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Sobre el narrar lo inenarrable*

Luisa Valenzuela

Ante todo quiero expresar mi hondo reconocimiento a quienes hacen posible este acto, la señora embajadora Rosario Green, el agregado cultural Miguel Díaz, todos los integrantes de la embajada de México en la Argentina. Y para expresarlo necesito referirme a la hospitalidad. No puede ser de otra manera, estando en esta casa que albergó a tantos asilados de los nuestros y les brindó todo su apoyo. En esta casa que es la condensación de un país maravilloso donde tantísimos exiliados, argentinos o no, fueron recibidos con los brazos abiertos, y las puertas abiertas para poder realizarse en toda plenitud.

"La hospitalidad no es tal si es estricto cumplimiento de un pacto o de un deber, si se da por deber, si no es un don ofrecido graciosamente", dice Anne Dufourmantelle en un diálogo con Derrida. De verdadera hospitalidad es el don que nos brinda México. Bien lo sabemos muchos de los que hoy nos encontramos acá. Y bien lo demuestra Sandra Lorenzano, que en México realizó una carrera impecable y obtuvo la perspectiva y las armas necesarias para calar a fondo en la realidad de éste su país natal.

Escrituras de sobrevivencia, el título ya dice de la posición que adopta Sandra Lorenzano ante la literatura y ante la vida.

Es un camino a contrapelo del de Jorge Semprum, que enfrenta los dos términos como quien dice la bolsa o la vida, como si la una amenazara a la otra, y escribe La escritura o la vida para contar, tantísimos años más tarde, sus tremendas experiencias en el campo de Buchenwald.

Aquí Lorenzano apuesta a la escritura -cuando más inmediata mejor- para sabotear en lo posible la perversa maquinaria de desapariciones que con tanta eficacia implementaron la Triple A y esa otra triple A posterior que, como muy sabiamente lo señaló Rodolfo Walsh, fue constituida por las Juntas Militares, las tres fuerzas Armadas.

Entender desde la escritura, sería la consigna de este libro que ya desde el prólogo señala al acto de escribir como actividad insustituible para aprehender, para intentar comprender y asimilar. Y que la introducción, como corresponde, nos introduce en la propuesta: "Escribir es una aventura, es embarcarse en un viaje de exploración por algunos caminos que hemos estudiado en los mapas y por otros que nos son totalmente desconocidos."

Y Sandra Lorenzano se lanza a la aventura, explorando y cartografiando cuando se hace necesario, con mano precisa de escritora, respetando en igual medida su disciplina de crítica e investigadora de la UNAM y su pasión por la literatura y el lenguaje. Gracias a lo cual un texto a veces profundamente doloroso, ríspido, nos convoca a su lectura. A embarcarnos precisamente en el viaje propuesto, y dentro del cual, como en toda pieza literaria, podemos ir timoneando o estructurando un derrotero propio atendiendo a las lúcidas marcas, los hitos que Lorenzano nos propone. Porque tendremos muy en cuenta la continuación del párrafo anteriormente citado: "Esta aventura [la de escribir] hoy sólo puede ser astillada, residual. Seducción y riesgo".

Lo que Lorenzano dice de la escritura puede ser asimilado a la lectura (al fin y al cabo, escribir no es más que leer con otros ojos y traducir lo que se lee). Quizá precisamente por eso, por la idea de seducción y riesgo -y el riesgo de ser seducido, y peor aún, desenmascarado como quien dio vuelta la cara en su momento-, es que tanta de la buena literatura que habla de desapariciones y torturas, y me refiero muy en especial a la escrita por mujeres, es en principio rechazada por los editores argentinos o desestimada por la crítica.

Me tranquiliza reconocer que no ocurre lo mismo con los trabajos de crítica, testimonio o periodísticos sobre los mismos temas, por más serios que sean, como en este caso. Por lo cual espero que el libro que hoy presentamos sea leído por un vasto público.

Así empezaremos a desentrañar la madeja de lo que no tanto "no puede ser dicho" como que no quiere ser escuchado. O leído. Aún hoy, un cuarto de siglo más tarde.

Claro que nunca es más tarde. Si la célebre frase de Adorno, tan contradicha por poetas del calibre de Celan, establecía que no pueden escribirse poemas después de Auswichtz, sabemos ahora que de todos modos en casos como en el nuestro no hay un después. En el sentido de la memoria fantasmática, de lo que queda latiendo ominosamente en el corazón mismo de los individuos y de una sociedad entera. Aquello que Escrituras de sobrevivencia tan bien rescata. La dictadura militar con todas sus falsedades y corrupciones, los desaparecidos, los vuelos de la muerte y las torturas siguen contaminando nuestra vida síquica por haber sido tan negados por muchos.

