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Leer el Teatro: el Ángel de rodolfo santana
Amado del Pino

En su edición del 2003, el Premio Casa de las Américas en el género de Teatro no sirvió, como suele ocurrir, para dar a conocer o consolidar el prestigio de un talento emergente. Esta vez el galardón correspondió a una figura consagrada. Rodolfo Santana es uno de los autores más reconocidos de Venezuela y de todo el continente. Sus obras han sido traducidas a varios idiomas y representadas en importantes plazas del mundo. De su presencia en el repertorio teatral cubano recuerdo especialmente una función de La empresa perdona un momento de locura, a cargo del Teatro Buscón, con las brillantes actuaciones de Elena Huerta y Aramís Delgado, en la década de los 80.
Ángel perdido en la ciudad hostil, la obra merecedora del Premio Casa, resulta un texto sereno y agresivo a la vez. El equilibrio, la calma, vienen dados por la pulcritud de su estructura, la sabiduría para dosificar los recursos literarios y teatrales. El desenfado se localiza en la naturalidad con que el dramaturgo pone a convivir el bregar cotidiano de los personas y el plano esotérico en el que se mueve el ángel, el ser extraordinario. Recuerdo aquellas clases de secundaria básica en los que “la profe” nos insistía en la quijotización de Sancho Panza. Pues bien, Santana parte de la realidad más terrena y, a través de la magia de situaciones bien construidas, le va dando lugar al representante de lo insólito. Lo más interesante es que también se asoma al proceso inverso. Si el pulso enloquecido de la ciudad hace posible la necesidad de seres extraordinarios que aceleren o modifiquen el curso de los acontecimientos, también podemos asumir como verosímil que el ser extraterreno tenga aficiones y costumbres similares a los de los mortales que visita.
El sistema de diálogos figura entre los méritos esenciales de Ángel perdido en la ciudad hostil. La Escena Primera serviría para poner de ejemplo en un taller para jóvenes dramaturgos. Veamos:
DANIEL. El huracán de hoy no tiene que ver con dos jornadas felices que esta ciudad vivió hace un mes
MACEDONIO. ¿Dos días?
DANIEL. Ajá. El crimen se fue de vacaciones.
MACEDONIO. ¿Cómo?1
Diálogos breves, precisos, cortantes; sobrios pero con belleza poética. La espléndida frase “El crimen se fue de vacaciones”, no llega por el conducto de la retórica, sino que se instaura limpia en medio de una estructura que privilegia la información, la creación de expectativas. Algo similar ocurre en el resto de la obra en la que cada personaje tiene su propia voz, aunque la búsqueda de lo peculiar no parece ser un objetivo básico para el escritor.
Estamos ante una obra casi policíaca, en un primer nivel de lectura, en el que importan mucho la pesquisa, la búsqueda. Se entra y se sale de lo psicológico y se le hacen guiños hasta al melodrama. No debe olvidarse que el autor ha incursionado también como guionista de cine y televisión. Al final de la Escena IV un personaje propone: “¿Cortamos el capítulo?”. Y nos obliga a fijarnos en que la composición está influida por la dinámica del audiovisual. El incidente de la carta, que parece del amante y resulta ser del novio de la hija de Macedonio, resulta casi pueril y hasta podría acusarse de “telenovelero”. Pero a la larga funciona como una ventana hacia la intimidad de estos seres que son sorprendidos, fotografiados bajo el vendaval de la corrupción y el desbarajuste social, pero imbuidos en sus pasiones y trajines de todos los días.
Agradezco especialmente que Santana no haya reiterado ni la denuncia cívica ni se haya esmerado en una lógica del descenso o la ascensión de los ángeles. Con entera eficacia –y ahí sí apelando a la mágica convencionalidad en que se hace fuerte lo teatral– el ser del otro mundo llega y se mezcla con los de aquí abajo. El formidable texto final de Ámbar parece desentenderse por igual de la fantasía y del naturalista reflejo de la realidad. Retoma con sobriedad el eterno debate entro lo privado y lo público que late en buena parte del argumento. La muchacha se sabe parte de un mundo en crisis, de vuelta de teorías y hasta de ilusiones, pero insinúa un voto por la fertilidad, la gracia, el encanto de un árbol que retoña. El mismo Ángel puede haberla empujado a esas imprecisas conclusiones.
Rodolfo Santana en el cierre va dejando atrás el palpitante acontecer de la ciudad convulsa, lleva a un segundo plano los contrabandos, denuncias y suicidios. Vuelve a lo individual, al plano íntimo en el que habría que librar la batalla por la más épica y ética de las salvaciones. Me sumo a la sutil y nada panfletaria idea final: “Si pretendes ser jardinero debes estudiar mucho pues cada planta posee su condición”.