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De Colombia*

Álvaro Castillo Granada

Ahora, José Luis, sirvo el tinto en mi taza azul y dejo que se enfríe. Espero que los minutos, el tiem-
po, se lleve su aroma y me deje únicamente su sabor helado y fuerte deslizándose por mi garganta. Cierro los ojos un momento y empiezo a escribirte. Por fortuna, la vida siempre nos está sorprendiendo. Hace unos instantes cerré por segunda vez el número de la revista Golpe de Dados donde habita, por ahora, La fiesta perpetua y otros poemas. Lo leí en voz alta, dos veces, en medio de libros y del ruido de la calle. Tus poemas me dejaron con una sonrisa de satisfacción. Satisfacción porque encontré, comprobé, que eres un poeta lleno de voces que se convierten en poemas. No puedo encasillarte en ninguna forma, en ninguna escuela, en ningún modelo: cada poema tuyo es distinto y único. Estás tomando las palabras que salen de tu alma, de tu experiencia, de tu tiempo, de tu padecer, y las estás despojando de la hojarasca (ya lo ves: nuestro amado Gabriel siempre está presente) que las ahoga, los adjetivos, la retórica, la pretensión, hasta dejarlas convertidas en peces, lisas, que se van encontrando, enredando, hasta formar un solo cuerpo que se desliza grácilmente en medio de las aguas. Como dices en "Abismo de equilibrios": "y la Palabra, mayúscula, me dijo: / soy múltiple, poeta, tú acaríciame, / nútrete de mis ansias, sueña, escríbeme, / y con la deficiencia de mis trazos / construirás, sin afeites ni adjetivos, / el Poema, ese abismo de equilibrios". Tus poemas son las piezas de un rompecabezas que vamos armando, muchas veces torpemente, para encontrar la figura, ese dibujo que va pintando la vida y que nos resume y nos condensa, que nos define a todos: un "rompecabezas hecho de telarañas".

Encuentro, José Luis, que cada vez tu voz es más entrañable, tus poemas están adentrándose en lo más hondo de los sentimientos y del alma, ese lugar, ese momento, donde somos únicos y desnudos y despojados ante nosotros y los demás. Los poemas a tu padre, a Manuel José (el mismo al que le dedicaste tu novela El esplendor del silencio) son dos elegías llenas de la sabiduría y la fortaleza que dan a la vida el contacto honesto con el dolor y el desprendimiento. Esa palabra, honestidad, es tal vez la que pueda resumir tus más recientes poemas. Después de tantos años dedicados obsesivamente a la literatura (la lectura, la escritura, la divulgación) llegaste al momento en que tu voz sale desnuda y clara, como una ola que acaricia el malecón habanero, "como si fuera una dolorosa extracción / de fragmentos de mi alma".

El tinto ya está frío: alzo la taza y me lo tomo. Fuerte, sin azúcar. Como nos gusta, como tantas veces nos lo hemos tomado. Tu fiesta es nuestra fiesta: la del rencuentro tantas veces aplazado entre el poeta y sus lectores, entre los amigos que caminan por la vida, hablando de tantas cosas, dejando que el viento desordene sus cabellos y el ron de la pipa refresque su alma.

