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Martí, el equilibrio internacional y la unidad latinoamericana

Rodolfo Sarracino

Al revisar los escritos conocidos de José Martí en busca de referencias suyas a Brasil, nos llamó la atención que escribiera relativamente poco sobre un país de tanto relieve geopolítico en nuestro hemisferio. Es cierto que algunos historiadores brasileños han afirmado que en el siglo pasado Brasil vivió "de espaldas a la América Latina", con su visión estratégica dirigida a las viejas posesiones africanas de Portugal, país al que durante un prolongado período sustituyó en las relaciones metrópolis-colonia. Esa tendencia brasileña a apartarse de Hispanoamérica no pasó inadvertida para Martí, quien, aún en las condiciones de semiclandestinidad en que se vio obligado a actuar, estudió profundamente y aplicó hasta donde pudo, para la causa mayor de la guerra de liberación cubana, con vistas al período especialmente crítico de la independencia, su original interpretación del equilibrio en las relaciones internacionales. A partir de ese momento, Cuba tendría que defender su soberanía y su estabilidad económica y social ante el emergente imperialismo estadunidense. En el estudio de este tema específico percibimos el carácter abarcador del pensamiento político de José Martí, y decidimos abordarlo con mayor amplitud en su obra y su ejecutoria revolucionarias, desde el ángulo de las relaciones internacionales.

Deseamos llamar la atención sobre ciertas previsiones contenidas en el concepto martiano del equilibrio internacional, cuyos rasgos históricos lo aproximan al tema perpetuo de la unidad latinoamericana, tal como se refleja en la emulación regional entre Argentina y Brasil en el siglo XIX. Mucho han cambiado las cosas desde entonces. No es que las oligarquías latinoamericanas hayan superado su vocación entreguista. Pero hay fuerzas nacionalistas en algunos países latinoamericanos, por ejemplo Brasil, que no franquean la vía al predominio irrestricto de las transnacionales extranjeras. En ese contexto, nuestra investigación indica que la América Latina ciertamente ha cambiado en los cien años posteriores a la caída en combate del Maestro, pero no tanto que la penetrante pupila del héroe carezca de valor para el análisis de nuestra contemporaneidad. Infortunadamente, la América Latina, ante el enemigo poderoso que la amenaza, continúa hoy tan dividida en la defensa de sus intereses como en los siglos XIX y XX. Esta realidad reviste enorme importancia en un mundo "globalizado" y al propio tiempo inmerso en un proceso de integración regional que los Estados Unidos pretenden conducir según su propia "razón de Estado".

Añádase el carácter abarcador que el concepto del equilibrio adquiere en Martí, quien lo aplicaba a casi todos los aspectos de la vida y del pensamiento humano: naturaleza, arte, estética, ética, sociedad, comercio. Incluso la guerra la ve como un medio para "equilibrar" las injusticias propias del dominio de unos pueblos sobre otros. Se trata de un concepto tal vez clave hasta para el estudio de sus ideas filosóficas. "El desequilibrio, irrita. -Todo lo desequilibrado, irrita. Ésta es la gran ley estética, la ley matriz y esencial", llegó a exclamar.1 Pero es en el plano de las relaciones internacionales donde este concepto alcanza mayor desarrollo.

El siglo de Martí y el concepto del equilibrio en las relaciones internacionales

Varios autores aseguran que el concepto del equilibrio en las relaciones internacionales es relativamente tardío en las consideraciones martianas sobre la política caribeña y, en general, hemisférica. Esta impresión resulta de la aplicación por Martí de ese concepto a la realidad caribeña y latinoamericana a medida que se aproximaba el inicio de la guerra y se requería una estrategia válida para la supervivencia y el desarrollo después del triunfo revolucionario. Lo primero que debe comprenderse es que la originalidad de la visión martiana sobre el equilibrio en las relaciones internacionales estriba en la manera como él aplicó ese concepto, no propiamente en la creación de éste que es tan antiguo como la humanidad -desde Polibio (200-120 AC)- y no hay por qué dudar que Martí lo conoció. Cuando el Maestro vino al mundo, en 1853, el concepto del equilibrio europeo había alcanzado su madurez plena, como lo evidencia la definición, devenida clásica, que nos legó el Conde Ángel Guillermo Garden de Lessard (1796-1872):

La existencia e independencia de los Estados exigen que ninguna potencia se desarrolle fuera de toda proporción con las demás, por cuanto es de suponer que desde el momento en que le sea posible cumplir sus intentos, su ambición no tendrá más freno que sus propios intereses, lo que tratará de apreciar por sí misma. Es necesario, por lo tanto, que oponiendo fuerza a la fuerza se impida semejante poder de extensión; es necesario detenerla en su camino, prevenirla, comprimirla mediante una oposición vigorosa o por medio del temor de encontrar, tarde o temprano, una resistencia a la cual no podrá derrotar. Este resultado sólo puede obtenerse por la acción combinada de las fuerzas de los demás Estados que sirven de contrapeso a la fuerza que amenaza.2

Es evidente que esta definición encaja en las condiciones de la América de la segunda mitad del siglo XIX, que Martí conoció tan profundamente. Entre las innumerables fuentes para el estudio del equilibrio en las relaciones internacionales en ese siglo, para un líder revolucionario que se aprestaba a liberar a su país del yugo colonial hispano, no podía pensarse en otra más certera y genial que la de Simón Bolívar. Para él, como después para Martí, la independencia y la unidad de la América Latina y el consiguiente "equilibrio del mundo" constituían el objetivo máximo del proyecto liberador. Por lo menos desde 1813 Bolívar percibe la relación entre la liberación de las colonias americanas y la emancipación de las colonias afroasiáticas: su visión se enderezaba a una alianza contra las metrópolis entre los pueblos colonizados. En ese año afirmó: "La ambición de las naciones de Europa lleva el yugo de la esclavitud a las demás partes del mundo; y todas estas partes del mundo debían tratar de establecer el equilibrio entre ellas y Europa para destruir la preponderancia de la última. Yo llamo a esto el equilibrio del universo y debe entrar en los cálculos de la política americana."3

En 1823, en la cima de su gloria, Bolívar insiste en la unión de los pueblos para enfrentarse a una "guerra Universal, entre los pueblos y los tronos", en la que América debía ser la abanderada de los pueblos colonizados en la lucha por un "nuevo equilibrio del universo", para impedir que Europa someta a "las demás partes del mundo al yugo y la esclavitud". Pero todo esto presuponía la unidad de acción de esos pueblos, casi imposible de lograr por aquellos días, incluso en el ámbito más cercano de la América Latina. No incluyó Bolívar en ese momento a los Estados Unidos, pues eran una amenaza que se materializaría, y cristalizaría como tal en su mente al final de su vida. La res-ponsabilidad histórica de encarar el peligro representado por los Estados Unidos le correspondería a Martí, cuando, nos recuerda Le Riverend,4 ya era evidente el curso imperialista de esa nación. Poco antes de morir, Alexander Hamilton (1757-1804) escribió que pronto los Estados Unidos serían el árbitro de Europa, y podrían "inclinar la balanza [...] según nuestros intereses".5 No fue ciertamente de inmediato, pero desde entonces los Estados Unidos se movían en tal dirección. Cuatro décadas después el presidente James K. Polk, preocupado por un equilibrio dirigido contra los planes dominantes en su país, confirmaba en un mensaje al Congreso de los Estados Unidos: "La rápida expansión de nuestros establecimientos, la expansión de los principios de libertad, preocupan a las naciones de Europa, que intentan crear en este continente una política de equilibrio entre las diferentes naciones para contener nuestro progreso [...] La rivalidad entre los distintos soberanos de Europa ha dado lugar a eso que llaman equilibrio político pero nosotros no debemos permitir que esta frase tenga aplicación en el continente."6

