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Mercaderes

Roberto G. Fernández

 

Para L. Guerra

Ñico Núñez contó el número de certificaciones prendidas al dorso de la estampa de la Virgen de la Fuencisla que servía de tarjeta de asistencia. Había acumulado cincuenta y dos. Sólo faltaba una para recibir el codiciado premio.

Leyó en voz alta el nombre que al pie de cada fecha verificaba y daba validez a su presencia en la representación de la Última Cena. Cincuenta y dos veces pronunció: Monseñor Raúl Santamaría. Cincuenta y dos veces había escuchado la aburrida prédica del bermejo salmantino sobre la semilla de mostaza.

-Vosotros sois como niños que necesitáis que os repita y repita para que podáis alcanzar a comprender el significado de estas palabras -afirmaba el sacerdote antes de cada sermón.

Varias veces Ñico había sentido ganas de gritarle que nunca había visto una semilla de mostaza, que hablara mejor de semillas de guayaba, pero se contenía por temor a que la feroz sacristana le invalidara la misa.
Alcanzó con la mano izquierda la lista de premios que reposaba sobre la mesa de noche y leyó por enésima vez con satisfacción:

53 misas hasta el fin - par de zapatos tenis Adidas con luces intermitentes
43 misas hasta el fin - pulóver LaCoste (auténtico)
33 misas hasta el fin - espejuelos de sol (de marca)
23 misas hasta el fin - shorts o trusa Speedo
13 misas hasta el fin - medias de señora o toalla de playa
3 misas hasta el fin - tableta de turrón (alicante o yema)

Volvió a contar las certificaciones con la yema del índice. El dedo le temblaba. La fiebre no había cedido. Echó la almohada a un lado y se incorporó. Miró a su alrededor y no encontró el teléfono. Entonces se dio de cuenta de que lo había dejado al pie de la cama, junto al tibor. Quitó del auricular las gotas de orina y marcó el número de Arturo Sandoval, el vecino de la esquina, al que le decían Masquefeo. Cuando escuchó su voz le pidió que asistiera por él a la misa que le faltaba. Como recompensa le prometió el uso de sus futuros tenis una vez al mes. Arturo había titubeado pero Ñico Núñez lo convenció de que los tenis luminosos serían carnada de jevitas, y que sólo tendría que llevar su tarjeta, la número veinticinco, y sentarse en el banco que más le gustara.


James Patrick repasó con tinta negra los círculos que circundaban aquellos diecinueve números; cada uno atestiguaba el consumo de un capuchino en el Black Dog Café. El capuchino número veinte le adjudicaría una camiseta talla X-Large con el distintivo del establecimiento: un perro cafetero que se deleita husmeando un saco de café de Guatemala.

James Patrick era un ávido coleccionista de camisetas. Ésta completaría la número 365, con lo que llegaría a su meta de ponerse una diferente cada día durante todo el año. Sin darse cuenta, James Patrick se había convertido en un anuncio ambulante.

Verificó cada uno de los círculos y sonrió satisfecho. Abrió la puerta del apartamento y permaneció absorto por unos segundos observando la araña que devoraba sin prisa una esperanza. Subió a su viejo VW para emprender el trayecto al cafetín.


Monseñor Raúl Santamaría terminó de ducharse por tercera vez y la remembranza del jamón de Guijuelo, los hornazos, los chochos y los bollos maimón le hicieron suspirar. Cuánto añoraba las delicias del terruño. Se envolvió en la bata azul de felpa y maldijo la hora en que había pisado esta húmeda y tórrida tierra. Entre lamentos y la picazón que le provocaba el salpullido que se había adueñado de su cuerpo, se sumió lentamente en sus recuerdos.


Al entrar al templo, Arturo Sandoval entregó la tarjeta con aquel veinticinco en números romanos impreso en cartulina verde. Se había sentado en el primer banco del ala derecha para observarlo todo. Era su primera vez. En su mente repasó las instrucciones de Ñico: Te paras cuando se paren, te sientas cuando se sienten, te arrodillas cuando se arrodillen. No te vayas a ir durante el cuento de la semilla. Cuando el gordito del ropón negro diga: "Iros jubilosos, que el banquete del Señor ha terminado", que significa váyanse pal carajo que esto se acabó, sales disparado detrás de él. Le entregas la estampita a Urraca, la vieja mandona vestida de rojo y amarillo que vigila al gallego. Le sonríes y te tocas los huevos, que eso la descocota y la suaviza. No la vayas a cagar, que ésta es la última firma que necesito.