Este libro habla de quienes no negaron, no niegan, de quienes junto con las madres y sus allegados y las abuelas y sus trabajos llenos de imaginación enfrentaron al monstruo a cara descubierta. Habla también (aventura astillada, residual) de quienes supieron colarse entre los intersticios, las brechas del poder y del poder del olvido, para mantener viva eso que se ha convertido en una palabra tan grande, acá, y que otras tantas veces es negada: la memoria.

"Si amnesia y amnistía tienen la misma raíz etimológica", dice y vuelve a repetir Lorenzano a lo largo de su libro, para que se nos grabe, "si amnesia y amnistía tienen la misma raíz etimológica, la elaboración del recuerdo cumple una función política".

Función que busca cumplir y cumple este libro. Y no desde las altas cumbres inalcanzables y odiosas del saber sabido, digerido y dogmático, sino desde esa posición de no-saber que busca como el agua irse metiendo por las hendiduras para ir cubriendo territorios.

Para entonar un canto a la deriva, como la quería Barthes, plena de posibilidades y de asombros y de riquezas pero también de miedos.

Se trata acá de una lucha cuerpo a cuerpo (ya se verá la importancia que el cuerpo adquiere en estos ensayos y so-bre todo en los textos analizados), una lucha contra instancias dobles del miedo:

Por una parte está el doble juego que Marc Augé señala en Las formas del olvido, a saber: "el miedo al olvido, identificado con la muerte, y el miedo al recuerdo, identificado con el sufrimiento" porque entre otras cosas, recuerda Augé mucho más adelante, Hannah Arendt decía que el individuo también es responsable de su obediencia...

El otro par de miedos que suelen cerrarse sobre nosotros como pinzas es el señalado por Lorenzano cuando dice "Manuel Antonio Garretón distingue dos tipos de miedo -y para hacerlo recurre al contexto de las experiencias infantiles-, a los que caracteriza a través de las metáforas de la "habitación oscura" y del "perro que muerde" ". Es decir, miedo al fantasma -peligro interior- o a un supuesto peligro externo.

Estas instancias que podrían ser paralizadoras son, desde polos opuestos, las que mueven la escritura de las dos novelas que Lorenzano ha elegido para sedimentar su trabajo. Se trata de dos obras cortas, de verdadera excelencia literaria, que, por esas cosas del canon local que no señalaremos, han quedado al margen. Pero es precisamente en los márgenes donde se llevan a cabo las verdaderas búsquedas, por donde se llega más cerca y más a fondo a la esencia de lo inefable, como este libro rescata, reconoce y señala.

En breve cárcel
, de Sylvia Molloy, y La casa y el viento, de Héctor Tizón. Dos escritores que podríamos llamar marginales, la una porque su vida adulta transcurrió fuera del país, entre París y los Estados Unidos, y el otro porque es hombre del interior, profundamente arraigado en su Jujuy natal. Cosas que la centrípeta, yo-soy-el-ombligo-del-mundo Capital Autónoma no acepta fácilmente.

Como una digresión recordaré cuando críticos prestigiosos sin querer o queriendo se hacían eco de una falacia que convenía a los dictadores: la literatura argentina quedará dividida en dos, y los escritores que se alejaron del país nunca más podrán volver a rencontrar sus raíces, etcétera.

Siempre dije que nuestras raíces son aéreas, como las del clavel del aire que no es un parásito, que no se nutre de la planta o el árbol sobre el que se apoya sino de la humedad ambiente, de cada gota de lluvia o de rocío. De cada lágrima, podríamos decir también, de cada lágrima propia ante tanto desconsuelo.

En breve cárcel y La casa y el viento así nos lo señalan. Son dos historias de verdadero amor, pero tan disímiles. La primera novela, escrita a la distancia, se sume en la agorafobia, y dentro de una pieza en París intenta -y no quisiera hacerlo- reconstruir sus amores desdichados con otras mujeres. El miedo, enfrentado por el dolor que el recuerdo y los rencuentros causan, podría homologarse con el miedo a la memoria, generado por la habitación oscura.