Y fue tarea de Martí seguir de cerca, valiéndose del concepto del equilibrio político internacional, no a Europa, sino a los Estados Unidos, y utilizar las crecientes divergencias de esa nación con Inglaterra y algunos países latinoamericanos, en la defensa de los intereses de Cuba y la América Latina toda. Ese instrumento de la ciencia política de su tiempo pudo adquirirlo Martí desde sus propios estudios preuniversitarios y universitarios, aprobados con honores en tiempo relativamente breve en España: primero, como bachiller en Letras; después, como licenciado en Derecho Civil y Canónico y finalmente como Licenciado en Filosofía y Letras. Su preparación se evidencia en el trabajo periodístico, que incluía críticas a los tratadistas más importantes del derecho internacional. En notas personales y en crónicas menciona, entre otros, a Bluntschli, el notable jurisconsulto alemán, nacido en 1808 y muerto a fines de 1881. Destaca que éste estudió con Niebuhr (1776-1831) y Federico Carlos Savigny (1779-1861), dos clásicos. No hay duda de que la teoría del equilibrio en las relaciones internacionales puede hallarse casi obligadamente en las obras que Bluntschli escribió: Los sistemas modernos de los jurisconsultos alemanes; Derecho político general; El derecho de guerra moderno de los pueblos; Teoría del Estado moderno; La moderna ley de las naciones y, sobre todo, su Derecho de gentes moderno, que, publicado en 1869, codifica el derecho internacional hasta sus días y aparece en toda historia contemporánea del derecho internacional. De Bluntschli dijo Martí que en sus obras predominan "claridad, poder, sensatez e independencia".7 Nos comenta, también, al renombrado especialista Bruno Bauer, que publicaba su obra monumental El imperialismo romántico de Disraeli y el imperialismo socialista de Bismarck. ¡Cómo leer acerca de estos dos grandes políticos que manipularon el equilibrio europeo sin enterarse de lo que el propio Martí llamó "el principio inmutable del equilibrio"!8 Lo importante es comprender que, a partir del Tratado de Westfalia de 1648, la Paz de Utrecht en 1713 y el "Concierto de Naciones" al que da lugar el Congreso de Viena en 1815, todo tratadista de derecho internacional que intentaba codificarlo hasta su tiempo, entre los que se encuentran varios leídos y mencionados por Martí en sus Obras completas, debió incluir dicho acuerdo, y el sistema que éste propició, como paradigma del sistema internacional. Así lo han hecho el cubano Miguel Antonio D'Estefano Pisani (en su obra Historia del derecho internacional), y otros especialistas contemporáneos de renombre. Martí se refiere también a Heffner quien, indistintamente nombrado Heffter y Hefner en las Obras completas del cubano, fue otro prominente tratadista alemán de derecho internacional, cuya obra "nos demuestra [...] cómo la razón humana [...] inspira en lo presente a los hombres de buena voluntad".9 En el contexto de estos comentarios, Martí menciona a Grotius, con la ortografía latina de su apellido, que en realidad correspondía al italiano Hugo Grocio (1583-1645), otro de los que siguen siendo estudiados como clásicos de esa materia en nuestros días. La formación técnica de Martí en derecho internacional era, pues, sólida, y seguramente incluyó una visión profunda del concepto del equilibrio internacional en su perspectiva histórica.

Martí y su tiempo

Creo necesario tratar de precisar cómo concebimos el aporte conceptual martiano al equilibrio en el Caribe, la América Latina y el mundo. En líneas anteriores hemos sugerido que la aplicación del equilibrio se gestó en la mente de Martí hasta madurar poco antes de su muerte. Pero desde mucho antes los Estados Unidos evidenciaron, además de la voluntad de emplear en la América Latina capitales sobrantes, una notable voracidad territorial, como demuestra la expansión que en el siglo XIX prácticamente configuró sus actuales fronteras. Añádase, según refiere Antonio Núñez Jiménez, que de 1790, cuando el área de las Trece Colonias ascendía a un millón trescientos noventa y un mil trescientos setenta y seis kilómetros cuadrados, con una población estimada en poco menos de cuatro millones de habitantes, pudo llegar, en 1890, a setenta y seis millones de habitantes y a casi ocho veces su extensión original.10 Y muy joven, en 1869, Martí vio al presidente Grant suscribir el tratado de anexión de Santo Domingo, tan infame que el propio Congreso de los Estados Unidos lo rechazó en 187l. Desde entonces se manifestaba nítidamente la vocación imperial de los Estados Unidos sobre el Caribe que para Martí no pudo pasar inadvertida. En 1892 se inició la expansión de capitales estadunidenses a la región por conducto de la Santo Domingo Improvement Co. of New York. Dos años antes los Estados Unidos ya habían comenzado su carrera naval armamentista con la botadura de su primer acorazado, núcleo de una fuerte armada que en 1898 echó a pique a la flota comandada por el almirante español Cervera. La primera potencia que sintió el peso de la nueva correlación de fuerzas hemisférica en ciernes fue Inglaterra, al verse obligada a aceptar el arbitraje norteamericano en el diferendo venezolano-guyanés. A la postre, ese arbitraje reconoció las reclamaciones británicas en un noventa por ciento: cuarenta y cinco mil millas cuadradas de un total de cincuenta mil reclamadas por Inglaterra; pero fue una decisión política que humilló a Inglaterra ante el mundo, porque ésta siempre se había negado a aceptar la mediación de los Estados Unidos en nombre de la Doctrina de Monroe. A fines del siglo XIX Europa había iniciado su retirada gradual de la América Latina, retirada que concluyó después de la Primera Guerra Mundial con el virtual control estadunidense sobre las finanzas y el comercio hemisféricos.11 De estas realidades -algunas de ellas posteriores a su muerte, pero previstas o intuidas por él-, y de las fuentes mencionadas, Martí erigió frente a los Estados Unidos su visión revolucionaria del equilibrio en la América Latina, las Antillas y el mundo. No podía ser de otra manera: es lógico que Martí, hombre brillante, periodista culto, con casi quince años de residencia en Nueva York, y cónsul de tres países surame-ricanos con cuyos gobiernos mantenía una correspondencia activa; lector sistemático de las más importantes publicaciones de los Estados Unidos y de Europa, que a menudo citaba en sus artículos para La Nación, de Buenos Aires, y La Opinión Nacional, de Caracas -entre otros-, dominara la teoría de las relaciones internacionales más difundida en su época. Conocerla bien debió ser una necesidad para quien organizaba una guerra de independencia en las postrimerías del siglo, en un país pequeño, relativamente pobre, atado a una metrópoli colonial decadente, a corta distancia y en el momento del surgimiento de una potencia imperialista que ya se prefiguraba como la más poderosa del hemisferio, y, a más largo plazo, del mundo; con los aliados naturales de Cuba divididos por causas como las rivalidades entre las dos potencias regionales iberoamericanas más importantes de la América Latina: Argentina y Brasil. Las acciones políticas internacionales de los Estados Unidos en nuestro continente, antes incluso del nacimiento de Martí, habían concitado la preocupación de pueblos y gobiernos latinoamericanos, y conducido al surgimiento de una vigorosa y abundante bibliografía antimperialista, a disposición de Martí, aunque su obra no siempre refleje explícitamente su lectura.

