [...] el intento, en definitiva, está condenado al fracaso, luego de un período de confusionismo. No es esto lo que me preocupa, sino la magnitud de datos e informaciones que comprueban la violencia y el dinero con que los Estados Unidos han decidido entrar en la vida cultural latinoamericana.  

Comentando ésta y otras cartas de Rama, Fernández Retamar reconoce que fue «Ángel [Rama] quien, como se ve, encabezó el combate contra Mundo Nuevo y a quien acompañé en la justa causa [...]».8

Aunque lamentablemente no aborda de lleno la cuestión latinoamericana, Saunders reconoce que nuestra América fue uno de los territorios más reacios y más difíciles de cooptar para la acción político cultural solapada de la CIA, ya que aquí la compañía encontró una resistencia intelectual muy fuerte a sus diversos intentos de penetración. La tarea de Roberto Fernández Retamar en Casa de las Américas y la de Ángel Rama en Marcha –acompañados de revistas como La Rosa Blindada (dirigida por José Luis Mangieri) en Argentina y Siempre! en México– en la denuncia de lo que significaba realmente Mundo Nuevo como empresa político intelectual en el campo de la crítica literaria resultó precursora.

Otro tanto ocurrió en el ámbito de las ciencias sociales. Porque si de algo no puede acusarse a la CIA y a sus «tapaderas» y fachadas, como la Fundación Ford, es de haberse limitado a una sola forma de penetración o a un escenario restringido de combate ideológico. Por el contrario, la inteligencia norteamericana se abocó de lleno a todos los terrenos, excediendo el restringido ámbito de las letras. En el caso de la investigación social, se dedicó a impulsar y financiar diversos proyectos para la América Latina paralelos a la iniciativa de Mundo Nuevo. Uno de los primeros y más controvertidos fue el proyecto Camelot (1964). La denuncia de su carácter imperial no se desarrolló en Uruguay ni en Cuba sino en Chile, y estuvo a cargo del sociólogo noruego Johan Galtung.

Como ha señalado recientemente el historiador uruguayo Ezequiel Rodríguez Labriego en oportunidad de su reconstrucción de la historia de la Fundación Ford,9 el proyecto Camelot, al igual que muchos otros de su estilo, aunque estaba patrocinado de modo indirecto por la Armada norteamericana y el Departamento de Defensa (y otras agencias estatales similares), aparecía bajo el ropaje de una cobertura científica irreprochable. Del mismo modo que sucedía con los conciertos o revistas del Congreso por la Libertad de la Cultura, la cobertura «independiente» era lo primordial para la inteligencia norteamericana. La cara pública del proyecto en este caso le correspondió a la Universidad Americana. Desarrollado por ciento cuarenta investigadores de tiempo completo durante tres años y medio, perseguía investigar sociológicamente las raíces del conflicto social latinoamericano y sus potenciales medios de neutralización. A partir de la denuncia de Johan Galtung, se puso en evidencia que la «ayuda desinteresada» de los organismos estatales norteamericanos hacia este tipo de proyecto y su «colaboración financiera en aras de la ciencia» perseguían en realidad un interés político estratégico muy preciso y determinado: contribuir a la defensa imperial de la contrainsurgencia y a la contrarrevolución preventiva. La citada pregunta que le formulara Fernández Retamar a  Rodríguez Monegal resulta plenamente pertinente también para este caso, si se remplaza la referencia a «las puras tareas del espíritu» (supuestamente promovidas por el imperialismo) por las «puras tareas de la ciencia».

El proyecto Agile, en su turno, estuvo dirigido a desarrollar un programa de contrainsurrección en Tailandia y fue extendido, más tarde, a una serie de países del tercer mundo. El presidente Kennedy le había dado la aprobación al proyecto Agile, que, al igual que el Camelot, no estaba patrocinado por la CIA sino por una institución colateral del Departamento de Defensa (el ARPA: nombre en español, Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada). Denunciado en 1967 por los estudiantes de la Universidad de Cornell y también por los de la Universidad de Michigan (en la América Latina esa tarea de denuncia fue realizada no por uruguayos ni por cubanos sino por el periodista socialista argentino Gregorio Selser), Agile estudiaba «científicamente», por medio de la Universidad de Pennsylvania, la posibilidad de utilizar armas químicas y biológicas en guerras contrainsurgentes en general y en la de Vietnam en particular. Mediante la «colaboración científica desinteresada», el proyecto Agile desarrolló estudios sobre Brasil, Colombia, Venezuela, Bolivia, Honduras, Perú y Ecuador, entre otros.