12 de octubre de 2002

II

Hoy, después de veinte años, al terminar de leer las quinientas setenta y nueve páginas de Vivir para
contarla
, en menos de veinticuatro horas, a pesar de haberme hecho el firme propósito de leer despacio, no a toda velocidad como un condenado que tiene las horas contadas antes de enfrentar su sentencia, para que el libro me durara y alcanzara para el puente, acabo de entender lo que me sucedía con Cien años de soledad. Antes no comprendía por qué al niño que yo fui, aquel que leía y releía sin parar Las mil y una noches, no le gustaba ese libro. Mi papá me lo regaló, en una edición de la editorial Oveja Negra, diciéndome que era uno de los libros más maravillosos y sabios que existían. Lo leí no una sino dos veces seguidas, y no, no me gustó, no me agarró. Sencillamente no creía nada de lo que me estaban contando. ¿Pero, entonces, por qué sí creía en las historias de Sherezada y no en las de Úrsula Iguarán? Para mí era, sencillamente, más fácil creer que los prodigios que sucedían en los libros ocurrían en lugares muy lejanos y que eran fruto de la imaginación de sus autores. Es decir: la fantasía era, literalmente, una invención. Con Gabriel García Márquez, en cambio, ocurría todo lo contrario: era aquí y ahora, el pan de cada día. Después leí, para la clase de español de segundo de bachillerato, aquella que nos daba Ignacio Muñoz, tan parecido a un jugador alemán de fútbol, un cuento del libro Ojos de perro azul que me fascinó: "Nabo, el negro que hizo esperar a los ángeles". Por primera vez en mi vida no me atrapaba lo que contaba una historia sino cómo estaba contada ésta. Recuerdo muy vagamente de qué se trababa el cuento (jamás he querido releerlo para preservar intacta en mi memoria la sensación que me causó). Me gustó tanto, tanto, que prácticamente se lo recité de memoria a mis compañeros de clase. Ésa fue la primera vez que sentí en todo mi cuerpo cómo me envolvían las palabras, podía probarlas y gustarlas como si fueran dulces, gomitas de medialuna. Fue necesario que empezara a salir de mi casa, a caminar, a mirar y sentir lo que sucedía a mi alrededor para darme cuenta de que lo maravilloso, la magia, sucedía frente a mis ojos: no había que buscarla, ni crearla, simplemente había que tener los ojos bien abiertos y el ánimo dispuesto para que ella se presentara. Ya no eran solamente los genios que habitaban una botella o la roca que se movía al pronunciar un conjuro sino, también, el perro compañero de un mendigo que escuchaba atentamente a un vagabundo tocar su violín, o el árbol de mandarina que crecía inmutable e imperturbable en un parqueadero en el centro de la ciudad. Comencé a sentir que la realidad estaba llena de significados, de formas, de giros, de sorpresas que podían superar las invenciones más delirantes de un escritor. Por eso, cuando leí de verdad por primera vez en mi vida Cien años de soledad, a los veintisiete de edad, sentado en un balance de color rojo en el balcón del Hostal Monterrey, en Cartagena, en pantaloneta, con los pies al aire, dejando que el viento húmedo los refrescara, leyendo lentamente, palabra por palabra, sin afanes, sin prisas, deteniéndome cuando la emoción me lo indicaba, dejándome llevar por el ritmo de las palabras, esa música única e inimitable que nos invade y habita y nos saca por un momento de la realidad y nos lleva a otra, cercana, conocida y sin embargo diferente, entendí que lo que contaba Gabriel García Márquez podía sucederle a cualquiera de nosotros, que sólo bastaba con dejarse sorprender por la vida y poetizarla. Contarla de otro modo, con otra mirada, con la expresión más seria, sin asombrar ni dejarse asombrar por nada, como si fuera lo más obvio y natural del mundo que las niñas ascendieran al cielo envueltas en sábanas blancas o que un galeón apareciera encallado, en medio de la selva y a miles de kilómetros del mar. La realidad siempre supera con creces la fantasía. Hace poco, en un pueblo de la costa caribe, el Miércoles de Ceniza, un sacerdote les puso la cruz a sus feligreces en la frente mientras repetía "Polvo eres y en polvo te convertirás". Al otro día, después de bañarse, se dieron cuenta de que la cruz permanecía intacta. No se podía quitar ni con agua, ni jabón, ni estropajo, ni lejía... Igual que la de los hijos del coronel Aureliano Buendía. Sentí también que en ese libro estábamos todos, con lo mejor, lo peor y lo horrible que nos habita, que ese libro nos dotaba de una identidad y un destino común: habitantes de un continente donde hasta lo imposible es posible. Desde entonces lo leo sin falta todos los años. Con ese libro cierro el año y empiezo el siguiente. Cada lectura es nueva: va cambiando, envejeciendo conmigo. Hoy, al cerrar el primer tomo de sus memorias, terminé de comprenderlo: Gabriel García Márquez aprendió que la fantasía, la maravilla, no se inventa sino sucede, que cada detalle puede condensar una vida, que todo sirve en el aprendizaje de un escritor, que la magia (como dice mi amigo Camilo) existe. Era necesario todo este aprendizaje, esperar todos estos años, para entender que no tenía nada de extraño que un día me hubiera encontrado con el autor y nos tomáramos dos cocacolas. Frías. Muy frías.

* José Luis Díaz-Granados: La fiesta perpetua y otros poemas, entrega personalizada de Golpe de Dados. Revista de Poesía, Bogotá, vol. XXX, No. CLXXVII, mayo-junio de 2002; Gabriel García Márquez: Vivir para contarla, Bogotá, Grupo Editorial Norma, 2002.