Pongamos sólo un ejemplo: se recordará la amistad de Martí con Vicente G. Quesada, entre 1890 y 1891 ministro de Argentina en los Estados Unidos. Pues bien, el hijo de éste, Ernesto Quesada -que Martí parece haber conocido- editaba en Buenos Aires la Revista Nacional, en la que aparecieron varios artículos críticos sobre los Estados Unidos. En uno de ellos, de enero de 1887, titulado significativamente "La política americana y las tendencias yankees" el propio Ernesto Quesada caracteriza la política que los Estados Unidos aplicarían en la Conferencia Monetaria Internacional Americana, y afirma:

Tales son en sus grandes rasgos, las líneas del vasto plan de política americana que tratan de inaugurar los yankees. Si ese plan respondiera fielmente a las tendencias de la mayoría pensadora y de los hombres más influyentes de los Estados Unidos, encerraría un gravísimo peligro para la América Latina, porque, en el fondo, importaría norteamericanizar a México y los países de Centro y de Sudamérica. Hacer a la América Latina tributaria de los Estados Unidos, económica y mercantilmente, convirtiéndola en una vasta Confederación o unión aduanera [...] -viniendo así a desempeñar el papel de la Prusia en la vieja Confederación Germánica-, es proyecto suficientemente grave para que los hombres de Estado de Latinoamérica piensen dos veces antes de aceptar semejante presente griego.12

Fue precisamente la posición expresada por Quesada la que Argentina llevó a la Conferencia Internacional Americana. Martí confiaba en que Argentina y México serían los países que ayudarían a Cuba no sólo durante la Guerra de Independencia, sino, sobre todo, en el crítico período postbélico. Como veremos en líneas posteriores, es preciso reconocer que Martí hizo cuanto pudo por la unión entre Brasil y Argentina, unión que, de haberse logrado, habría sido mucho más favorable a sus objetivos revolucionarios y a una ulterior Cuba independiente. Pero lo que nos interesa reiterar aquí es la comprensión de que Martí no podía permitirse estar, ni estaba, al margen del pensamiento estratégico de su época, y probablemente leyó los artículos de Ernesto Quesada, así como las obras de otros pensadores antimperialistas latinoamericanos de entonces. Martí fue un hombre plenamente de su tiempo y, por consiguiente, sus fuentes políticas no pueden reconstruirse sólo a partir de sus lecturas dadas a conocer en sus Obras completas, sino con el profundo conocimiento de su época.

Martí y el equilibrio en el Caribe, la América Latina y el mundo

Una de las serias dificultades para el análisis de la política exterior estadunidense es el terreno "ambiguo" en que ella siempre se ha desenvuelto, a medio camino entre los principios liberales que inspiraron su revolución -los cuales sus gobernantes esgrimen en todas las coyunturas políticas internacionales e internas-, y el pragmatismo imperialista que evidencian los hechos. Así, Thomas Jefferson podía afirmar: "Nosotros ciertamente no podemos negar a ninguna nación ese derecho sobre el cual nuestro propio gobierno fue fundado -que todos pueden gobernarse a sí mismos según la propia voluntad y que pueden conducir sus propias asuntos mediante el órgano que entiendan apropiado, sea rey, convención, asamblea, comité, presidente o cualquier otro medio que prefiera."13 Y al propio tiempo, por ejemplo durante su primer período presidencial, en 1801, el "padre de la patria [norte]americana" podía negarles a Cuba y a otros pueblos el propio derecho a reivindicaciones democráticas e independentistas por las cuales el pueblo estadunidense había luchado. No puede olvidarse que una de sus primeras medidas desde el poder fue emplear el flamante aparato consular de los Estados Unidos en Cuba para explorar la opinión de los cubanos acerca de la anexión de la Isla a los Estados Unidos, y plantearse como alternativa la posible compra de ésta a España. Igual política siguieron otros presidentes de aquel país, con matices condicionados por la correlación internacional de fuerzas. John Quincy Adams formuló en 1823 un modelo de política cínica para anunciar la caída inevitable de Cuba, como fruta madura, en manos del joven imperio. La oposición de Inglaterra, interesada ella misma en Cuba, obstaculizó, a lo largo de todo el siglo XIX, los planes de los Estados Unidos. Pero en tanto aguardaban un momento propicio para apoderarse de Cuba, los Estados Unidos adoptaron la política de mantenerla en poder de España -o apropiársela mediante la compra, como demuestran las gestiones del gobierno estadunidenses entre 1840 y 1842, en 1868, 1889 y 1897- e impedir que el gobierno español la vendiera o entregara a la Gran Bretaña o a Francia, grandes potencias marítimas de la época. Por eso los Estados Unidos se opusieron a la independencia de Cuba durante todo el siglo XIX, y no sólo se negaron a reconocer la beligerancia de los patriotas cubanos, sino que trataron de impedir que les llegara ayuda durante los treinta años que mediaron entre 1868 y 1898, durante los cuales los cubanos, elevándose entre los pueblos de la América Latina que más han luchado por su independencia, libraron tres guerras de liberación al precio de una altísima cuota de sangre. Esa hipócrita política norteamericana se aplica hace ya dos siglos, y adquiere su más bochornosa expresión en los días que corren con las Leyes Torricelli y Helms-Burton.

Tampoco ignoró Martí que ya en 1894 los Estados Unidos absorbían el ochenta y cinco por ciento del total de los productos cubanos y el ochenta y cuatro por ciento del azúcar. Sabría que en ese año Cuba exportó a los Estados Unidos noventa y tres millones cuatrocientos mil dólares, y menos del diez por ciento de ese total a España; que ya sumaban cincuenta millones de dólares las inversiones norteamericanas en Cuba, las cuales aún las inglesas superaban por escaso margen. Y que hacia 1890 la estructura colonial productora y comercial de Cuba se encontraba prácticamente "integrada" al mercado de los Estados Unidos. La Guerra de Independencia, que Martí preparaba, pero que la intervención yanqui -peligro que él creía poder equilibrar con la unidad del pueblo cubano, la de la América española y varias potencias europeas- interrumpiría, dio paso al período neocolonial de Cuba, del Caribe y de la América Latina.

Durante las sesiones del Congreso Internacional de Wáshington, en 1889, fue cuando Martí reveló en una de sus crónicas iniciales sobre el tema, fechada el 2 de noviembre de 1889, que la conferencia mostraría a quienes defienden "la independencia de la América española, donde está el equilibrio del mundo".14 Este aserto se dirigía principalmente a Argentina. El equilibrio mundial, diría Martí poco después, estaba en Hispanoamérica, topónimo que excluía a Brasil. El coloso suramericano jugaba entonces una carta estratégica con su pretendida alianza con los Estados Unidos. José María da Silva Paranhos (1845-1912), Barón de Rio Branco, hábil estratega de la política exterior brasileña -la del emperador Pedro II y la de la república después-, se inclinaba hacia los Estados Unidos en la sostenida disputa con Argentina, aliada a Inglaterra, por la supremacía regional. Los Estados Unidos, que se habían arrogado el derecho a arbitrar en diferendos y conflictos en la América Latina, favorecieron a Brasil en varios litigios territoriales pendientes con las repúblicas hispanoamericanas, en primer lugar Argentina, que perdió por esa vía cincuenta mil kilómetros cuadrados de Misiones; Bolivia, que perdió más de ciento cincuenta mil kilómetros cuadrados, convertidos en el actual estado de Acre. Pero no sólo Argentina y Bolivia contribuyeron a aumentar las ya generosas fronteras brasileñas ante la activa política de reclamaciones y arbitraje de Brasil, apoyado por los Estados Unidos: tal suerte les correspondió también a Colombia (1907), Venezuela (1859 y 1905); Ecuador (1904), Paraguay (1872) y Uruguay (1851). Entretanto, Brasil inició su retirada del Caribe y Centroamérica, territorios que reconoció como zona de influencia de los Estados Unidos hasta el fin de los gobiernos militares en el pasado siglo, esperando recibir igual tratamiento de dicho país en lo tocante al Cono Sur americano. El historiador Hélio Jaguaribe explica brevemente esta política brasileña:

El vertiginoso desarrollo de la Argentina desde 1880 hasta la primera guerra mundial, llevó a Brasil a recelar que aquel país pudiese articular exitosamente un gran frente antibrasileño en la América del Sur. Tal situación condujo a Brasil a buscar una relación especial con los Estados Unidos, que neutralizase los riesgos de una coligación antibrasileña con este continente. Para los Estados Unidos, esa relación especial con Brasil constituía una forma de romper la potencial unidad latinoamericana y vaciar las relaciones hemisféricas en el formato de un panamericanismo bajo hegemonía norteamericana.15

Así, pues, hemos visto que Brasil se inclinaba a lograr con los Estados Unidos un entendimiento estratégico cuyo alcance real, oculto en los despachos del Ministerio de Relaciones Exteriores en Río de Janeiro, Martí no podría conocer en detalle, pero seguramente intuiría. Esta última realidad puede haber determinado lo mucho que él enfatizó que los pueblos de habla hispana serían los que salvarían la libertad de América y abrirían el continente al mundo. Brasil era una potencia regional con una visión colonial de África y aspiraciones tan expansivas en Suramérica como las de los Estados Unidos en el Caribe, pero venida gradualmente a menos por su dependencia comercial de la potencia del Norte para la venta de su cosecha cafetalera y otros productos primarios. A principios del siglo XX, el ya mencionado Vicente G. Quesada -quien antes de ser ministro de Argentina en los Estados Unidos lo había sido en Brasil, y cuya amistad con Martí hemos recordado en líneas precedentes-, escribió en sus Memorias diplomáticas que los Estados Unidos buscaban "ejercer su influencia sobre Sud América por intermedio de la brasilera, y ésta, a pesar de obrar sólo por delegación, se contenta con ese papel: así, en toda América, dominaría la república yankee y, como su lugarteniente en el sud, la brasilera".16 Es claro que todo cuanto Martí afirmaba en favor de Argentina e implícitamente de Inglaterra se proponía para equilibrar la balanza del lado de estos dos países: logro favorable a sus objetivos revolucionarios y a la supervivencia ulterior de una Cuba independiente, frente al entendimiento de Brasil y los Estados Unidos. Obligado a hacerlo todo "indirectamente", pues preparaba una guerra de liberación contra dos metrópolis -España y los Estados Unidos- y no podía permitirse la hostilidad de otro país poderoso en el Sur a la causa cubana. Ganarse la confianza y el apoyo de Argentina sin suscitar el antagonismo de Brasil, he ahí uno de sus más importantes objetivos diplomáticos en el período de preparación de la Guerra de Independencia. Esto explica su elocuente silencio sobre Brasil y el tacto supremo con que trató a los diplomáticos brasileños en los Estados Unidos; y su aplauso entusiasta cuando Argentina y Brasil coincidieron momentáneamente frente al monstruo del Norte, precisamente sobre el tema de los arbitrajes, durante la Conferencia Monetaria.

De haberse logrado, la convergencia entre los dos poderosos países suramericanos habría constituido en el hemisferio un fuerte factor de equilibrio frente a los Estados Unidos, muy favorable para una Cuba liberada. Con todo, es innegable que Martí logró su objetivo de no provocar la enemistad de Brasil a la causa cubana, a pesar de los enormes obstáculos que enfrentó, pues no conocemos actividad contraria del Imperio ni, después, de la república brasileña a la Cuba revolucionaria. No debe olvidarse, por otra parte, que Brasil reconoció en 1871 la beligerancia de los revolucionarios cubanos en la Guerra Grande, como lo hicieron antes Perú, México, Chile, Venezuela, Bolivia, Colombia y El Salvador.

En definitiva, nada más cercano al equilibrio -en el que Martí se proyectó activamente- podría concebirse en estas relaciones regionales, incluso con curiosas connotaciones actuales de signos invertidos. Sea como fuere, es difícil concebir el equilibrio hemisférico sin Brasil, que entonces como hoy contaba con aproximadamente el cincuenta por ciento de la población de la América Latina y de su territorio. Otras alternativas escaseaban, y la necesidad obligaba a sacar el mejor provecho posible de la correlación de fuerzas existentes.

En el citado artículo de Martí sobre el Congreso Internacional de Wáshington se reconoce una de las razones del fracaso de ese foro, al revelar Martí para sus lectores suramericanos la verdadera personalidad de James G. Blaine, secretario de Estado norteamericano: no su imagen "altruista", cuidadosamente cultivada en el cónclave, sino las reales motivaciones imperialistas tras su retórica de "cimentar los intereses" entre todas las naciones del hemisferio, para "traer la paz" y "cultivar los nexos comerciales amistosos con los países americanos" e incluso desarrollar las comunicaciones. Poco, en rigor, han variado los circunloquios interamericanos en más de cien años, a juzgar por la reciente Cumbre Hemisférica, las promociones publicitarias de Clinton y las desembozadas amenazas de George W. Bush, actual presidente de los Estados Unidos, quien, tras los infortunados hechos del 11 de setiembre de 2001, pretende arrastrar al planeta a un holocausto injusto, fútil y desastroso.

En otra ocasión Martí alertó a la América Latina acerca de los objetivos imperialistas de los Estados Unidos. Ocurrió durante la Conferencia Monetaria Internacional Americana, convocada por el propio Blaine y reunida en Wáshington en ocho sesiones entre el 7 de enero y el 8 de abril de 1891. Martí había fungido como delegado de Uruguay, y le correspondió presentar un prolijo informe sobre la Conferencia, en el que mostró que ésta había sido organizada exclusivamente en función de los intereses norteamericanos. Y previno que la "unión económica" supondría dominio político. Es difícil comprender en nuestro tiempo la autoridad con que Martí proyectaba sus ideas en La Nación, de Buenos Aires, diario que llegó a invitarlo a residir en esa ciudad. En ese momento, cónsul de tres naciones suramericanas en la más importante ciudad de la Unión, Nueva York, Martí hablaba en nombre de ellas. Esto, de tanto repetirse, se ha tomado como algo natural, pero era realmente excepcional y revelaba matices insospechados de la política exterior coordinada de esos tres países, bajo el liderazgo de Argentina. Es claro que la designación supone reconocimiento al poderoso intelecto, la vasta cultura y el gran talento de Martí, quien no ostentaba ciudadanía de ninguno de los tres países. La designación indica un alto grado de confianza en las ideas políticas de Martí, y en éste una identidad política difícilmente hallada en sus artículos y correspondencia expresada a favor de cualquiera de los altos círculos políticos del resto de la América Latina. Puede comprenderse que haya sido precisamente la naturaleza de la coordinación internacional tripartita, claramente evidenciada durante ésa y otras reuniones americanas previstas, la que provocaba reservas en Brasil sobre las intenciones de Argentina.