El tercer proyecto, fuertemente controvertido y discutido por aquellos años, como todos los demás, fue el denominado Simpático, jocoso nombre con que se conoció el proyecto patrocinado en Colombia por la American University (asociada al Departamento de Defensa de los Estados Unidos) y el SORO (Special Operation Research Office, igualmente de los Estados Unidos).10

El cuarto proyecto que generó escándalos similares a los tres anteriores fue Marginalidad. Dirigido por los sociólogos argentinos José Nun, Miguel Murmis y Juan Carlos Marín, no contó como los tres anteriores con el apoyo del Pentágono, la CIA o el Departamento de Defensa de los Estados Unidos. Solamente contó con el financiamiento «desinteresado» y «altruista» de... la Fundación Ford (más tarde se agregó al financiamiento el Instituto Torcuato Di Tella, de la Argentina). A lo largo de su libro, Saunders se explaya extensamente sobre la estrechísima ligazón que unía a la CIA con la Fundación Ford (tal es así –agrega en idéntico sentido Mudrovcic– que cuando deja de estar financiada por la CIA, Mundo Nuevo pasa a recibir inmediatamente fondos de la Fundación Ford...).

El objetivo de estudio del proyecto Marginalidad consistía en investigar a aquellos sectores sociales de obreros desocupados (clasificados según el marxismo clásico como «ejército industrial de reserva») expulsados del ámbito productivo y potencialmente proclives a actuar políticamente fuera de la institucionalidad de los partidos políticos tradicionales latinoamericanos y el Parlamento. En un artículo famoso publicado originalmente en la Revista Mexicana de Sociología, José Nun intentaba diferenciar entre los conceptos marxistas de «ejército industrial de reserva» y «superpoblación relativa», argumentando –en una línea por entonces estrictamente althusseriana– que la «superpoblación relativa» existe en muchos modos de producción a lo largo de la historia, mientras que el «ejército industrial de reserva» corresponde sólo al modo de producción capitalista en su fase de libre competencia, y en su fase monopólica la «superpoblación relativa» se transforma en «masa marginal» (en relación con los sectores más concentrados del capital). Una sutil elucidación filológica al interior de la teoría marxista que Nun pretendía fundamentar contraponiendo El capital con los Grundrisse (los primeros borradores de El capital).11

Si damos crédito a la investigación de Saunders, resulta cierto que ni la CIA ni la Fundación Ford –a diferencia del macartismo –más rancio y troglodita, incapaz de construir hegemonía «incorporando y metiéndose a su enemigo en el bolsillo», como le gustaba decir a Gramsci al hablar de la revolución pasiva–, se «asustaban» ni se amilanaban frente a argumentos, léxico o categorías de izquierda en general o marxistas en particular. Todo, absolutamente todo, era digerible por la Agencia y por la Fundación Ford si servía para legitimar las instituciones propias, los proyectos y las publicaciones por ellas impulsados y si era útil para neutralizar al mismo tiempo a los elementos más radicales y a los movimientos de izquierda más reacios a la cooptación. Incluso la revista Aportes. Una revista de Estudios Latinoamericanos, socia de Mundo Nuevo (por medio de ella Mundo Nuevo recibía dinero de la Fundación Ford ) y editada trimestralmente en París, bajo la dirección de Luis Mercier Vega, por el Instituto Latinoamericano de Relaciones Internacionales (ILARI, fundado personalmente en 1966 por el agente de la CIA Michael Josselson y heredero directo del desprestigiado Departamento Latinoamericano del Congreso por la Libertad de la Cultura) se dio el lujo de publicar en sus páginas artículos de intelectuales marxistas como los de Irving Horowitz («La ideología política de la economía política»), Robert Paris («El marxismo de Mariátegui»), Florestan Fernandes («Universidad y desarrollo»), o Beba Balvé y Néstor D’Alessio («Migraciones internas e inserción en el proceso productivo»).12

A pesar, entonces, de estar formulado con categorías de innegable estirpe althusseriana y de contar con todo un aparato crítico de erudición vinculado a la sociología marxista clásica, el proyecto Marginalidad estaba financiado directamente por la Fundación Ford, que constituía sin ninguna duda una «tapadera» financiera de la CIA, según demuestra ampliamente Saunders.

No hizo falta esperar tres décadas a que apareciera el libro La CIA y la guerra fría cultural para sospechar del Marginalidad. Ya en su época, en la aguda polémica que surgió en 1969 en torno a las fuentes «desinteresadas» de financiamiento de este proyecto, el biólogo argentino Daniel Goldstein señaló: «la Fundación Ford es en la actualidad [1969] un organismo paragubernamental destinado a formular la táctica de contrainsurgencia civil para las dos Américas. La Fundación Ford se ha convertido en realidad en una nueva agencia de inteligencia destinada a los problemas sociales de los pueblos neocoloniales».13

 

Buenos Aires, 4 de abril de 2002

 

* Frances Stonor Saunders: La CIA y la guerra fría cultural, Madrid, Editorial Debate, 2001.

1 Resulta sugerente revisar la nota «Los ciclos de la CIA» que Mario Benedetti escribió en 1976 a raíz del atentado contra una nave de Cubana de Aviación y que recientemente Casa de las Américas (No. 225, octubre-diciembre del 2001, pp. 41-43) ha vuelto a publicar. Allí Benedetti alertaba sobre el papel desempeñado por The New York Times y The Washington Post –paradigmas de la «prensa libre e independiente» norteamericana– en las periódicas revelaciones de los crímenes pasados de la CIA. Siempre las revelaciones llegan tarde y toman luz pública, cíclicamente, cuando los hechos ya están consumados y acurrucados en el archivo de la memoria...

