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La última columna. Dos poemas de Enrique

Enrique Buenaventura

“Al rey Salomón”

Cómo cantaste, rey, a la doncella de doce años que te llevaron al lecho de la agonía para alejar de ti la muerte y para que te calentara los huesos.

Y cómo se levantó tu cetro y cómo un río brotó tu voz y cantaste el Cantar de los Cantares, el Cántico de los Cánticos cuando ya se iba tu alma de tu cuerpo.

Recordado seas, para siempre
por ese último suspiro.
Por eso, rey, ardes en el infierno
de los grandes poetas del universo.
Vivo.
Yo vivo hoy, ahora,
en esta hora, en este
minuto, en esta fugaz
polvareda de segundos.

Si he vivido antes
es novela. Si después
sólo quimera.
Si nunca no es seguro.

Vivo el relámpago
sin tiempo, el celaje
donde mi sombra se quema.

Vivo, es cierto,
atónito y perplejo.
Cual péndulo vivo
entre los números
de la vida y la muerte.

Veo pasar y pasar muertos
y veo huir los vivos.

Y me siento al borde del camino.

Quizá un poco cansado.
Quizá un tanto perplejo.
Quizá aceptando lo agónico
como la gestación de algo nuevo.


"Una carta a una amiga que está en Francia”
 A Jacqueline

El cielo es de un añil profundo.
La mole tutelar de un gris verdoso.
Esporádicas gotas lleva el viento
y jirones oscuros van sin rumbo.

Es invierno, quién sabe, largo
invierno pero mañana a
mediodía será verano.
Así es en este cinturón del mundo.
Las estaciones son aves de paso.

Pierden los árboles sus hojas solos.
Cada uno vive su otoño o canta
su verano.

Los chiminangos arden en la lluvia
mientras el guayacán se llena
de oro.

Yo pienso en vos, mi dulce amiga.
Es domingo y abren en mí
sus flores los recuerdos.
Hay sol de invierno y luna
de verano.
Así es en este cinturón del mundo
donde la luna y las estrellas
son distintas
donde la tierra se encabrita y salta
y ruge
y se confunden las realidades
y los sueños.