En 1890, por otra parte, Martí analiza el conflicto de Samoa, en el que Inglaterra y Alemania unieron tácticamente sus fuerzas contra los Estados Unidos para impedir su expansión en el Pacífico. Así, escribía para La Nación en febrero de 1890: "En la alta diplomacia se tiene hoy por seguro que Inglaterra y Alemania se han dado de la mano en la sombra para repartirse las comarcas nuevas que vayan apareciendo por el mundo e impedir que Italia, que Francia, que España, que los Estados Unidos extiendan a África y por el Pacífico sus posesiones coloniales".17 En términos similares se expresaría en 1895, horas antes de su muerte, sobre el destino que él atribuía a Cuba y Puerto Rico en el Caribe. Dos cosas importantes comprobó Martí: que una alianza táctica de naciones podía, en efecto, evitar la expansión desmedida de una potencia, estableciendo un equilibrio tan prolongado como permitieran la voluntad política y los recursos materiales de dicha alianza; y que toda futura expansión de los Estados Unidos se haría a costa de los países más débiles del hemisferio. Varios años se prolongó el forcejeo, y, a la larga, desaparecido Martí, los imperialistas de Europa y de los Estados Unidos cumplieron el acuerdo de distribuirse el archipiélago. Martí habría comprendido que no siempre los antagonismos interimperialistas conducen al enfrentamiento político y militar. Es claro, en fin, que Martí interiorizó la colosal obra que tenía ante sí, a la postre pospuesta por su muerte. Tuvo perfecta conciencia de la peculiar ubicación geográfica de las Antillas y la preminencia en éstas de Cuba; y gradualmente tomó cuerpo en su pensamiento una concepción estratégica que debía impedir a los Estados Unidos apropiarse de esa área geográfica y extenderse desde ella sobre toda la América Latina.

Nos interesa subrayar, al llegar a este punto, algunos presupuestos del pensamiento estratégico de Martí, sin los cuales sería posible caracterizar su obra como utópica. Cuando en 189318 advierte a la América Latina que Cuba desea ser libre, y que, junto a Puerto Rico, es indispensable para "la seguridad, independencia y carácter definitivo de la familia hispanoamericana en el continente, donde los vecinos de habla inglesa codician la clave de las Antillas para cerrar en ellas todo el Norte por el istmo, y apretar luego con todo este peso por el Sur", expresa un anticipado concepto geopolítico, dirigido a algunos gobiernos latinoamericanos, en particular al de Argentina, capaces de comprender cabalmente la realidad de ese peligro. Era, dígase de paso, una Argentina muy diferente de la de hoy, con hombres como Roque Sáenz Peña, quien, al rechazar la Unión Aduanera propuesta por los Estados Unidos en 1891, era capaz de afirmar, cuando aún no había llegado a la presidencia de la Argentina: "Estado alguno americano tiene el derecho de hablar a nombre de un hemisferio";19 y que a la oficiosa consigna estadunidense propia de la Doctrina Monroe -"América para los americanos"-, opuso esta versión: "América para la humanidad."

Como aliado potencial de Cuba también Martí consideraba a México, que tanto amaba. En apuntes escritos hacia 1875 sostiene que los Estados Unidos "crecen para la codicia", y señala a México, en consecuencia, el deber "de ser digno del mundo cuando a sus puertas se vea librar la batalla del mundo".20 Pero con su experiencia de años y el curso de los acontecimientos internos en México, en 1889, pocos días después de inaugurado el Congreso Internacional de Wáshington, para el cual tuvo que profundizar en la problemática latinoamericana, concluyó que los defensores de la independencia de nuestra América tendrían que venir del Sur, ya que a México la cercanía a los Estados Unidos le tenía atadas las manos. Sin embargo, en vísperas del inicio de la Guerra de Independencia Martí acudió al México de Porfirio Díaz, con quien había tenido importantes discrepancias políticas, pero que con el tiempo había madurado como estadista y todo parece indicar que ofreció apoyo y ayuda financiera a la gesta revolucionaria cubana.

Poco dijo Martí sobre el Caribe inglés, francés y holandés. Eran colonias bajo firme control de sus respectivas metrópolis, tanto que no fue sino en la década del 60 del siglo XX cuando las islas mayores británicas lograron su independencia, y el resto en las décadas siguientes. Las islas francesas son aún territorios de esa nación. Antagonizar a Inglaterra y Francia -para él aliados potenciales de una Cuba independiente- con su mensaje liberador, particularmente en lo relativo a Jamaica, donde vivía una nutrida emigración cubana revolucionaria, habría carecido de sentido en ese momento. En la mente de Martí ese punto aguardaría a momentos posteriores más propicios.

De todas maneras, el apoyo de una América hispana unida frente al imperialismo estadunidense sería importante para Cuba durante la guerra de liberación, y vital después del triunfo revolucionario, cuando, empobrecido y debilitado por la contienda, el país tendría que mantener su independencia y su soberanía ante el poder abrumador de la "república imperial" del Norte, que ya entonces dominaba su mercado. Se advierte que Martí tenía su pupila previsora clavada en la correlación de fuerzas en el hemisferio y en el mundo.

Europa en la teoría martiana de las relaciones internacionales

Es evidente -lo advirtió Le Riverend- que la concepción sobre el papel que él le atribuía a Europa en la América Latina había madurado en Martí desde los inicios de su permanencia en los Estados Unidos. Desde los años 80 del siglo XIX, y más claramente a partir de los 90, Europa se batía en retirada, aferrada a algunos enclaves en la América del Sur y en el Caribe. Francia luchaba por la expansión en África y Asia, en concurrencia imperial con Inglaterra, Italia y Alemania. Hacia finales de aquel período no era perceptible una amenaza para la América Latina desde Europa. Los pactos ingleses con los Estados Unidos indican el repliegue de un imperio sobrextendido en África y Asia. El mayor enemigo para nuestra América era, según Martí, no Europa, sino los Estados Unidos. Cabe preguntarse cuál sería el papel que Martí reservaba al "viejo Continente" en su pensamiento estratégico. Sus escritos publicados entre 1894 y 1895 indican que pensaba en Europa como aliada táctica de la América Latina y potencialmente de una Cuba independiente. No venía al caso trocar un imperialismo por otro, sino ganar tiempo en tanto la América Latina desenvolvía su unidad y su capacidad defensiva. Por esa vía, la América Latina y el Caribe podrían llegar a ser "una tercera fuerza equilibradora del mundo", vale decir, entre Europa y los Estados Unidos. En su crónica "La Conferencia Monetaria de las Repúblicas de América" Martí afirmó: "Ni uniones de América contra Europa, ni con Europa contra un pueblo de América. El caso geográfico de vivir juntos en América no obliga, sino en la mente de algún candidato o algún bachiller, a unión política. El comercio va por las vertientes de tierra y agua y detrás de quien tiene algo que cambiar por él, sea monarquía o república. La unión, con el mundo, y no con una parte de él; no con una parte de él, contra otra".21

Aparte de la implícita denuncia de la doctrina Monroe, en el párrafo que antecede es evidente que la preocupación mayor de Martí era el peligro de que la América Latina se convirtiese en simple área de influencia de los Estados Unidos en la guerra económica y política que esa nación esperaba que se produjera entre ambos continentes. La tesis de la aproximación táctica a Europa para equilibrar la penetración norteamericana en la América Latina gana en claridad en un comentario que Martí escribiera para sí, inmediatamente después de 1882, en unos de sus apuntes. Acerca de la posibilidad de que el vicecónsul francés en Guayaquil hubiera hallado el modo de abrir con pocas inversiones un "paso transcontinental" que permitiría atravesar el continente suramericano, anotó:

-¡Que la Inglaterra (la Great Zaruma Gold Mining Co.), ha obtenido ya la concesión de la mitad de la vía!- Pues lo que otros ven como un peligro, yo lo veo como una salvaguardia: mientras llegamos a ser bastante fuertes para defendernos por nosotros mismos, nuestra salvación, y la garantía de nuestra independencia están en el equilibrio de potencias extranjeras rivales. -Allá, muy en lo futuro, cuando estemos completamente desenvueltos, corremos el riesgo que se combinen en nuestra contra las naciones rivales, pero afines,- (Inglaterra, Estados Unidos): de aquí que la política extranjera de la América Central y Meridional haya de tender a la creación de intereses extranjeros, -de naciones diversas y desemejantes, y de intereses encontrados-, en nuestros diferentes países, sin dar ocasión de preponderancia definitiva a ninguna aunque es obvio que ha de haber, y en ocasiones ha de convenir que haya una preponderancia aparente y accidental, de algún poder que acaso deba ser siempre un poder europeo.22

Nos interesa subrayar que mientras la América Latina no contase con poder suficiente para defenderse por sí misma, Martí concebía un equilibrio entre potencias con intereses contrapuestos, como era el caso entonces de Inglaterra y los Estados Unidos. Eso permitiría un espacio de autodeterminación para las naciones latinoamericanas que también contribuirían a ese equilibrio. Al propio tiempo, Martí evidencia flexibilidad, poco frecuente en su época, al concebir una política sobre inversiones extranjeras que a juicio suyo podría contribuir al desarrollo nacional y al equilibrio mediante "intereses encontrados" al cual alude en la cita precedente.23 Esto sería discutible si posteriormente Martí hubiera modificado esa idea, pero en 1894 declaraba significativamente su admiración por un inglés notable de su época, William Thomas Stead, quien proyectaba la imagen de una Inglaterra democrática frente a unos Estados Unidos soberbios y retrógrados, con palabras citadas por Martí y en las cuales América debe entenderse como los Estados Unidos:

lo que deben, cubanos y españoles temer [...] de un pueblo que con las mejores semillas de la libertad, tras cuatro siglos de república práctica en un continente virgen, ha caído en los problemas todos de la monarquía-, no lo digamos cubanos porque se tendría a pasión: dígalo Stead, liberal humanitario y fundador, inglés abierto, crítico agudo, cruzado moderno, hombre de hombres: "Más fácil es -acaba de decir Stead- convertirse al republicanismo en Rusia que en los Estados Unidos. Nada en América sorprende tanto a un inglés como la desconfianza radical en la capacidad del pueblo. Se echa uno atrás, simplemente, al llegar de Inglaterra a los Estados Unidos. No he visto tierra de menos democracia desde que salí de Rusia".24

Y en 1895, encontrándose ya en Guantánamo, próximo a dar su vida por la causa revolucionaria, Martí es informado de la muerte accidental de un marino británico de la goleta Honor, que trajo la expedición de Antonio Maceo y Flor Crombet. Martí entendió imprescindible dirigirse al Agente Consular del Gobierno Británico a fin de transmitirle una explicación OFICIAL de los hechos que trasciende, a nuestro juicio, el propósito inmediato que la motivó. Después de aclarar que había ordenado una investigación sobre el accidente, Martí añadió: "Los altos ideales que sustenta la revolución cubana, que tiene por objeto nada menos que la fundación de una república fuerte y próspera, abierta a la laboriosidad del mundo y merecedora de su respeto y simpatía, no pueden tolerar, antes bien tienen que castigar, la menor trasgresión de las leyes morales y el respeto internacional por parte de sus mantenedores."25

Esta visión de una Cuba abierta al mundo -y en este caso, particularmente a Inglaterra, vale decir, a Europa- se sustentaba en el conocimiento de primera mano que tenía Martí del diferendo anglovenezolano sobre la Guyana, al que nos referimos en líneas anteriores. Martí había presenciado la gradual intrusión de Inglaterra desde la Guayana Británica en territorio venezolano. Observó los reiterados intentos de Venezuela de lograr la intervención estadunidense en el conflicto a partir de 1876, y después en 1880, 1881, 1884 y -en tres ocasiones- en 1887, año en que ese país suramericano rompió relaciones con Inglaterra. Martí ya ostentaba la representación consular de Uruguay en 1889, cuando participó en la Conferencia Internacional de Wáshington durante la cual Venezuela apeló a la Doctrina de Monroe para solicitar el arbitraje de los Estados Unidos, moción que, bajo la protesta furiosa de Argentina, el anfitrión norteño paralizó en la Conferencia. Y se encontraba Martí en Nueva York cuando, en 1894, Venezuela desarrolló una activa campaña que a la postre logró el objetivo de mover a los Estados Unidos a una posición favorable al arbitraje forzoso. Martí no alcanzó a ver la airada respuesta británica a las pretensiones estadunidenses y venezolanas, que tuvo lugar en noviembre de 1895, pero lo presenciado por él hasta su muerte indicaba el creciente choque de intereses entre Inglaterra y los Estados Unidos en la América Latina. Razones sobraban, pues, para invitar a Inglaterra a compartir el mercado cubano después de alcanzada la independencia, frente al peligro creciente de unos Estados Unidos arrogantes y prepotentes.

La idea de una Cuba abierta a todos los países amigos la reiteró Martí a Eugenio Bryson, corresponsal de The New York Herald, a quien entregó, en la manigua, su carta al gobierno y al pueblo de los Estados Unidos publicada en ese diario el 19 de mayo de 1895, el mismo día de la muerte del autor: "Cuba quiere ser libre, para que el hombre realice en ella su fin pleno, para que trabaje en ella el mundo, y para vender su riqueza escondida en los mercados naturales de América".26 Es esa la versión pública, destinada a grandes grupos de lectores, en este caso de los Estados Unidos, que nos muestra cómo Martí concebía prácticamente el equilibrio internacional en Cuba: igualdad de condiciones para todos en el comercio y en las oportunidades para las inversiones en la Isla: independencia frente a todos y en particular frente a los Estados Unidos. Paul Estrade, notable investigador francés de la América Latina, nos dice que el pensamiento martiano indica que la supervivencia de la América Latina dependería del equilibrio que pudiera mantenerse entre las grandes potencias rivales, por lo que para Martí eran imprescindibles los vínculos con Inglaterra. Se requería aprovechar las contradicciones entre ésta y los Estados Unidos.27

En tal sentido, Martí comprendía incluso la necesidad de la aproximación táctica también con una España reconciliada, una de las razones del extraordinario cuidado que, en vísperas de la Guerra de Independencia, él ponía cuando se dirigía a los españoles o hablaba de ellos. Decía Martí en las "Bases del Partido Revolucionario Cubano", en enero de 1892, que la guerra no era contra el español, puesto que el hijo había "recibido en Cuba de su padre español el primer consejo de altivez e independencia".28 Esta línea política mesurada y sobria en relación con España desborda a juicio nuestro objetivos inmediatos y presagiaba las condiciones en que tendría que luchar Cuba por su supervivencia después de la guerra. Sobresale con fuerza el mensaje de Martí de que con España se mantendrían lazos políticos y económicos especiales que contribuirían al equilibrio que él se proponía crear frente al expansionismo de los Estados Unidos. De ahí que ese mensaje conciliador lo reiterara en casi todos los documentos programáticos de la revolución. Que España en definitiva haya preferido entregar Cuba a los Estados Unidos antes que a los cubanos sólo indica la ceguera de sus elites políticas, por lo cual pagó, y aún paga, un precio histórico.

