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David Lagmanovich

Aquella noche

Aquella noche, en Mendoza, ya de madrugada,
después de terminadas las tareas del diario,
Antonio Di Benedetto me llevó a un restaurante o cantina
de inmigrantes italianos, piamonteses tal vez,
establecidos desde hacía poco en la provincia.
Allí, entre el humo mal manejado del asador
y los diversos aromas que se entremezclaban,
hizo venir a la cocinera. Era una italiana
de ceño salvaje, de formas amplias,
tez muy morena y un aire que parecía a la vez
humilde y desafiante, si se me perdona
la contradicción inexplicable. Hablaron un momento
y ella le entregó unos papeles
que llevaba en el bolsillo de su delantal salpicado de salsas
y otras sustancias culinarias. La cocinera era poeta,
y escribía en un castellano no terminado de aprender,
pero era como si en el fuego encontrara las materias
para imágenes profundas y perturbadoras,
sinsentidos que adquirían un sentido imprevisto
cuando se los dejaba madurar en la conciencia. Ella
se quedó mirándonos, los brazos en jarras
a la usanza de las campesinas, y nosotros nos fuimos a sentar
en un banco de la plaza vecina
(esto era posible porque aún
no había comenzado la barbarie)
y leímos esos poemas que nos sacudían
con golpes rítmicos como los de un tamtam africano.
Hablamos largamente sobre lo imprevisible de la poesía
la locura de sus apariciones, sus radicaciones inesperadas,
que hicieron posible que un gran poeta fuera médico,
y otro, ejecutivo
de una compañía de seguros. ¿Por qué, entonces,
no aceptaríamos la presencia
de una Dickinson entre las ristras de chorizos,
cerca del farfullar de los borrachos? Después
la vida nos dispersó,
y ya no pude preguntar de nuevo por aquella extraña mujer,
su familia desmesurada, la atracción
que Antonio sentía por ella, y sobre todo los papeles
que testimoniaban la persistencia de la poesía
más allá o más acá
de las limitaciones del lenguaje.

 

Lo escrito

Lo que está escrito reside en la memoria de los dioses,
ellos vuelven una y otra vez a esas imágenes,
de pronto señalan una línea con sus dedos de humo
y murmuran: "ésa".
Entonces un estremecimiento recorre sus filas,
y los hombres cabecean y parecen despertar, y alguno dice
"He sentido algo extraño, como si el cielo
se desencajara de repente".

La inmortalidad

No creo en la inmortalidad.
Creo en la persistencia del deseo
a través de los años,
en su corazón que nada atenúa,
como el escozor de una deuda
que nunca conseguiremos saldar.

 

Clitemnestra

Camina silenciosa por los salones del palacio.
En su ceño se leen antiguas predicciones.
Niega la palabra con la esperanza de negarse a sí misma.
Cuando hable, su palabra será un puñal.