2 Cf. María Eugenia Mudrovcic: Mundo Nuevo. Cultura y Guerra fría en la década del 60, Buenos Aires, 1997. [Reseñado en el número 213 de esta revista por Ernesto Sierra: «Réquiem para Mundo Nuevo». (N. de la R.)]

4 Las cartas entre Fernández Retamar y Rodríguez Monegal fueron precedidas en la revista argentina por la siguiente aclaración (sin nombre, probablemente redactada por su director, José Luis Mangieri): «La prensa seria del país, la vacuna, queremos decir, acogió con singular despliegue publicitario la noticia de la aparición –bajo la batuta de Emir Rodríguez Monegal– de la sucesora de Cuadernos por la Libertad de la Cultura, engendro anticomunista financiado por los Estados Unidos. Cuadernos (“no murió ni la mataron, terminó pudriéndose”) no daba para más. Se inventó entonces otra publicación adjudicándose a ERM, ensayista uruguayo, la responsabilidad de la misma. Las dos cartas que publicamos hablan de por sí sobre la candidez de ERM y la enérgica reacción del joven poeta cubano Roberto Fernández Retamar, director de la revista de la Casa de las Américas, de La Habana, y que de paso servirá para ubicar a algunos publicables que ya estaban preparando sus originales, “despistados” por la inocente criatura que dirige la nueva revista». Cf. La Rosa Blindada No. 8, año II, abril-mayo de 1966, p. 58.

5 Cf. Julio Cortázar: Carta a Roberto Fernández Retamar, 23 de enero de 1966. Reproducida por Casa de las Américas en el número monográfico dedicado íntegramente a Julio Cortázar a raíz de su fallecimiento No. 145-146, julio-octubre de 1984, p. 31.

6 Cf. Julio Cortázar: Carta a Roberto Fernández Retamar, 17 de febrero de 1967. Ibid., p. 44.

 

7 Cf. Luisa Peirano Basso: Marcha de Montevideo, Buenos Aires, 2001, pp. 251 y 276.

8 Cf. Roberto Fernández Retamar: «Ángel Rama y la Casa de las Américas». Recuerdo a, La Habana, 1998, p. 177.

9 Cf. Ezequiel Rodríguez Labriego: «El periodista Horacio Verbitsky y la “ayuda humanitaria” de la Fundación Ford», 1 de diciembre de 2001. En el sitio de internet Rebelion Internacional: www.rebelion.org10 Una de las compilaciones más exhaustivas y completas que conocemos acerca de estos proyectos de penetración imperial y sus respectivas denuncias en la América Latina puede encontrarse en la revista cubana Referencias, No. 1 (vol. 2, mayo-junio de 1970), número temático íntegramente dedicado a: «Imperialismo y ciencias sociales». Referencias era una publicación editada formalmente por el Partido Comunista de Cuba de o en la Universidad de La Habana y salía en forma paralela a Pensamiento Crítico (publicación, esta última, que aunque existió durante un lapso menor que Casa de las Américas, cumplió un papel análogo en la defensa del pensamiento antimperialista, no ya en el terreno de las letras sino en el de las ciencias sociales). Como Pensamiento Crítico, Referencias era impulsada por Fernando Martínez Heredia. En su dirección también participaba José Bell Lara.

11 Cf. José Nun: «Superpoblación relativa, ejército industrial de reserva y masa marginal», Revista Mexicana de Sociología, No. 2, vol. V, 1969, pp. 178-236. Recopilado posteriormente (junto con la polémica entre Nun y el sociólogo –hoy presidente de Brasil– Fernando Henrique Cardoso) en José Nun: Marginalidad y exclusión social, Buenos Aires, 2001.

12 Se leen, el primero, en el No. 14, octubre de 1969; el segundo y el tercero, en el No. 7, julio de 1970, pp. 6-3 y pp. 133-158; y el cuarto en el No. 18, octubre de 1970, pp. 148-160. Aportes... también publicó al conocido sociólogo italiano, emigrado a la Argentina, Gino Germani; pero, bueno... a diferencia de lo que ocurre con los otros nombres anteriormente mencionados, nadie se extrañaría de encontrar a Germani en esta nómina ya que su ideología «modernizadora» y su legitimación «científica» del orden burgués calzaba perfectamente en la perspectiva desarrollista, profesionalista, «apolítica» y cientificista que promovía la revista fundada por la CIA y financiada por la Fundación Ford. Cf. Gino Germani: «¿Pertenece América Latina al tercer mundo?», Aportes..., No. 10, octubre de 1968, pp. 6-32.

13 Cf. Daniel Goldstein: «El proyecto Marginalidad. Sociólogos argentinos aceitan el engranaje». Marcha, 10 de enero de 1969. Pueden consultarse los principales materiales de la polémica sobre el proyecto Marginalidad en el semanario Marcha, Nos. del 10 de enero de 1969, 17 de enero 1969 y 28 de febrero de 1969. (Estos datos los hemos obtenido del ya citado artículo de Ezequiel Rodríguez Labriego.)