El Caribe en el equilibrio martiano

A partir de este presupuesto, cobra mayor sentido la posición martiana acerca del carácter estratégico de las tres Antillas claves -Cuba, Puerto Rico y Santo Domingo- en el Caribe y la importancia de éste para el equilibrio hemisférico y, en definitiva, mundial, en tanto estaba claramente dirigido contra la mayor potencia regional, y en breve, del mundo. Atrás quedaban los objetivos limitados sobre la exclusiva liberación de Cuba: a Puerto Rico se sumaba Santo Domingo en una futura alianza hispanoamericana del Caribe. Con esto en mente le escribe en 1892 a Máximo Gómez, al invitarlo a incorporarse a los preparativos de la guerra necesaria: "Usted, que vive y cría a los suyos en la pasión de la libertad cubana, ni puede, por un amor insensato de la destrucción y de la muerte, abandonar el retiro respetado y el amor de su ejemplar familia, ni puede negar la luz de su consejo, y su enérgico trabajo, a los cubanos que, con su misma alma de raíz, quieren asegurar la independencia amenazada de las Antillas y el equilibrio y porvenir de la familia de nuestros pueblos de América."29 Con igual realismo, Martí se refiere a las tres islas que,

en lo esencial de su independencia y en la aspiración del porvenir, se tienden los brazos por sobre los mares, y se estrechan ante el mundo, como tres tajos de un mismo corazón sangriento, como tres guardianes de la América cordial y verdadera, que sobrepujará al fin a la América ambiciosa, sus tres hermanas [...] las tres Antillas que han de salvarse juntas, o juntas han de perecer, las tres vigías de la América, de la América hospitalaria y durable, las tres hermanas que de siglos atrás se vienen cambiando los hijos y enviándose los libertadores, las tres islas abrazadas de Cuba, Puerto Rico y Santo Domingo.30

Eran, desde luego, las Antillas hispanas. Esa formulación aparece reforzada en el propio año de 1892. Cuando se dirige a los presidentes de Cuerpos de Consejo del Partido Revolucionario Cubano, explica que la organización "da poder expreso para contribuir, con la independencia de los últimos pueblos esclavos de América [...] al equilibrio y crédito necesarios a la paz y justicia universales, de las naciones de la lengua castellana en América".31 Nótese, una vez más, la insistencia de Martí en el destino de los pueblos de habla castellana, lo que incluye a Brasil y, al propio tiempo, completa el círculo de la unión "hispanoamericana", con las tres estratégicas Antillas españolas, valladar contra la futura expansión de Estados Unidos hacia Suramérica, de la que dependerían la seguridad y la viabilidad de Cuba como nación independiente. Porque Brasil, ya en plena república, había ratificado su política de alianza con los Estados Unidos, al permanecer el Barón de Rio Branco a la cabeza de las relaciones internacionales del gran país suramericano.

Al seguir la interpretación de Julio Le Riverend sobre el concepto martiano del equilibrio,32 observamos que subraya con razón la expresión "fiel del mundo", como una consideración que anticipa la geopolítica, y que atribuye a Martí la denuncia de la estrategia norteamericana para apoderarse del istmo, y, por tanto, del futuro canal de Nicaragua, o -como resultó ser- de Panamá. En realidad, la expresión fiel de es prácticamente consustancial al concepto del equilibrio internacional, y es tan antiguo como éste. Pero comprobemos el hondo sentido con que Martí lo aplicaba a Cuba:

En el fiel de América están las Antillas, que serían, si esclavas, mero pontón de la guerra de una república imperial contra el mundo celoso y superior que se prepara ya a negarle el poder,-mero fortín de la Roma americana;-y si libres-y dignas de serlo por el orden de la libertad equitativa y trabajadora-serían en el continente la garantía del equilibrio, la de la independencia para la América Española aún amenazada y la del honor para la gran república del Norte, que en el desarrollo de su territorio [...] hallaríamos más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores, y en la pelea inhumana que con la posesión de ellas abriría contra las potencias del orbe por el predominio del mundo.

Y añadió: "Es un mundo lo que estamos equilibrando: no son sólo dos islas que vamos a libertar. ¡Cuán pequeño todo [...] ante la verdadera grandeza de asegurar, con la dicha de los hombres laboriosos en la independencia de su pueblo, la amistad entre las secciones adversas de un continente, y evitar, con la vida libre de las Antillas prósperas, el conflicto innecesario entre un pueblo tiranizado de América y el mundo coaligado contra su ambición!"33

Aquellos que hemos vivido y estudiado el siglo posterior a la muerte de Martí, que conocemos el curso de la historia de la América Latina después de la intervención de los Estados Unidos en la Guerra Hispano-Cubano-Estadunidense, incluyendo las dos guerras mundiales; el equilibrio creado con el surgimiento de las Repúblicas Socialistas Soviéticas -favorable a los países del Tercer Mundo- e interrumpido con la desintegración de éstas, podemos valorar hasta qué punto habría sido y sigue siendo sabio para una América Latina precisada de unirse, incluso de "integrarse", en el sentido pleno de la palabra, aprovechando historia, cultura y lengua comunes, escuchar las advertencias de Martí para frenar con su unidad al "gigante de las siete leguas". Pero todo tendría que hacerse con sentido de la urgencia histórica antes de que aumente aún más la desproporción entre el desarrollo de los Estados Unidos y el de nuestros países. Y valga "sugerir que en este párrafo Martí ve esa desigualdad como un proceso de creciente dimensión, lo contempla en su verdadera profundidad histórica".34

Para Martí resulta evidente que un Caribe independiente contribuiría a asegurar el equilibrio en las relaciones "entre las dos secciones adversas" de la América: la del Norte, con su inclinación imperialista de expansión a costa de sus vecinos más débiles, y la del Sur, de una esencia humana y cultural radicalmente diferente. Pero esa "amistad" debía presuponer "la soberanía plena y mutuo respeto entre ellas".35 A su vez, Cuba se sentía animada de un sentido del deber ante las Antillas, la América Latina y el mundo todo, y así decía, en momentos en que acaso se cuestionaba a sus compatriotas, que "los cubanos reconocen el deber urgente que les imponen para con el mundo su posición geográfica y la hora presente de la gestación universal; y aunque los observadores pueriles o la vanidad de los soberbios lo ignoren, son plenamente capaces, por el vigor de su inteligencia y el ímpetu de su brazo, para cumplirlo; y quieren cumplirlo".36

A medida que avanzaban los planes para la guerra el concepto logró mayor precisión en Martí, como en su carta del 25 de marzo de 1895 a su amigo Federico Henríquez y Carvajal: "Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso fijarán el equilibrio del mundo". Pero adquiere su plenitud cuando, ese mismo día, Martí preparó un documento público trascendental, el Manifiesto de Montecristi, en el que afirmó: "La guerra de independencia de Cuba, nudo del haz de islas donde se ha de cruzar, en plazo de pocos años, el comercio de los continentes, es suceso de gran alcance humano, y servicio oportuno que el heroísmo juicioso de las Antillas presta a la firmeza y trato justo de las naciones americanas, y al equilibrio aún vacilante del mundo", a lo que agregó: "Honra y conmueve pensar que cuando cae en tierra de Cuba un guerrero de la independencia, abandonado tal vez por los pueblos incautos o indiferentes a quienes se inmola, cae por el bien mayor del hombre, la confirmación de la república moral en América, y la creación de un archipiélago libre donde las naciones respetuosas derramen las riquezas que a su paso han de caer sobre el crucero del mundo."37