James Patrick disfrutó cada sorbo de aquel acanelado capuchino que lo acercaba a su codiciada meta. Había invertido ochenta dólares en su vicio. Éste sería el capuchino que realizaría su sueño.

Se acercó al mostrador y con los labios todavía húmedos de café extrajo de la billetera la tarjeta con los diecinueve circulitos. La dueña movió la cabeza hacia ambos lados.

-Me hace el círculo alrededor en el número veinte y me da la camiseta, por favor -dijo el coleccionista.
-Lo siento, pero hoy usted no tomó un capuchino. Usted compró un café con leche y el café con leche no forma parte de la promoción del Black Dog Café -dijo la dueña con firmeza.
-Señora, está usted en un error. Acabo de tomarme un capuchino -afirmó James Patrick malhumurado.
-Imposible. Su taza es de color verde y las tazas de capuchino, azules. Ésa que tiene usted en la mano, ¿no es verde?
-Miss Karla, usted se equivocó y me sirvió en la taza verde cuando debería haberlo hecho en la azul, eso es todo.
-Raramente me equivoco, señor. Si quiere puede comprar un capuchino y entonces le validaré la tarjeta.
-Lo suyo es un abuso -grito James Patrick, con ademán de tirarle la taza en la cara.
-Tranquilo, tranquilo... ¿Quiere o no quiere la camiseta? -dijo Miss Karla desafiante.
-Si no me la da, le juro que soy capaz de cualquier cosa. ¡He consumido cinco capuchinos diarios durante cuatro días seguidos!
-Mire, ya he apretado el botón de la alarma. ¿Ve ese carro de policía doblando la esquina? Viene para acá. O se va o lo denuncio. Y no vuelva más. Su tarjeta ha quedado invalidada. La promoción acaba de terminar.

James Patrick no podía creer lo que escuchaba. La agarró por el brazo pero en ese momento el patrullero abrió la puerta. Comprendiendo su situación, James Patrick salió apretando las mandíbulas con tanta fuerza que se quebró una muela.


Raúl Santamaría maldijo el ciego entusiasmo que experimentó aquel día, cuando recibió la aprobación de su solicitud de misionero y traslado a la isla. Había calculado que a su regreso la labor evangelizadora lo acercaría al sueño de ocupar la cátedra de San Esteban, carril seguro al obispado. Su abnegación, sacrificio y altruismo serían premiados. También evocó cuentos de familia, relatos de cuando su bisabuelo, Primitivo Santamaría, había peleado allí defendiendo los intereses del comatoso imperio. Todo eso había contribuido seguramente a la seducción. Un paraíso de frutos exóticos, un lugar ameno de inocentes y dóciles criaturas, terreno fértil y fácil que le asegurarían el éxito y el pronto retorno a su verdadera vocación: la contemplación de vitrales renacentistas, los manjares, los monaguillos y los vinos de Sotoserrano.

"Sólo me falta una más para llegar a la meta asignada por el vicario general, setecientas setenta y siete almas evangelizadas", se dijo. Y prosiguió su soliloquio mientras se entalcaba: "El feligrés con el número veinticinco, el expagano 777, será mi pasaporte para salir de este perenne baño turco. Lejos de estas calles estrechas y sucias, de esta atmósfera pestilente que emana de las alcatarillas mal construidas, lejos de esta turba abigarrada que ha derrochado la herencia de la Península, lejos de estos seres frívolos, indolentes, haraganes, voluptuosos y amigos de hacer bromas de mal gusto." Entonces se dirigió al espejo, contempló su imagen y gritó: "Marco en ese algarrobo las almas evangelizadas como Papillón los días en la Isla del Diablo. ¡La número siete siete siete es mi salvación!"