La segunda novela podría ser un recorrido en contra de los otros miedos: al olvido y al perro que muerde... Un hombre avanza por la puna, despidiéndose lentamente de ésa su tierra y de cada una de sus gentes que va encontrando en el camino. Son despedidas de amor, despedidas para siempre. El protagonista se va fabricando un camino de recuerdo para cuando esté lejos, para cuando llegue a la frontera y al cruce y entonces sea el exilio, lejos de los perros rabiosos del gobierno pero para siempre contagiado -pienso yo- de claustrofobia.

El análisis de Sandra Lorenzano nos sumerge de lleno en estos dos universos, casi como dos caras de una moneda extraña, inolvidable. El Zahir, quizá. Y se va metiendo en el corazón de estas dos novelas tan parcas y a la vez tan inmensamente ricas, desentraña nudos, "podríamos pensar que los espacios desde los cuales hablan los textos son también espacios "desaparecidos"", dice. Y aclara: "El espacio de la homosexualidad en tanto de la norma que rige las sexualidades, el espacio de la marginalidad geográfica, el espacio de la oralidad". Respectivamente.

El espacio es crucial en lo que respecta a este trabajo. Cito: "Volverse nómada, inmigrante o gitano, es volverse lesbiana o exiliado, es desterritorializarse para territorializarse en la escritura."

El territorio, el límite

Límite es la palabra. Liminal, entre dos aguas. Una posición en la que ha habitado Sandra Lorenzano para armar sus Escrituras de la sobrevivencia. México le permitió ampliar la mirada, usar el zoom y el gran angular y no sentirse presa de prejuicios mientras, con el corazón y la razón, analizaba las heridas, las cicatrices mal curadas y las desgarraduras de su Argentina natal.

Lo liminar es el umbral, lo liminal es lo que está a la entrada de lo perceptible (María Moliner me lo confirma). Y es sabido que el umbral es sitio peligroso, sitio entre dos mundos, cruce de caminos donde las ideas, las palabras y las imágenes están estibadas y listas para el uso.

Benjamin nos habla de "un umbral tras el cual nos espera la eternidad y la ebriedad", el mismo que buscaban los militares, pero sin jugarse el pellejo, jugando con el cuerpo de los otros. Pero era la suya, sin duda, una real borrachera de eternidad...

Los lugares liminales, en los otros, aquellos que la dictadura militar intentó borrar, podrían condensarse, según Lorenzano, en el cuerpo que "como sitio liminar entre lo objetivo y lo subjetivo, es el punto en que con mayor violencia se ponen en juego los poderes sociales". Y en el ojo, cuando con toda lucidez y originalidad analiza un acto de lectura fallido, donde lee Molloy en lugar de Molly, la Molly Bloom de Joyce. Y sobre el ojo dice así: "el ojo como instancia liminar entre el riesgo de la posibilidad y una certeza inestable".

Frase que también Bataille habría aplaudido, y al que el libro de Sandra Lorenzano hace honor, moviéndose como toda buena literatura "entre el riesgo de la posibilidad y una certeza inestable".

Rüdiger Safranski dice: "La libertad incluye la capacidad de cambiar la realidad según patrones que no proceden ellos mismos de la realidad, sino del mundo imaginario." A lo que podríamos agregar una frase de Bernard Sichère: "En el seno de la razón, teórica y práctica, hay una especie de sombra que la razón no puede integrar a sus ecuaciones." Es, agrega, un retorno de lo reprimido que en el fondo es un retorno de lo trágico y que sólo puede ser significado por la literatura.

Escrituras de sobrevivencia
de alguna manera atiende a las ideas de estos dos filósofos y críticos que suelen meterse en aguas pantanosas. Basta recordar que la cita de Safranski la tomé de su libro El Mal, o el drama de la libertad, y la de Sichère de sus ensayos recopilados en Historias del mal.

Escrituras de sobrevivencia
es un verdadero ejercicio de libertad hurgando dentro del meollo mismo del mal, un ejercicio que nos abre puertas, literarias en su mayoría, para entender mejor nuestro pasado y nuestro presente, pero sobre todo nos brinda algunas herramientas para una mejor lectura de todo lo que vivimos durante el horror y que aún hoy nos persigue, o contra lo que aún hoy combatimos con el hecho -valiente, como en el presente caso- de enfrentarlo.

* Sandra Lorenzano: Escrituras de sobrevivencia. Narrativa argentina y dictadura, México, D.F., Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Iztapalapa-Beatriz Viterbo Editora-Grupo Editorial Miguel Ángel Porrúa, 2001. Palabras con que su autora presentó el libro el 12 de diciembre de 2001 en la Embajada de México en Argentina.