Al concepto del "fiel de la balanza" hay que añadir este otro de "crucero del mundo", que, al anticipar el Canal de Panamá, tiene una connotación geopolítica aún más pronunciada que el primero, y un carácter programático, porque Martí preparó ese documento en vísperas de su desembarco en Cuba para incorporarse a la Guerra de Independencia, iniciada el 24 de febrero anterior. Se percibe claramente el esfuerzo de Martí, en este documento escrito para la opinión pública internacional, por lograr que la América Hispana, sobre todo Argentina y México, e Inglaterra -en general, Europa-, comprendiesen la importancia estratégica de Cuba y el conjunto de las Antillas en el complejo mundo que anticipaba. Pero es en su carta a Manuel Mercado, tan conocida pero de evocación obligada en cualquier intento de aproximación al pensamiento político martiano, en la que todas las dudas se aclaran y su mensaje se revela en toda su profundidad antimperialista. El 18 de mayo, pocas horas antes de caer en Dos Ríos, le escribe a su amigo que ya está entregado de lleno al deber de "impedir a tiempo con la independencia de Cuba" que se "extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América". Y le confiesa: "cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso".38

Esto no excluye que Martí hiciera todo lo posible a lo largo de los años en que actuó en los Estados Unidos por evitar allí una posición contraria a los intereses independentistas; ni que tratara, desde el Partido Revolucionario Cubano, de ganarse el respeto y la confianza de los dirigentes y los grupos de poder estadunidense y, de haber sido posible, también la ayuda del pueblo de ese país para la guerra. Mientras menores fuesen los obstáculos para la guerra y, sobre todo, para la independencia, mejor sería para el futuro del pueblo cubano, ya que todos los indicios en poder de Martí de los propósitos de los Estados Unidos, por sus mal disimulados designios de predominio internacional en ese fin de siglo indicaban un porvenir cuando menos azaroso para Cuba, dada la hostilidad del gobierno estadunidense hacia la revolución cubana. Por eso en su correspondencia confidencial con los dirigentes revolucionarios cubanos en territorio norteamericano los insta una y otra vez a actuar con sumo sigilo para no provocar a las autoridades de aquel país, entre las que Martí sabía que la liberación de Cuba no contaba con simpatía. Lo cierto es que su pensamiento estratégico, muy claro en su carta a Manuel Mercado que acabamos de citar, distaba mucho de una visión ilusamente optimista del futuro, y sí indicaba entre líneas sacrificios y dificultades ante un coloso que crecía y amenazaba a Cuba y a todo el hemisferio. Nada más actual. Hoy, como entonces, de lo que se trata es de determinar cómo la América Latina, Cuba incluida, participará en el proceso de transición hacia nuevos equilibrios: como aliada menor subordinada de los Estados Unidos, obligada, como afirmaba Martí, a consumir los productos "invendibles" de ese país para salvar al capitalismo norteamericano de sus propias contradicciones, o como una comunidad independiente, unida e integrada, no sólo en el plano económico, sino en el más universal de la historia, de la cultura y de las tradiciones, capaz de "equilibrar" con poderosas identidad e independencia las grandes regiones económicas en la actual redición de las pugnas interimperialistas por nuestro continente. A ello nos convoca el paradigma martiano ante los desafíos globales del siglo XXI.

1 José Martí: Fragmentos, Obras completas, La Habana, 1975, t. 22, p. 38.
2 Conde Ángel Guillermo Garden de Lessard: Tratado de diplomacia, La Habana, 1964, p. 279.
3 Indalecio Liévano Aguirre: Bolívar, Madrid, 1983, p. 293.
4 Julio Le Riverend: José Martí: pensamiento y acción, La Habana, 1982, p. 97.
5 Ibid.
6 Cf. Miguel A. D'Estefano Pisani: Historia del Derecho Internacional. Desde la Antigüedad hasta 1917, La Habana, 1985, p. 240.
7 José Martí: Carta al Director de La Opinión Nacional, Caracas, 19 de diciembre de 1881, O.C., t. 23, p. 119.
8 José Martí: Carta al Director de La Opinión Nacional, Caracas, 24 de noviembre de 1881, O.C., t. 23, p. 95.
09 José Martí: Fragmentos, O.C., t. 21, p. 127.
10 Antonio Núñez Jiménez: "El camino rapaz de treinta y siete estrellas", Granma, 29 de julio de 1976, p. 2; tomado de Bernardo Callejas: "1887, un año clave en la radicalización martiana", José Martí, antimperialista, La Habana, 1984, p. 27l.
11 Manuel Medina Castro: Estados Unidos y la América Latina. Siglo XIX, La Habana, 1974.
12 Ibid.
13 Cf. Joseph E. Davies: Mission to Moscow, Nueva York, 194l.
14 José Martí: "El Congreso Internacional de Wáshington (II)", O.C., t. 6, p. 62.
15 Hélio Jaguaribe: "Presente e Futuro das Relaçôes Brasil-Estados Unidos", Estados Unidos en la transición democrática, São Paulo, 1985.
16 Vicente G. Quesada: Mis memorias diplomáticas, Buenos Aires, 1905, p. 463.
17 José Martí: "La política internacional de los Estados Unidos", O.C., t. 12, p. 388.
18 José Martí: "Otro cuerpo de consejo", Patria, 19 de agosto de 1893, O.C., t. 2, p. 373.
19 Cf. las declaraciones de Roque Sáenz Pena en Moniz Bandeira: O Eixo Argentina-Brasil, Brasilia, 1987, pp. 18-19.
20 José Martí: "Viajes", O.C., t. 19, p. 21.
21 José Martí: "La Conferencia Monetaria de las Repúblicas de América", O.C., t. 6, p. 160.
22 José Martí: Fragmentos, O.C., t. 22, p. 116.
23 El lector puede consultar con provecho el análisis de Ramón de Armas de este fragmento en orden a la importancia que Martí otorga a las inversiones extranjeras. Cf. "José Martí y la época histórica del imperialismo", José Martí, antimperialista, cit. (en n. 10), p. 367.
24 José Martí: "La revolución", Patria, 16 de marzo de 1894, O.C., t. 3, p. 79.
25 José Martí: Carta al Agente Consular del Gobierno Británico, Guantánamo, 27 de abril de 1895, O.C., t. 4, p. 140.
26 José Martí: Carta a The New York Herald, Guantánamo, 2 de mayo de 1895, O.C., t. 4, p. 153.
27 Paul Estrade: "La acción de José Martí en el seno de la Comisión Monetaria Internacional Americana", José Martí, antimperialista, cit. (en n. 10), p. 107.
28 José Martí: "Nuestras ideas", Patria, 14 de mayo de 1892, O.C., t. 1, p. 321.
29 José Martí: Carta a Máximo Gómez, 13 de septiembre de 1892, O.C., t. 2, p. 163.
30 José Martí: "Las Antillas y Baldorioty Castro", Patria, 14 de mayo de 1892, O.C., t. 4, pp. 409-410.
31 José Martí: "A los presidentes de los Cuerpos de Consejo de Cayo Hueso, Tampa y New York", 9 de mayo de 1892, O.C., t. 1, p. 439.
32 Julio Le Riverend: Op. cit. (en n. 4).
33 José Martí: "El tercer año del Partido Revolucionario Cubano", O.C., t. 3, pp. 142-143.
34 Julio Le Riverend: Op. cit. (en n. 4).
35 Julio Le Riverend: Op. cit. (en n. 4), p. 112.
36 José Martí: Carta a The New York Herald, 2 de mayo de 1895, O.C., t. 4, p. 153.
37 José Martí: "Manifiesto de Montecristi", O. C., t. 4, pp. 100-101.
38 José Martí: Carta a Manuel Mercado, 18 de mayo de1895, O.C., t. 4, p. 209.