James Patrick usó una pata de cabra para forzar la ventana del baño del Black Dog Café. Las tazas, los vasos y las cucharillas lo vieron deslizarse con cautela por el salón. Las tazas quedaron mutila-das, los vasos desfondados y las cucharillas dobladas en forma de S. El silencio fue el único testigo cuando se aproximó a la cafetera espresso y sacó una pequeña llave inglesa para abrir y taponear el conducto del vapor.
James Patrick salió por donde mismo había entrado.


Al concluir el servicio religioso, Arturo Sandoval siguió al pie de la letra las instrucciones de Ñico Núñez. Pasó a la sacristía y buscó en el bolsillo la estampita para entregársela a la vieja de la blusa gualda y la falda amarilla.

-A ver, a ver. Dése prisa con esa tarjeta que su eminencia tiene que trasladarse en seguida al Santo Ángel. Si supieseis la labor de santo que realiza por vosotros os pasaríais el día ungiéndole los pies con bálsamos de oliva.
Arturo le extendió la estampita.
-Bien. Parece en regla. Pero no recuerdo su cara. Debe ser el sombrero. Os he repetido cientos de veces que aquí no se viene con sombrero. ¡Es que sois tercos!
-No se agite, que se fermenta.
-Vamos, con que cincuenta y tres veces ya... ¡Enhorabuena!
-Saque la cuenta pa' que usted vea.
-Ahora que llega al final, el reglamento exige que le haga una pregunta. ¿A qué semilla se asemeja el Reino?
-A la semilla de una planta.
-No me tome por tonta, listoncete. ¿A cuál semilla específicamente?
-Pues se parece a una semilla de aguacate.
La vieja lo miró fijamente a los ojos.
-Le voy a dar otra oportunidad. Es una semilla de vegetal y no de fruta.
-¡A la de calabaza!
-Me temo que las cincuenta y tres misas no han calado en su alma. Tendrá que comenzar de nuevo.
-¿Qué...?, ¿cómo...?
-¿Qué sucede, Urraca? -preguntó el Monseñor, que ya se despojaba de las vestiduras.
-Hay irregularidades con el número veinticinco. No ha sabido responder a la pregunta clave.
-A ver, a ver, que usted no entiende a esta gente -dijo el sacerdote con firmeza, temiendo que sus planes se vinieran abajo.
-Mi buen señor, no se ponga nervioso. ¿A qué semilla, vamos a ver?... Es así de pequeñita, dimi-nuta, de una verdura, de la cual se extrae una sustancia pastosa amarillenta que se unta en sandwiches y perros calientes junto con mayonesa o catsup para darle sabor.
-Qué sé yo. ¿Será un boniato...? -respondió Arturo.
-No, no, no -gritó el Monseñor, agarrándolo por el cuello de la camisa-. Escúcheme bien, que esto es importante. Es una verdura, no un tubérculo.
-Ok, una lechuga.
-¡No! ¡Es la mostaza!
-Monseñor, le ha dado la respuesta -observó Urraca-. Ahora sí que tendrá que comenzar desde el principio. Y debo decirle que el premio mayor al que podrá aspirar será las gafas de sol, según queda estipulado en la carta pastoral emitida por el vicario general en Zamora.

Raúl Santamaría comprendió que su cátedra peligraba si no seguía las observaciones de Urraca y que su condena se dilataría. Entonces salió por la puerta posterior y dirigiéndose al platanal que tanto detestaba lloró amargamente la pérdida del alma número setecientos setenta y siete.


James Patrick sintonizó las noticias vespertinas y sonrió satisfecho al escuchar que la dueña de un cafetín había sido transportada en helicóptero al centro de quemaduras de Gainesville a consecuencia de las graves lesiones sufridas al explotar la cafetera italiana con el primer capuchino del día.


Ñico Núñez yacía en el lecho. No había rebasado los temblores y la persistente fiebre le hacía hervir la sangre. En el delirio sintió que alguien tocaba a la puerta. Creyó escuchar pasos que se aproximaban. Abrió los ojos y le pareció ver destellos luminosos en los ocuros cristales de unas gafas. Quedó rígido y una descarga convulsionó su cuerpo dejándolo al borde de la cama. La mano le colgaba como péndulo y con el índice comenzó a acariciar la piel de su viejo zapato.